MIGUEL-BAYTER-BAYTER. Abogado

Por: Miguel Enrique Bayter Bayter*

La nación colombiana, tan dada al melodrama político y a la épica del pobrecito útil, ha olvidado una verdad incómoda: los países no se sostienen con discursos, sino con empresas; no con arengas progresistas, sino con empresarios reales. Sí, esos mismos que hoy se han convertido en el enemigo favorito de la izquierda sentimental, esa que proclama amor por los pobres, pero desprecia a los únicos capaces de sacarlos de la pobreza.

Ser empresario, y lo digo con el peso moral de quien lo ha vivido, es cargar un crucifijo sin derecho a resurrección pública. Es vivir en el filo del riesgo sin la menor garantía, sin la mano cariñosa del Estado, y por supuesto, sin la comprensión del ciudadano promedio.

Porque aquí, en esta república de ilusiones, todos quieren empleo, pero nadie quiere al empleador.

El empresario sacrifica lo que el resto del país considera sagrado: el tiempo, el sueño, los fines de semana, la tranquilidad, las celebraciones familiares, y hasta la salud. Mientras el colombiano promedio duerme plácidamente, el empresario está revisando estados financieros, apagando incendios, calculando riesgos, pensando cómo pagar la nómina del próximo viernes.

Y, aun así, tiene que escuchar que “el empresario solo piensa en enriquecerse”.

¡Qué insulto!

Quienes lo dicen jamás han generado un empleo. Jamás han pagado una nómina. Jamás han arriesgado un peso que no le pertenezca al erario; pero, eso sí, se deleitan imponiendo cargas tributarias cada vez más asfixiantes, como si la empresa fuera una vaca lechera infinita y no un organismo frágil que sangra cada vez que el Gobierno tiene una ocurrencia fiscal.

No contentos con eso, los sacerdotes del progresismo reparten discursos inflamados contra “el patrón”, promoviendo una guerra moral entre trabajador y empleador, como si ambos no fueran las dos mitades de un mismo engranaje.

Se les olvida, u omiten con perverso encanto, que sin empresa no hay empleo, sin empresario no hay salario, y sin salario no hay comida en las mesas de millones de colombianos.

Pero eso no importa; lo esencial es alimentar el resentimiento, ese combustible que enciende revoluciones, pero arruina naciones.

El progresismo colombiano, experto en arruinar lo que no entiende, ha construido un relato tan cómodo como mentiroso: que el empresario es un explotador, un villano, un privilegiado.

¡Ojalá conocieran la soledad del que emprende! La angustia del que firma una nómina con el corazón en la garganta. El silencio del que se queda despierto mientras todos duermen, intentando sostener un país que no parece dispuesto a sostenerlo a él.

Pero, a pesar de la ingratitud, del hostigamiento tributario y de la pueril persecución ideológica, el empresario sigue; porque su tarea no es agradar al Gobierno ni hacer poesía de la pobreza; su tarea es otra, más noble y más exigente, crear riqueza donde no la hay, generar empleo donde se requiere, sostener familias donde todo falta.

La izquierda puede seguir odiándolo, el Estado puede seguir exprimiéndolo, el país puede seguir ignorándolo y, aun así, el empresario continuará; porque sabe que el verdadero progreso no nace de discursos incendiarios, sino del talento, del riesgo y del coraje de quienes deciden construir mientras otros se dedican a destruir.

En un país que ha confundido la igualdad con la ironía y la justicia con la revancha, el empresario es, y seguirá siendo, el último bastión de cordura económica; y cuando él cae, no cae solo, cae el país entero.

Eso, queridos lectores, el progresismo nunca lo entenderá; quizá por eso le teme…. 

*Abogado. Analista. Escritor. Columnista

¿Cómo le pareció el artículo?
+1
3
+1
0
+1
0
+1
0
+1
0

Por editor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *