El Derecho

En esto de la cultura importante es, a efecto de tener noticia sobre una visión general de la misma, focalizarse de una u otra forma entre otros generales aspectos, en sus conexiones, caracterizaciones, intercambios, formas de apropiación, problemas, reflexiones, tensiones, retos, contradicciones, disquisiciones, estructura, gramática, sintaxis y armazón tradicional, lo que bien y mejor pueda aproximarnos a la construcción, así sea preliminar, de su concepto, debatido una y mil veces en todas las latitudes del orbe, lo que ha estimulado su transformación a través de los tiempos, y hecho posible encontrar aquiescencias e intersecciones que lo ayuda a esclarecer.

Muchas son las acotaciones que caben en torno a la cultura popular, como por ejemplo lo señalado por Bajtín, quien centra su atención en el hecho de que en la Edad Media reflejaba un mundo dualificado no escindido, donde el humor y la parodia de lo sagrado reflejaban su naturaleza dinámica en permanente y constante evolución. El realismo grotesco se oponía al diluvio de transformaciones que ya se avizoraba: la separación de las raíces materiales y corporales del mundo, el aislamiento y el confinamiento, la prevalencia e ideal de lo abstracto, así como la expresión independiente de la tierra y el cuerpo. Es probable que la Edad Media y los albores del Renacimiento hayan sido las últimas épocas de la historia universal donde no hubo tantas y tan significativas diferencias entre la cultura de los instruidos y la cultura popular.

Burke Peter, en su texto sobre la cultura popular en Europa, hace énfasis en la existencia de dos niveles de cultura, de individuos biculturales y en la necesidad de centrarnos más en las conexiones entre los niveles o tipos de cultura, que en sus diferencias. La clave para el estudio de la cultura deberían ser sus usos, entendiendo el consumo y la apropiación como formas de creación. Entiende cultura como un sistema de significados, actitudes y valores compartidos, expresados a través de formas simbólicas. La cultura popular es conceptualizada como la cultura no oficial de los grupos que formaban parte de la élite y la única cultura a la que podían aspirar las clases subordinadas. Perfiló dos grandes tradiciones. La conformada por la clásica y por el capital cultural del pueblo llano.

La élite, que se desenvolvía entre ambos constructos, habría facilitado el descendimiento de ciertos elementos de la gran tradición culta hacia la tradición popular. A través de los individuos biculturales, algunos elementos de la tradición popular pudieron haber influido a la tradición culta. Los productores activos de la cultura del pueblo habrían sido capaces de manejar un capital cultural que consistía en un código, un inventario del repertorio de las formas y convencionalismos de la cultura popular, que en algunos casos provenía de la cultura oficial. Este repertorio de géneros y formas poseía un nivel de flexibilidad y transformación que facilitaba sus combinaciones a través de un método de composición, una verdadera gramática y sintaxis poseedora de esquemas y reglas de combinación que podían adaptarse a los diferentes contextos.

La interpretación psicológica de la cultura de Burke es sugerente. Los estereotipos moldeados por una cultura reflejarían sus modelos y sus normas, sus actitudes políticas, sus valores, sus deseos reprimidos y sus venganzas imposibles. El pueblo es un ente autoritario que sojuzga a los más desafortunados de sus integrantes, del mismo modo que a él lo sojuzgan las autoridades establecidas y las clases altas. Las frustraciones y los odios acumulados en tensiones encontrarían su catarsis en la fiesta.

El carnaval, bajo su aparente subversión, no sería más que un mecanismo más del engranaje de las élites para continuar con el sojuzgamiento de los menos favorecidos. Una válvula de seguridad para permitir que las cosas continúen como siempre ha sido. Cuando las élites se percatan de que su permisividad ante tales manifestaciones puede amenazar sus privilegios, suprimen el carnaval. Al modificar la fiesta, el clero, la nobleza y la burguesía, emprenden la reforma de la cultura de la plebe, abjurando de la cultura que durante siglos habían compartido.

