Abogado. Columnista. Alvaro Mejia Mejía- Analista Político. Conferenciante. Docente Universitario.

Por: Álvaro Mejía Mejía*

El 20 de octubre de 2026, Roberto Herrera Soto levó anclas para emprender su última travesía. Con su partida se apaga una voz irrepetible de la cultura colombiana, pero queda encendida la luz de una inteligencia que supo hermanar la  historia con las ideas, el conocimiento con la dignidad y la sabiduría con la nobleza del espíritu.

Hay hombres que no transitan simplemente por la vida: la fecundan con su ejemplo y dejan en ella una estela luminosa, una huella que resiste la erosión de los años y aun la severa sentencia de la muerte. Roberto Herrera Soto perteneció a esa estirpe excepcional: la de los  humanistas para quienes el conocimiento no fue un adorno de la vanidad, sino una forma superior de servir a los demás. Hoy, cuando su ausencia adquiere la dolorosa dimensión de lo definitivo, vuelven a mi memoria los años en que tuve el privilegio de conocerlo y cultivar su amistad.

Lo conocí cuando cursaba el primer año de derecho en la Universidad La Gran Colombia de Armenia. Solía visitar nuestra alma mater en compañía de José Galat Noumer, entonces rector de aquella institución fundada en 1950 por el maestro y  humanista Julio César García Valencia.

Para nosotros, jóvenes que apenas entreabríamos las puertas del pensamiento jurídico, encontrarnos con un intelectual de semejante talla era una verdadera celebración del espíritu. Su palabra convocaba la atención. Su sabiduría, lejos de levantar muros de solemnidad, tendía puentes de cordialidad. En él convivían la vastedad de la cultura, la sencillez del maestro y ese entusiasmo, espontáneo y generoso, que parecía brotar de sus raíces caribeñas.

Mi primer acercamiento a su universo intelectual ocurrió, sin embargo, a través de las páginas de su Antología del pensamiento conservador en Colombia, publicada en dos voluminosos tomos por el Instituto Colombiano de Cultura en 1983, precisamente por los días en que tuve la fortuna de conocer a su autor. Aquella obra fue para mí una suerte de breviario político y espiritual. En sus páginas desfilaron los grandes exponentes del pensamiento conservador colombiano, desde los albores de la independencia y el nacimiento de la República hasta las generaciones que mantuvieron encendida esa tradición doctrinaria. Encontré allí no solamente un venero de ideas, sino también el sustento histórico de convicciones que me han acompañado desde la infancia.

Años más tarde, en Bogotá, la cercanía se hizo más entrañable. Pude frecuentar al pensador y conocer más de cerca a su esposa, Cristina Maya, maestra y mujer de letras, hija del insigne poeta y crítico literario payanés Rafael Maya. En aquella casa parecía prolongarse, con discreta majestad, el eco de una de las voces memorables de la generación de Los Nuevos, aquella constelación de poetas que, desde registros tan disímiles como la ironía, la reflexión filosófica o la palabra coloquial, supieron dialogar con la tradición sin renunciar al estremecimiento de la modernidad.

Nacido en Santa Marta, Magdalena, el 18 de diciembre de 1929, Roberto Herrera Soto consagró su larga existencia al cultivo de la historia, la cultura, las ideas políticas y el derecho constitucional. Su vocación intelectual desconoció fronteras. Lector infatigable, atento a los libros escritos en diversas lenguas, hizo de la biblioteca un territorio de libertad y de la conversación una prolongación de sus lecturas. Junto a Cristina, vinculada a la Academia de la Lengua, alentó tertulias y círculos de estudio en los que el saber no se fragmentaba en parcelas mezquinas: historia, política, literatura y filosofía concurrían como afluentes de un mismo río humanista.

Su formación comprende estudios de posgrado en la Universidad McGill de Montreal, Canadá, donde se especializó en historia y gobierno de países en desarrollo de África, Asia y América Latina. No es, pues, su erudición fruto del acopio caprichoso de lecturas, sino de una disciplina tenaz, de una curiosidad universal y de una inteligencia que persigue, detrás del acontecimiento, las fuerzas profundas que lo explican.

Pocas figuras han recibido de su parte una atención tan perseverante como Simón Bolívar. Para adentrarse en la compleja arquitectura moral y  política del Libertador, Herrera Soto estudió y confrontó más de doscientas cincuenta obras, testimonio de una escrupulosidad investigativa poco frecuente. Su libro El pensamiento político de Bolívar ocupa un lugar eminente dentro de esa labor. Allí el héroe no queda petrificado en el mármol de los monumentos: comparece como hombre de ideas, de tensiones, de grandezas y contradicciones, sometido al examen riguroso de quien sabe que admirar la  historia no significa renunciar a interrogarla.

