dinhora luz sierra peñalver- Abogada. Columnista

Por: Dinhora Luz Sierra Peñalver*

Una meditación sobre la violencia de género en Colombia

Hoy quiero escribir, no solo con tinta, sino con memoria, dolor y esperanza, pues hay heridas que no se ven y, sin embargo, laten con una insistencia brutal en el alma de una nación.

La violencia de género en Colombia no es un fenómeno nuevo, ni marginal, ni silencioso.

Lo que es silencioso, trágicamente, es la escucha. Porque esta violencia, como el agua que erosiona la roca, ha tallado nuestra historia desde sus raíces, ha infiltrado nuestras instituciones, ha contaminado nuestras relaciones, y ha susurrado durante siglos que la mujer es menos, que es posesión, que es cuerpo antes que voz.

No se trata solo de los golpes, los asesinatos, las desapariciones. Se trata de una forma de habitar el mundo con miedo. De caminar por la calle con las llaves entre los dedos como si fueran armas. De tener que justificar la ropa que llevas, el tono con que hablaste, la hora a la que volviste. Se trata de la mirada que juzga, del comentario que hiere, del silencio que mata.

Y sin embargo, qué paradójico, la violencia de género en Colombia convive con una exaltación constante de la mujer. Se nos celebra cada 8 de marzo, se nos llena de flores en mayo, se nos canta como símbolo de amor, de fortaleza, de vida. Pero esa exaltación no es respeto, es ornamento. Nos glorifican mientras nos hieren. Nos veneran mientras nos callan.

Colombia es un país de contrastes. Tierra de poetas y de mártires, de resiliencias inverosímiles y de violencias sistemáticas. Aquí, las mujeres han sido siempre protagonistas de la historia, aunque rara vez se les haya permitido escribirla. Han sostenido familias, resistido guerras, construido comunidades, enfrentado la pobreza, y aun así, su cuerpo sigue siendo un campo de batalla.

Según cifras del Instituto Nacional de Medicina Legal, el feminicidio sigue siendo una constante cruel: una mujer es asesinada cada dos o tres días por razones asociadas a su género. Pero incluso esta cifra, aterradora en su literalidad, es solo la punta del iceberg.

Por cada mujer asesinada, hay decenas que son golpeadas, miles que son amenazadas, millones que callan.

Callan porque el sistema no las protege. Porque denunciar implica exponerse a un juicio moral que rara vez recae sobre el agresor. Porque muchas veces el agresor es el padre de sus hijos, su sustento económico, su única red. Callan porque la sociedad aún pregunta qué hizo ella para provocarlo. Porque la policía minimiza, la familia recomienda aguantar, y la justicia llega tarde o no llega.

Pero que callen no significa que no hablen. Hablan con la mirada, con el cuerpo, con el miedo. Y a veces también con el coraje, con la denuncia, con la protesta, con la escritura.

Colombia está llena de mujeres valientes, mujeres que ya no se contentan con sobrevivir, sino que exigen vivir. Hay en todo esto una urgencia moral que no podemos seguir aplazando. La violencia de género no es una " problemática de mujeres". Es un problema estructural, cultural, humano. Y por ende, su solución no será nunca individual. Se requiere una transformación radical que empieza en lo íntimo, en la crianza, en el lenguaje, en los afectos, y se proyecta hacia lo colectivo, es decir, la ley, la educación, la política, el arte.

Educar no solo a las niñas para que se cuiden, sino a los niños para que no violenten. Reformar un sistema judicial que no entienda el género como una variable secundaria, sino como una categoría estructural. Escuchar las voces de las mujeres indígenas, afrocolombianas, campesinas, que han sido históricamente silenciadas no una, sino muchas veces. Visibilizar las formas de violencia que no dejan huellas en la piel, pero sí en la psique. Comprender que el feminismo no es una ideología de confrontación, sino una ética de la dignidad.

¿Y qué decir de los hombres? Ellos también tienen un papel esencial. No como salvadores, sino como aliados. Como quienes se revisan, se cuestionan, se incomodan. Porque ser hombre no es sinónimo de violencia, pero sí implica una responsabilidad histórica de desaprender privilegios, de construir nuevas masculinidades, de tomar postura sin miedo.

Decía Virginia Woolf que, para escribir, una mujer necesita dinero y una habitación propia. Hoy sabemos que también necesita seguridad, libertad, justicia, y una sociedad que no la vea como objeto, sino como sujeto pleno de derechos.

Hay una Colombia posible. Una donde las niñas crezcan sin miedo. Donde el amor no duela. Donde las mujeres no sean valientes por salir a la calle, sino libres por el solo hecho de existir. Pero esa Colombia no vendrá sola. Habrá que construirla, palabra por palabra, ley por ley, gesto por gesto.

Que no nos baste con la indignación. Que no nos tranquilice la distancia. Que no sigamos normalizando lo atroz con el nombre de " costumbre".

Porque cuando una mujer es violentada, no solo sufre ella, se fractura el alma de todo un país. Y hasta que no entendamos eso, hasta que no sintamos en lo profundo esa verdad incómoda, no seremos verdaderamente libres. 

*Abogada. Escritora. Analista. Columnista

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