Por Dinhora Luz Sierra Peñalver*
Pocos territorios parecen nacidos de un sueño mineral y luminoso, con paisajes donde el tiempo se repliega como un pañuelo de seda y la mirada se queda detenida, incrédula, como frente a una obra de arte que nadie ha querido enmarcar. La Guajira es uno de esos privilegiados sitios; si, nuestra Guajira, ese hermosísimo rincón del mundo donde la tierra arde sin quemar, donde el mar canta con voz de cristal y donde cada atardecer parece una bendición sin altar.
Su inconmensurable belleza no es adorno, sino sustancia. En ella el paisaje no se contempla, se reverencia. La Guajira, con su desierto inmenso, que respira al ritmo pausado del tiempo ancestral. Sus mares que cambian de color como si soñaran. Sus salinas que reflejan el cielo como un segundo firmamento. Sus flamencos rosados, adornando un ecosistema precioso como pinceladas vivas sobre un lienzo de luz.
Y, sin embargo, sigue siendo una belleza sin eco; para desgracia de sus habitantes, continúa en el más ignominioso de todos los olvidos del país.
En cualquier otro lugar del mundo, el Cabo de la Vela sería una joya turística de renombre internacional. Sus playas de agua turquesa y brisa persistente tienen la dignidad silenciosa de los paisajes sagrados. En Punta Gallinas, ese punto final del continente que parece principio del infinito, las dunas abrazan al mar como si la tierra quisiera, por fin, descansar en el agua. Es un territorio que no necesita maquillaje, se basta a sí mismo con su silencio, con su sol, con su polvo dorado y su horizonte sin arquitectura.
No obstante, el desarrollo turístico no llega. O llega mal, o llega para unos pocos, o llega de manera incipiente; pero no por falta de belleza, ni por escasez de cultura, ni por desinterés de los viajeros que sueñan con conocerlo, sino por algo más complejo, más triste, más ominoso y más doloroso, la desidia, la falta de visión; la eterna pereza de mirar al futuro y asumirlo con responsabilidad.
¿Cómo puede un territorio con flamencos rosados, con salinas que parecen espejos etéreos, con una gastronomía tan rica en sabores como en memorias, seguir ausente de los mapas turísticos nacionales? ¿Cómo es posible que una región donde cada mochila tejida cuenta una historia, donde cada plato de friche, cada arepa dulce, cada pescado al carbón es una declaración de identidad, aún no tenga rutas trazadas, infraestructuras dignas, ni políticas públicas sostenidas?
No hay otro lugar en Colombia donde el sol se ponga con semejante ceremonia; donde el silencio no sea vacío, sino profundidad. Aun así, a La Guajira le siguen hablando como si fuera un problema, no una promesa. La tratan con lástima, no con visión. Como si su belleza fuera un secreto que conviene no revelar del todo.
El turismo, cuando se hace con inteligencia, con respeto, con raíces, puede ser más que una industria; puede ser una forma de justicia; puede devolverle al territorio lo que se le ha negado: autonomía, ingresos, sentido de pertenencia. Puede convertirse en una vía para dignificar el legado wayuu sin folclorizarlo, para preservar la naturaleza sin cercarla, para mostrarle al país y al mundo entero que hay otras formas de mirar… y de vivir.
El verdadero obstáculo no está en el desierto, ni en la distancia, ni en el clima inclemente; está en los escritorios indiferentes, en los planes de desarrollo sin alma, en los dirigentes que no ven lo evidente: que La Guajira no necesita que la inventen, solo que la reconozcan. Pero el mayor obstáculo, debemos reconocerlo con suma convicción, somos nosotros, sus hijos, quienes impávidos e inapetentes, nos rendimos, nos entregamos, no luchamos por obtener ese reconocimiento que con suma facilidad podríamos lograr.
La Guajira merece un turismo, uno que no destruya para mostrar, que no explote para entretener; uno que honre, que escuche, que aprenda: y, sobre todo, que no pase de largo, pues no basta con admirar la belleza, hay que cuidarla, hay que compartirla sin despojarla y hay, sobre todo, que estar a la altura de su magnífica elocuencia.
La hermosa y paciente Guajira espera, no con ansiedad, sino con la dignidad serena de quien se sabe valiosa. Allí está, entera, con sus playas intactas, su sal blanca como promesa, su gente generosa, su idioma propio, su fuego, su identidad. Está esperando, sí, pero no a cualquiera, espera a quienes sepan verla sin codicia, caminarla sin imponer, escucharla sin traducir.
La belleza no basta con observarla, hay que merecerla y La Guajira, en su esplendor aún sin mapa, nos interpela con preguntas que no admiten evasivas: ¿Seremos capaces, esta vez, de mirar sin explotar? ¿De valorar sin apropiarnos? ¿De construir sin borrar?
Guajira, bella y soñadora, no perdonará la ceguera, no está dispuesta a esperar eternamente, mucho menos a soslayar la indolencia de sus hijos a quienes todo les ofrece, sin recibir de ellos nada a cambio por su generosa entrega.
*Abogada. Columnista
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