Por Dinhora Luz Sierra Peñalver*
En el vasto y contradictorio territorio colombiano, donde la selva canta himnos antiguos y las montañas custodian secretos que el tiempo aún no se atreve a desvelar, se ha librado por décadas un conflicto armado que, más que guerra, es desgarradura; una fractura brutal de la humanidad, un desgajo perpetuo de la esperanza. Pero en medio de ese infierno, allí donde la palabra se extingue, donde la violencia borra nombres y sepulta futuros, existe una presencia que jamás se doblega: la mujer.
Ella, tantas veces invisible en las narraciones oficiales, tantas veces nombrada sólo desde el dolor o desde la estadística, es sin embargo el corazón que late en los márgenes del caos. Es raíz, escudo, aliento. No se limita a resistir: funda, sostiene, protege, denuncia y, sobre todo, reconstruye. En los días más oscuros de la historia nacional, la mujer colombiana es la memoria viva de la dignidad.
Mientras los hombres se debaten entre ideologías, armas, estrategias y dominios, ellas son desplazadas a la fuerza, abusadas sistemáticamente, despojadas de sus tierras, de sus hijos, de sus cuerpos y de sus nombres. Pero, aun así, como una semilla obstinada que germina en medio del escombro, las mujeres no dejan de surgir, no dejan de amar, no dejan de luchar. Porque incluso el más feroz de los conflictos no sabe, ni puede, extinguir en ellas la fuerza silenciosa que ha sostenido desde siempre la vida.
En el teatro de la guerra, el cuerpo femenino es y seguirá siendo, un campo de batalla. No hay tregua para ellas. Son blanco de violencias tan atroces como invisibilizadas, violentadas con la deliberación de quien busca no sólo destruir, sino humillar. Y, sin embargo, no se resignan a ser reducidas al papel de víctimas eternas. En su mirada, en su andar, en su palabra, se ha gestado otra historia: una que no niega el horror, pero que se niega a ser definida por él.
Hay algo profundamente majestuoso en el coraje de una mujer que ha perdido todo y aun así decide caminar hacia la verdad. En aquellas que, tras haber sido sometidas al silencio, se atrevieron a alzar la voz; en aquellas que, con manos marcadas por el trabajo y la guerra, empezaron a tejer la memoria de los suyos. En aquellas que no empuñaron fusiles, pero sí lideraron luchas comunitarias con una convicción que ninguna bala pudo disuadir. En las que, tras vivir lo indecible, tuvieron la temeridad de soñar con la paz.
Colombia ha sido testigo de mujeres que, en medio del fuego cruzado, de la indiferencia estatal y del abandono histórico, decidieron convertirse en arquitectas de futuro. Se agruparon, se buscaron, se reconocieron en el espejo de otras y, en colectivo, convirtieron la pena en proyecto político. Son ellas quienes han ido configurando una paz que no es sólo la ausencia de guerra, sino la presencia luminosa de la justicia, del reconocimiento, de la reparación. Ellas han ido tejiendo, puntada a puntada, una nueva narrativa donde la compasión no es debilidad, sino un acto radical de rebeldía contra el odio.
Y también están aquellas que empuñan un arma. Mujeres combatientes, sumidas en ideologías, promesas y contextos que no siempre eligieron. Muchas de ellas entraron en la guerra buscando una salida a la pobreza, a la exclusión, al abandono; otras, por convicción política profunda. Lo cierto es que la historia oficial nunca supo, ni sabrá, muy bien qué hacer con su figura: incomodan tanto al relato heroico como al de la víctima pura. Son demasiado humanas para ser idealizadas, demasiado fuertes para ser ignoradas. Pero ahí están, regresando a la vida civil, enfrentando los fantasmas de su pasado con una entereza que estremece, asumiendo sus culpas, pero también reclamando su derecho a ser escuchadas, comprendidas, reintegradas.
En ellas, en todas ellas, las madres que buscaron a sus hijos en las morgues y en los ríos, las campesinas desplazadas por la guerra, las lideresas asesinadas por soñar con justicia, las niñas que sobrevivieron a la barbarie, las excombatientes que hoy son tejedoras de paz, reposa la más honda verdad de nuestra historia: que la mujer colombiana ha sido la columna que no cede, incluso cuando todo lo demás se desploma.
Hoy, el país se debate entre los ecos del pasado, la barbarie del presente y los anhelos del porvenir. Se firman acuerdos, se pronuncian discursos, se redactan leyes. Pero nada de eso será suficiente si no se reconoce que la paz verdadera será femenina o no será. Porque sólo desde la inclusión de sus voces, desde la reparación de sus heridas, desde la restitución de sus memorias, podremos aspirar a una reconciliación auténtica. La mujer, tantas veces relegada al final del relato, debe ocupar ahora el centro del mismo.
Es tiempo de inclinar la cabeza ante su coraje. De escuchar su palabra como quien escucha una revelación. De entender, por fin, que, si este país tiene alguna posibilidad de redención, será porque ellas no se rinden. Porque en medio de las ruinas, saben parirse a sí mismas como esperanza.
Y así, en medio del silencio que propone la guerra, cuando las armas aun hablan y las heridas aún supuran, la figura de la mujer colombiana se alza, no como víctima sumisa, no como espectadora pasiva, sino como protagonista irrefutable de la historia. Majestuosa.
Incansable. Eterna.*Abogada. Analista. Columnista

