Por: Antonio Hernández Gamarra*
«El autor de esta nota, Antonio Hernández Gamarra, es destacado intelectual y líder político del proceso integracionista del Caribe colombiano, académico, investigador de los buenos., Economista, Exministro de Agricultura y Desarrollo Rural, ex Contralor General de la Nación, especializado en Comercio Internacional y Política Monetaria de la universidad de Rice /Estados Unidos/. Dejando a un lado los temas económicos y políticos, navega hoy con total solvencia en una interesante controversia sobre el habla en su sentido territorio Caribe, a propósito de la serie Medusa, de Netflix
En días recientes Mauricio Gómez Amín y Roberto Flores Prieto hicieron, con múltiples y sobradas razones, certeras críticas al habla empleada en la serie Medusa, que Netflix presentó en su plataforma hace un par de semanas.
Según el primero de esos comentaristas, Medusa es un estereotipo grosero que aporta prejuicios a la realidad, porque recurre a una visión caricaturesca y reduccionista de la idiosincrasia caribeña y tergiversa y exagera el acento costeño.
Por su parte Flores Prieto se pregunta ¿“hasta cuándo el imaginario audiovisual del caribe colombiano será contado desde el mundo andino? Llevamos 40 años viendo, de manera impasible, cómo se instala en nuestra cultura nacional una muestra fallida y estereotipada de nuestra región, quizás no errónea en su totalidad, pero con seguridad bastante incompleta pobre y estigmatizante».
Sin tener conocimientos que me habiliten para participar en los aspectos cinematográficos, propiamente dichos, de Medusa, he decidido meter baza en ese pleito porque creo que algo puedo anotar sobre el habla que emplean en ella los actores que interpretan los distintos personajes.
Para ir de una vez al grano, sin perendengue alguno, sostengo que la razón suprema de la errónea y distorsionada caricatura del lenguaje caribeño que se escucha en Medusa obedece a la supina ignorancia que sobre el costeñol tienen los guionistas de la serie, sus productores y los actores que en ella participan.
Todos ellos, en mayor o menor grado, creen que el habla de la gente del caribe es una sarta, es decir una retahíla o rosario, de plebedades, o sea de palabras ruines, soeces, zafias u obscenas, que es como define Mario Alario Di Filippo, en su Lexicón de Colombianismos, a ese adjetivo.
Creen, además, que el desparpajo, con el que en nuestros coloquios nos expresamos los caribeños, tiene como su fundamento el descaro, y no la falta de timidez para hablar y tratar con otras personas, según enseña la señora Moliner cuando explica el uso de la palabra desparpajo.
Para peor, y por si algo faltara, los responsables de la producción de Medusa creen que el costeñol sufre de pobreza franciscana a la hora de contabilizar los términos y expresiones que lo constituyen.
Por todas esas razones en la serie de Netflix no hay diálogo que no incluya un hijueputa, una cara e’ monda, una verga, un eche, un no joda, un cara e’ jopo, un cuadro o un marica; y al expresar deseos por los alimentos en los diálogos de Medusa solo se escucha pedir la butifarra, la arepa e’ huevo, la carimañola y si acaso un bollo de yuca, y pare de contar.
Si los guionistas, productores y actores de Medusa hubieran querido aminorar su ignorancia sobre el habla de las gentes del Caribe, tendrían que al menos haber ojeado algunas de las introducciones a los lexicones que sobre el lenguaje de nuestra región, o de sus subregiones, han escrito autorizadas personas como Jesús Cárdenas de la Ossa (Lexicón del Caribe), Consuelo Araújo (Lexicón del Valle de Upar), Amílkar Acosta (Lexicón de Guajirismos) y, desde luego, múltiples etcéteras, los cuales incluirían, el lexicón del habla de Barranquilla publicado por la Alcaldía de la ciudad, en caso que el debate se circunscribiera a solo esa última habla caribeña.
Aun cuando no creo, desde luego, que ese debe ser el caso, ya que fácil es inferir por los no entendidos que lo que se predica del habla barranquillera es aplicable a todo el Caribe.
Por otra parte, si los productores de la serie en comento hubiesen querido tener una adecuada visión del habla del Caribe, primero se hubiesen dado un paseo por la creatividad de David Sánchez Juliao, y algo hubiesen aprendido de El Flecha, de El Pachanga y todos sus congéneres: y en segundo lugar mucho hubiesen aprendido sobre costeñol al ver los videos en que Martina la Peligrosa difundió el habla del cordobés.
