Álvaro Beltrán Pinzón

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Aunque finalmente los promotores de la iniciativa que pretendía prolongar los períodos del Presidente y de los congresistas, y extender favorecimientos similares a casi todos los altos funcionarios del Estado, no lograron concretarla, no está de más resaltar la avidez que alimentan propuestas de este tipo, cuando, sin escrúpulos, no se repara en la afectación que se infringe a nuestra ya debilitada democracia, para que quienes ostentan el poder continúen usufructuando beneficios.

Si bien es deseable que haya coincidencia en el tiempo del ejercicio de las funciones para el Primer Mandatario de la Nación, alcaldes y gobernadores, y que su disparidad propicia cierta descoordinación en el aparato estatal, las correcciones que se introduzcan deben tener como condición indispensable la no alteración de los mandatos en curso, pues afectarían las reglas de juego y la voluntad ciudadana. Buena parte de las distorsiones e incompatibilidades que ahora se advierten, se vieron acrecentadas por cuenta de los episodios reeleccionistas de Uribe y Santos.

Un repertorio de astucias pusieron a circular quienes promovían este exabrupto, que no alcanzó a ser radicado en el Congreso gracias a la presión ciudadana, ejercida a través de las redes sociales, y a la postura de los partidos de oposición. Desde ese punto de vista, podría advertirse que los contrapesos de la institución democrática operaron satisfactoriamente.

Este apetito por perpetuarse en sus cargos no solo es representativo de la codicia personal; también, forma parte del mesianismo que se disfraza de propósitos doctrinarios. Un sesgo que pretende arraigar en la opinión pública la creencia de que únicamente los incondicionales de las castas tradicionales pueden proponer soluciones para el país, mientras que cualquier otra opción conduciría al caos y la disolución.

El hecho de que se haya frustrado esta intentona no quiere decir que cesen las ambiciones ni los empeños para conservar prebendas. En el fondo, tal vez, de lo que se trata es de evitar correr el riesgo de la confrontación democrática ante la evidente dispersión y dificultades que afronta nuestra sociedad. Abusos como este despiertan indignación, atizan el descontento y alimentan incertidumbres con impredecibles consecuencias.

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