Periódico El Derecho

Progreso y cultura tienen que ver con los desequilibrios ecológicos y medioambientales, grupo humano, economía, ecosistema, depredación, disociación filosófica entre sujeto (capacidad dominadora) y objeto (naturaleza a conquistar), lo que requirió de reflexiones de fondo en dirección a la búsqueda y procura de alternativas integradoras, debiéndose entender que la cultura era soporte esencial de sostenibilidad, desarrollo y gobiernos, toda vez que proveía mejor los marcos definidores de la identidad y de las solidaridades étnicas; se moldeaba desde ella las actitudes hacia el trabajo, el ahorro y el consumo, fundamentaba el comportamiento político, y más importante aún, era base para construir en mejor forma los valores que pueden guiar la acción colectiva hacia un futuro sustentable y sostenible en el nuevo contexto global.

Los sesenta fueron el decenio del desarrollo, los resultados económicos de la postguerra hicieron pensar que las sociedades humanas podrían lograr un crecimiento sostenido generador de desarrollo y de libertad para la humanidad, que obligó instaurar la creencia en un progreso lineal debido a dichos excelentes resultados económicos, pero pronto aparecieron una serie de preocupaciones de envergadura, especialmente en relación al deterioro acelerado de los recursos naturales (amenazas al ecosistema mundial)m al tiempo que la seducción del mercado y la imagen trajeron el predominio de una cultura de masas que produjo desequilibrios profundos a nivel ecológico y cultural que dieron lugar a conflictos y a un sistema nuevo de dominación.

La ausencia de crítica y de reacción frente a estos hechos se manifestó, de forma significativa, en la falta de reflexión por parte de una inteligencia que participa de la banalización y de la seducción de la sociedad de riesgo y de vértigo que en las sociedades modernas son las producciones culturales y no las económicas las que suplantan a las relaciones sociales tradicionales como fundamento de valores y sensibilidades compartidas. Las producciones culturales se han convertido en elementos generadores de mitos, estilos de vida y concepciones del cosmos, invirtiendo el clásico dualismo durkheimiano entre sociedad y representaciones sociales las cuales son las que construyen los grupos sociales y no lo inverso.

Pero quien lo creyera y suena a contradicción, es también el decenio del empobrecimiento cultural. Numerosos rituales ligados al mantenimiento de prácticas cosmológicas y sociales son barridos por el desarrollismo que vacía pueblos y desliga a poblaciones enteras de sus clásicos marcos de producción y de reproducción. En este sentido, la crítica de Bourdieu y de Wacquant a los agentes culturales y a los militantes de izquierda sumisos ante la expansión de la nueva vulgata planetaria (la modernización neoliberal) «que pretende rehacer el mundo haciendo tabla rasa de conquistas sociales y económicas que son el resultado de cien años de luchas sociales» que vivimos.

La fragilidad de un mundo en constante riesgo de contaminación y de manipulación genética se esconde bajo la seductora imagen de la carta del menú ecológico y del ploughman dish. Los daños ecológicos producidos por los peligros tecnoindustriales, por la pobreza (deforestación) y por las armas de destrucción masiva sostienen el paraíso de la cultura de masas del postmodernismo. De otra parte, la crisis del petróleo aumentó la preocupación por los riesgos incontrolados de una agresiva política de dominación internacional a la que la guerra fría dio lugar; más no todo fue negativo, las sociedades occidentales empezaron a ocuparse seriamente por la calidad de vida, el medio ambiente y la defensa de los valores comunitarios en las relaciones sociales.

La cultura como cosmovisión, unas pautas de comportamiento, ideas y valores compartidos ha mostrado una capacidad sorprendente para reproducir los sistemas socioeconómicos, lo que llamó a ser capaces de liderar el proyecto de la burguesía, dado que en el fondo de todo ello estaba la creencia en el individuo como razón y religión, debiéndose construir una lógica social basada en la técnica, en las relaciones contractuales del estado-nación y en la dominación sobre los denominados otros.

La seducción del consumo ha venido a banalizar las barreras y las fronteras sobre las que se construye esta ideología: la exclusión de los inmigrantes y la persecución y demonización de los sentimientos de pertenencia de cultura, entendida no como una esfera sino como una dimensión que informa la vida social e institucional, es decir, como un sistema de significaciones a través del cual un ordenamiento sociojurídico se comunica (signos), se expresa (símbolos), se experimenta y se reproduce (ritos y mitos), lo que deja ver desde esta perspectiva la importancia de las comunidades locales, especialmente por cuanto señuelo del progreso vació al mundo rural de sus lógicas cosmológicas e integradoras, desarticulando la conciencia de búsqueda de alternativas locales y localizadas de desarrollo social, económico y político.

De ahí que importe que las comunidades locales luchen por exigir el reconocimiento de su identidad, con bases más allá del crecimiento económico (productivismo depredador y desintegrador); esto es, desde otros retos y alternativas viables. Lo esencial es saber formularlas y llevarlas a la práctica con modelos cercanos, de la mano de la experiencia y caminar hacia propiciar que se encuentren reconocimiento jurídico, social y cultural. He ahí el desafío.

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