Por Guillermo de la Hoz Carbonó*
Santa Marta celebra este 29/07/2025 sus 500 años. Cartagena lo hará el 1/06/2033. Dos ciudades hijas de la misma corona, con apenas ocho años de diferencia, pero con biografías políticas tan distintas como las mareas que las rodean. Una fue rebelde, heroica, vociferante. La otra, obediente, sigilosa y más fiel al Rey que a su propio porvenir.
Cartagena, vestida de murallas, se declaró independiente en 1811. Se dio el lujo de ser república, de gritar libertad antes que nadie, aunque luego vinieron los fusilamientos y las pestes, los saqueos y los virreyes. Pero la gloria quedó. Hoy es la novia Caribe de los cruceros, la favorita de los bogotanos, la ciudad más fotografiada de Colombia… y acaso la menos gobernada. Su heroísmo terminó convertido en postal, y su república en un desfile que repite consignas mientras la pobreza hace fila para entrar a Bazurto.
Santa Marta, en cambio, no gritó. Esperó sentada, fumando el tabaco de la prudencia. Fue realista hasta que ya no pudo más. Y así, en la penumbra de una Quinta-hacienda prestada, Bolívar vino a morir. No murió en Caracas, ni en Bogotá, ni en Cartagena. Murió en Santa Marta. Como si la historia hubiera decidido que allí debía cerrarse el círculo, en esa ciudad que nunca quiso ser república. Su último aliento fue un susurro entre samarios, un epitafio para un proyecto frustrado: la Gran Colombia.
Paradójicamente, en Santa Marta se fundó también la primera empresa de estas tierras: su puerto. Por él salieron guineos, retornaron cafés, desembarcaron boticarios y se embarcaron poetas. Hoy, sigue allí, funcionando como puede, pero desconectado de su hinterland: Ciénaga, Fundación, Aracataca… territorios que orbitan como satélites sin centro. Mientras tanto, sus líderes locales se dedican a dividir lotes, a multiplicar contratos y a restar esperanzas.
Cartagena, que debería ser su hermana aliada, vive sus propias desventuras. Sus barrios crecen sin agua, sus administraciones sin brújula. Y sin embargo, la quieren más. Tal vez porque aprendió a venderse mejor. Santa Marta, en cambio, sigue esperando fundarse. La fundaron hace cinco siglos, pero aún no sabe qué quiere ser cuando sea grande.
Como magdalenense, quisiera terminar esta columna sin reproches, sino con deseos. Que Santa Marta encuentre su proyecto colectivo. Que no le tema a la integración. Que entienda que sola no llegará lejos. Si no nos unimos como región, seguiremos siendo ciudades que celebran aniversarios, pero no repúblicas. Como si su acta de nacimiento aún esperara tinta y voluntad.
*Abogado. Economista. Profesional Especializado. Docente Universitario. Escritor. Columnista
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