Stuart Hall, nos señala que la historia del capitalismo no ha sido otra cosa que la lucha por la cultura del pobre y del obrero, misma donde se encontraría la resistencia más ardua a la civilización del capital. La cultura popular es el terreno donde se desarrolla esta lucha. El mercado, a través del poder cultural que posee –vía los variados medios de comunicación y difusión cultural de los que dispone– habría implantado las definiciones identitarias de pueblo que más convienen a sus intereses. En ellas habría colocado una serie de elementos susceptibles de ser reconocidos e identificados por las personas debido a que se aproximan a la recreación de experiencias y actitudes significativas para las mismas. Por tanto, en esta pretendida cultura popular se encontrarían las tensiones y las oposiciones entre la cultura dominante y la cultura de la periferia. Para Stuart Hall es posible la existencia de ambas culturas, puesto que entiende cultura como las formas y actividades que están en las condiciones sociales y materiales de determinadas clases, mismas que habrían quedado incorporadas a sus tradiciones y prácticas.

La cultura es un campo de batalla donde se enfrentan el pueblo y el bloque del poder, mismo que se encontraría tanto en la sociedad como en el interior de cada ser humano. Aunque Hall sugiere una posible interacción entre ambas culturas –en el terreno de la lucha dialéctica– pareciera que la misma tendría la finalidad de que en un futuro alguna de ellas –preferentemente la cultura popular– pudiera destruir a la otra, logrando con ello la hegemonía. Para Hall, la influencia de la cultura dominante en la cultura periférica no sólo es indeseable por retrasar la emancipación de las clases populares; también lo es porque la cultura periférica es muy débil ante los instrumentos culturales que posee la cultura hegemónica. Pareciera que la cultura popular carece de los elementos necesarios para contrarrestar la influencia avasalladora de la cultura de los poderosos.

Siguiendo con las acotaciones que al tenor de la cultura popular caben, importante registrar lo expuesto por Roger Chartier, quien considera que los modelos para describir y conceptualizar la cultura popular han sido poco apropiados. Entender la cultura como un sistema coherente y autónomo o conceptualizarla como un sistema totalmente dependiente de la cultura dominante habría sido erróneo. Chartier niega ambas conceptualizaciones. Ni plena autonomía ni dependencia total. Más bien, deberíamos asumir que los diferentes ámbitos culturales establecen intercambios entre ellos. Las innovaciones destinadas a reprimir o modificar ciertas manifestaciones de la cultura popular habrían sido expresadas y practicadas de un modo diferente al originalmente asignado.

La producción cultural –sostiene– mezcla elementos de “baja” y “alta” cultura. Por tanto, la cultura popular debería ser descrita y entendida en términos de la apropiación que ésta hace de los productos, códigos, discursos y modelos culturales que le son compartidos o impuestos por la cultura dominante, misma que se consideraría a sí misma superior y la única verdaderamente legítima. Al asumir las nociones de estrategia –lugares e instituciones que producen objetos culturales– y táctica –“las maneras de hacer” –, Chartier opta por un modelo donde la última está caracterizada por sus variaciones y adaptabilidad para enfrentar las circunstancias. Existiría una tensión entre las estrategias propuestas por la élite y las tácticas con las que los recipiendarios de la cultura popular modifican las intenciones de los poderosos; también la habría entre las normas y convenciones que limitan lo que es posible pensar, enunciar y hacer, y las capacidades inventivas de individuos y comunidades. La cultura popular no estaría emparejada con la cultura dominante. Estaría inscrita en un orden de legitimidad culta que le impone una representación de dependencia. La relación entre cultura popular y cultura dominante no sería simétrica. Los dominados se relacionan con los dominantes a través de los que se les niega y las actitudes que asumen ante esta privación.

Tres de los autores abordados coinciden en que la cultura popular debe conceptualizarse, siempre en relación con la cultura dominante de las élites rectoras de la sociedad. La tensión entre ambos constructos, es vista como una lucha –Stuart Hall–, pero más que nada, como una serie de intercambios y apropiaciones entre ambas que se constituyen en sucesivas creaciones y reelaboraciones culturales protagonizadas por el pueblo llano. Para comprender a cabalidad ambas culturas, pero principalmente a la cultura popular, es necesario conocer sus cánones. Sin ello, se corre el riesgo de malinterpretarla y despreciarla. Después de todo, es posible, que aún hoy, la cultura popular, asediada por la lógica de mercado y una superficialidad aparente, tenga mucho que enseñarnos.

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