Ello solo para poner un ejemplo a cerca de dos de los difusores del lenguaje idiosincrático del Caribe que con desparpajo, fina ironía, ingenioso humor e inteligente perspectiva dieron a conocer la variedad y riqueza del habla de nuestra región.
Sin embargo, entrando en honduras académicas, todo aquel, no nativo del Caribe, que quisiera hablar con alguna propiedad el habla de la región tendría que estudiar a fondo el texto El costeñol un dialecto con toda la barba, de la autoría del lingüista José Elías Cury Lambraño, en donde luego de aprender, entre otras cosas, que es un dialecto; por qué los caribeños mochamos las palabras; por qué hablamos golpiao; y, por qué nos comemos las eses, se informaría sobre el tronco materno del costeñol, algunas de las sinonimias dialectales y, también, sobre algunas de sus antinomias curiosas.
Para parar en seco la creencia que llevaría a suponer, con sobrada razón, que tengo en muy mal estado la turra al creer que Netflix emplearía tiempo y dinero en preparar a sus actores para que aprendieran el costeñol, de una vez digo que mi ingenuidad no llega a tanto, pues bien sé que business is business.
El propósito de este texto no es ese sino subrayar, con especial énfasis, la existencia del costeñol y, por lo tanto, avalar la prédica del profesor Cury Lambraño que enseña que los caribeños somos bilingües, pues durante nuestros años de estudio en las clases formales aprendemos el castellano y durante los recreos y en nuestros diarios coloquios nos expresamos en costeñol.
De esa manera nos entendemos perfectamente con quienes, como nosotros, hablan español y a leguas distinguimos a quienes al intentar expresarse en costeñol salen con una pila de verborrea a la cual le falta desparpajo y le sobran plebedades.
Unas palabras finales. Un sobrino del maestro Francisco De Casilda, a quien di noticia de mi intención de difundir un texto como este, me dijo que todo lo aquí expresado sobra, pues uno de los actores de la serie Medusa, interrogado sobre el porqué de las debilidades y los errores del lenguaje en Medusa, reconoció monda y lirondamente que todo obedeció a que no tuvieron tiempo para prepararse.
Luego de agradecerle su información al joven sinceano, le anoté que el maestro Fernando Hinestroza Forero cierta vez me enseñó la importancia de ser en extremo cuidadoso a la hora de disculparse, pues en muchas ocasiones, como fue el caso del aludido actor en Medusa, es peor la disculpa que la ofensa.
Como desde hace un tiempo tomé la decisión de no inmiscuirme en pleitos como en el que ahora estoy, considero que es necesario finalizar señalando la razón fundamental que motivó la escritura de este texto, que desde luego nada tiene que ver con la defensa de la compostura de las señoras bien de Barranquilla.
Del maestro Cury Lambraño, calificativo que además de simbólico es literal pues fui su alumno en el curso de castellano cuando estudié en el Liceo Carmelo Percy en Corozal, aprendí que no hay región sin habla. De lo cual se infiere que el demérito del costeñol atenta contra la región Caribe, contra su idiosincrasia y contra su desarrollo y por eso es por lo que tanto daño causó Netflix a nuestra región al presentar en la serie Medusa una visión caricaturesca, reduccionista, tergiversada y exagerada del acento costeño, para volver hacer uso de la precisa crítica de Mauricio Gómez Amín.
Lo que necesita la periferia de nuestro país, y dentro de ella en especial el Caribe, es una institucionalidad regional fuerte, empezando por la identificación y defensa de su carácter. Porque con ello, y con una organización administrativa libre de clientelismo y corrupción, se empezará a pavimentar la vía para hacer de Colombia un país sin pobreza y una nación con mucho menos inequidades de las que hoy nos agobian.
Nota bene y risueña. Como habrá observado el lector, el autor de este texto, como casi todos los caribes, distingue perfectamente la diferencia entre monda y mondá; y, a diferencia de algunos de los malos imitadores del costeñol se come las eses, pero no las heces.
* intelectual. Líder Político. Académico. Investigador. Economista. Ex ministro de Agricultura y Desarrollo Rural. Ex Contralor General de la Nación.
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