Por: Miguel Enrique Bayter Bayter
Hay quienes confunden la fe con la ficción, y el gobierno actual parece empeñado en hacer de la economía nacional un altar donde se sacrifica la sensatez en nombre de una religión energética mal entendida. El presidente Petro —nuestro moderno Savonarola tropical— ha decidido exorcizar los combustibles fósiles como si fueran demonios del subsuelo, olvidando que, sin ellos, Colombia no tendría ni luz para prender el cirio de su prédica ambientalista.
Ecopetrol, la empresa que durante décadas ha sido el pulmón —y el bolsillo— de la Nación, produce el 60% del petróleo y el 80% del gas que consumimos. Refina 430 mil barriles diarios, garantiza el 60% de la gasolina, el 100% del diésel y del jet fuel, y entrega asfalto y petroquímicos a la industria que todavía se atreve a fabricar algo en este país. Gracias a esa “pecaminosa” explotación de los hidrocarburos, el Estado ha recibido la friolera de 138 billones de pesos entre dividendos, impuestos y regalías. Pero claro, eso no luce bien en los sermones de Twitter.
Ecopetrol no es solo una empresa: es la arteria que aún mantiene viva a una Nación que sobrevive entre discursos y apagones. Pretender que Colombia puede renunciar al petróleo mientras el mundo consume 106 millones de barriles diarios es como cerrar los ojos y creer que el viento sopla gratis. No hay mayor hipocresía que la de un país que se sube al bus de las energías limpias con gasolina pagada por Ecopetrol.
Y ahora el presidente quiere vender el Permian, un activo estratégico que sostiene la salud financiera del grupo empresarial. Dice que no es rentable. ¡Ah, la bendita ceguera ideológica! En su empeño por salvar el planeta, el gobierno parece dispuesto a hundir al país. Es la revolución energética del dogma, no de la razón: el sacrificio del sentido común en el altar de la narrativa.
Mientras tanto, los obreros —los mismos que fundaron, defendieron y sostuvieron a Ecopetrol— levantan la voz. No piden milagros, solo cordura. Saben que el gas natural, ese combustible vilipendiado por los iluminados del progresismo, mantiene encendidas las cocinas de 10 millones de hogares y evitó un racionamiento eléctrico durante los fenómenos del Niño. Pero, claro, eso tampoco cabe en el guion de la utopía.
La soberanía energética no se decreta en trinos ni se compra con molinos de viento. Se defiende con realismo, con inversión, con trabajo y con respeto por la inteligencia de quienes entienden que el futuro no se construye negando el presente.
El presidente podrá repetir sus letanías contra el petróleo; podrá vender activos, nombrar ideólogos y redactar manifiestos. Pero cuando se apaguen las luces —y el país descubra que las utopías no generan energía— el tiempo, juez implacable, decidirá quién tenía la razón: si el mesías verde o los obreros que aún creen que la patria no se mantiene con discursos, sino con trabajo, sudor y petróleo.
El futuro no está en negar lo que somos, sino en mejorar lo que hacemos. Colombia no puede darse el lujo de ser un ejemplo de pureza en un mundo de realismo. Renunciar al petróleo mientras otros lo venden es como decidir morirse de hambre para probar un punto moral.
Y cuando se apague el último motor, cuando los aviones no despeguen y las cocinas se enfríen, entonces el país entenderá —quizás demasiado tarde— que las naciones no se hunden por falta de recursos, sino por exceso de fanatismo.
Porque en esta cruzada energética no solo está en juego Ecopetrol: está en riesgo la cordura nacional.
*Abogado, Analista. Escritor. Columnista

