Por: MELANIO ZUÑIGA HERNANDEZ

La interacción étnica y geográfica ha producido en Colombia una cultura criolla, que representa a su vez numerosas micro culturas regionales existentes, vivas, activas y vigentes, que enriquecen la vida de la nación con el aporte de sus acervos idiomáticos, folclóricos, artesanales, tecnológicos y económicos

Tres vertientes étnicas claramente definidas conformadas por los indígenas, enraizados en Asia, los blancos de origen europeo y los negros con ascendiente africano, concurren a formar la población, mezclada al azar después de cinco siglos de cruces, influencias ambientales y evolución, que han forjado una nación mezclada en grado extremo, humanamente rica y muy diferenciada regionalmente.

Étnicamente la población colombiana se compone de mestizos en un 51%, blancos 21%, negros, afrocolombianos, raizales y palenqueros 25% e indígenas 3%. Es “la raza cósmica” de que hablo en México José Vasconcelos.

La variedad de grupos con asimetrías naturales y diferencias regionales, han dado como resultado la conformación de doce (12) naciones interiores: 1) Antioqueños, 2) Cundi – Boyacenses, 3) Costeños, 4) Tolimenses, 5) Santandereanos, 6) Caucanos, 7) Nariñenses, 8) Llaneros, 9) Chocoanos, 10) Isleños, 11) Indígenas, y 12) Negros, afrocolombianos, raizales y palenqueros, con potencialidades y diferencias en su desarrollo.

Sin embargo, la realidad demuestra todo lo contrario, considerando los tangibles resultados de sus indicadores económicos, que contradicen la aceptación y reconocimiento legal de Colombia como un Estado social de derecho, multiétnico y pluricultural, organizado en forma de República unitaria, descentralizada, con autonomía de sus entidades territoriales, democrática, participativa y pluralista, fundada en el respeto de la dignidad humana, en el trabajo y la solidaridad de las personas que la integran y en la prevalencia del interés general; en donde todas las personas nacen libres e iguales ante la ley, que deben recibir la misma protección y trato de las autoridades y gozar de los mismos derechos, libertades y oportunidades, sin ninguna discriminación por razones de sexo, raza, origen nacional o familiar, lengua, religión, opinión política o filosófica.

A esa conclusión se llega fácilmente al observar que la economía del país, considerada como una de aquellas que llaman “ECOMONIA DE POSTRES”, ha producido tradicionalmente para consumir internamente y exportar a granel excedentes y productos como café, azúcar, carbón y petróleo crudo entre otros; no obstante, contar con un territorio privilegiado, en donde solamente un departamento como Boyacá, tiene más recursos naturales, en variedad y cantidad, que una región como la de Ruhr, en Alemania, donde se ha definido varias veces la suerte económica de Europa y el Mundo.

La planificación regional que se concibe como un elemento importante en el logro de una mayor eficiencia del sistema global, que busca elevar el nivel de vida en las regiones por medio de la integración física, económica y sociopolítica, evidencia un marcado desequilibrio interno en la gran concentración económica y política de los cuatro grandes centros nacionales como son Bogotá, Medellín, Cali y Barranquilla; que paulatinamente se convirtieron en verdaderos polos de atracción y de desarrollo nacional.

Este fenómeno pasa por la orientación de los flujos migratorios de población hacia estos departamentos, conocidos como los más desarrollados, en cuyo interior se observa la concentración progresiva de industrias, servicios comerciales y tecnológicos especializados en gran escala, permitiéndoles establecer una relación de dominio con las ciudades intermedias, poblaciones menores y las áreas rurales; de donde atraen recursos físicos, financieros y humanos, permitiéndoles mantener  primacía con relación a otras regiones del país.

Si bien Colombia es uno de los países con territorio agrícola y minero más importante del planeta, acto para producir y distribuir alimentos a nivel mundial, como lo han reconocido importantes tratadistas desde la colonia hasta hoy, la falta de visión e interés de sus gobernantes de turno, lo convirtieron en una nación – despensa, de baja producción y productividad, que termino importando al año más de 11 millones de toneladas de alimentos; pues la llegada de nuevas tecnologías al sector no han logrado contrarrestar el forzoso y masivo desplazamiento de los agricultores y campesinos productores.

La economía Colombiana afronta hoy grandes retos en su proceso de recuperación económica, pero el limitado desarrollo sostenible y crecimiento de regiones como el Pacifico, Caribe Centro Norte (Sucre, sur de Bolívar y la Guajira), la Orinoquia y Amazonia, se ha hecho más evidente en el marco del Covid-19, y en prospectiva a la post pandemia, luego de una contracción del 7.2% de la economía nacional en el 2020; comportamiento que continuara impactando con más énfasis y en forma significativo a sus pobladores, en el entendido que el esfuerzo desplegado por el Gobierno Nacional y los organismos de control del Sector Salud, se vienen orientando más a mitigar y prevenir el contagio.

En ese entendido, las proyecciones económicas del gobierno y las autoridades monetarias, que esperan lograr unos crecimientos de 3.8% y 4,8% en 2021 y 2022, respectivamente, no tendrán mayor incidencia regional, si no se realizan inversiones importantes, en parte apoyadas en programas de subsidios que garanticen una gradual reactivación de la economía con generación de empleos; sin detenerse en los controles al consumo de bienes y servicios, que tienen influjo directo en una inflación que va a ir creciendo paulatinamente, con perspectiva de cierre a final de año muy cerca al 3% y el año entrante al 3,4%, en línea con la meta delBanco de La República.

Debemos señalar finalmente, que el deterioro y la recuperación económica del país han sido heterogéneos, y no le ha llegado de la misma forma a todos los colombianos, considerando que pequeñas empresas y negocios han enfrentado mayores dificultades de adaptación a la nueva normalidad, y sin condiciones financieras apropiadas para su reactivación; con el agravante que las personas que tienen la oportunidad de regresar al mercado laboral, han encontrado más empleo no asalariado o informal, que empleo formal, sobre todo las mujeres, los jóvenes y las personas con menor educación.

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