Por: Ec. Esp. Omar Escobar

La administración pública se enorgullece del avance en planes, controles y técnicas de gestión, sin embargo, en el reino de la dedocracia y la improvisación, dichos orgullos no son sino un conjunto de artilugios académicos desarticulados de la fría realidad. En otras palabras, la racionalidad económica queda tristemente supeditada a la “dedología del cacicazgo político”.

La priorización de obras y necesidades desde una perspectiva lógica, coherente queda relegada a la influencia política y a un modus operandi mediocre, oportunista propio de quienes llegan al poder con el lema “el cuartico de hora”. La mayoría de dirigentes de los entes territoriales, rara vez utilizan como guía el plan de desarrollo – tan concertado con su amado pueblo – antes deben consultar con su digno senador, la agenda político-financiera basada en las preferencias y capacidad electoral, en otras palabras: “la política es de y para los amigos”. En ese orden, todo el proceso de planeación, al traste. Es en Bogotá, donde se decide para dónde va la plata y a quien… así las cosas se terminan contratando una cantidad de
asesores y estudios inútiles que no repercuten en nada provechoso.

Según estudios del Banco Mundial (2022), “los gobiernos gastan unos USD 13 billones anuales en contratos públicos de bienes, servicios y obra pública. Hasta una cuarta parte de esa suma se desperdicia en prácticas de adquisición ineficientes o sin visión de futuro. Detener el despilfarro podría liberar al menos USD 1 billón anual para encaminar a las economías hacia un desarrollo verde, resiliente e inclusivo”, y en 10 años habríamos disminuido los índices de pobreza y desigualdad al menos la mitad actual.

El modelo político de elegir democráticamente al Alcalde, Gobernador, no ha dado resultado, considero que es hora de cambiar, debería hacerse mediante un método meritocrático y quien gane por conocimiento haga parte de una carrera pública administrativa, y quien llegue al poder podrá garantizar que las decisiones se basen en necesidades prioritarias y sean resistentes a la influencia política y los privilegios.

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