Conversar con Roberto era asistir al prodigio de una memoria capaz de devolver vitalidad a los siglos. Los episodios históricos acudían a su relato con la frescura de las noticias recientes. Los personajes reaparecían con su voz, sus pasiones y sus circunstancias. He conocido esa virtud en otros amigos entrañables suyos y míos, hoy desaparecidos, como Alberto Dangond Uribe y Alberto Bermúdez: hombres disciplinados, celosos de las fuentes y capaces de extraer, de las cenizas del ayer, alguna luz para comprender el presente. Ahora también Roberto se incorpora a esa galería de ausencias ilustres cuya memoria nos acompaña.

Esa misma vocación por rescatar la verdad documental se expresa en La zona bananera del Magdalena, obra editada por la Imprenta Patriótica del Instituto Caro y Cuervo. En sus páginas se entrelazan la historia social de la región, la economía del banano, la presencia de empresas como la United Fruit Company y los acontecimientos que rodearon la huelga de 1928. Su investigación lo llevó, además, a controvertir interpretaciones difundidas sobre la llamada masacre de las bananeras, incluidas las evocaciones literarias de Gabriel García Márquez en Cien años de soledad. La discusión entre documento  histórico y transfiguración novelesca revela precisamente una de sus preocupaciones cardinales: distinguir la libertad de la imaginación del deber de exactitud que corresponde al historiador.

Pero Herrera Soto no se detuvo en los hechos. Se inclinó también sobre las palabras, esas pequeñas arcas donde los pueblos guardan sus costumbres, sus labores y su manera singular de contemplar el mundo. Recogió voces, modismos y expresiones propias de la zona bananera, y legó un repertorio lexicográfico que preserva un fragmento invaluable de la memoria popular. Porque para un verdadero humanista la historia no vive solamente en los archivos: también respira en el habla del campesino, en la jerga del trabajador y en la música secreta de los nombres.

Recuerdo, a propósito, una conversación inolvidable entre Herrera Soto y el poeta Juan Restrepo Fernández acerca de términos marineros. Roberto se detenía en el origen, la precisión y los matices técnicos de aquellas voces. El poeta Restrepo descubría en ellas resonancias líricas, como si cada palabra llevase todavía una brizna de sal y un rumor de oleaje. Yo escuchaba deslumbrado aquella navegación verbal. Confieso que al concluir me sentí más consciente de mi ignorancia, pero infinitamente enriquecido por el privilegio de haber presenciado tan singular encuentro de saberes.

Su presencia en la vida cultural colombiana se extendió al periodismo y a las revistas de pensamiento. Fue columnista de El Siglo y El País y dirigió la revista Bolívar, además de colaborar con publicaciones universitarias.

Entre sus ensayos recuerdo especialmente uno dedicado a Manuel Zapata Olivella, escritor, médico y antropólogo cuya obra ocupa un lugar de singular relieve en las letras y en el estudio de la cultura afrocolombiana.

También merece destacarse El yin y el yang en el constitucionalismo colombiano, publicado por la Universidad La Gran Colombia en una edición especial de su revista sobre la Constitución de 1991.

En ese ensayo, Herrera Soto acude a la antigua dualidad oriental para interpretar las oscilaciones de nuestra organización política: de una parte, el yin, asociado simbólicamente con la dispersión y el desorden que identifica en las experiencias federalistas; de otra, el yang, representación del orden y la cohesión que atribuye a las constituciones centralistas. Más allá de que el lector comparta o discuta esa interpretación, aflora allí el jurista de pensamiento ancho, que no reduce el derecho constitucional a un cementerio de artículos e incisos, sino que lo contempla como expresión de las tensiones  históricas y espirituales de una nación.

Y, sin embargo, acaso la mayor grandeza de Roberto Herrera Soto no residió en la extensión de su bibliografía, ni en la variedad de sus estudios, ni siquiera en la admirable fidelidad que guardó a su vocación intelectual. Residió en algo más raro y hermoso: la generosidad con que compartía cuanto sabía. En tiempos en que la frivolidad suele reclamar los honores reservados al pensamiento, él eligió la discreta aristocracia del espíritu; esa que no necesita ostentar títulos porque se reconoce en la humildad de enseñar.

Guardo una imagen que vale por todo un retrato moral. A su casa solariega, donde parecía persistir la voz tutelar del poeta Rafael Maya, llegaban niños del vecindario en busca de ayuda para sus tareas. Allí los recibía aquel hombre de porte imponente, de presencia caribeña y risa hospitalaria, no con la distancia del sabio ensimismado, sino con la afabilidad de quien descubría, en cada pregunta infantil, una nueva ocasión para sembrar conocimiento. ¡Qué lección más elocuente! El mismo espíritu que había interrogado a Bolívar, examinado el constitucionalismo y recorrido los archivos de nuestra  historia se inclinaba, sin perder un ápice de su grandeza, ante la curiosidad de un niño.

Hay inteligencias que deslumbran y se extinguen en el instante; otras, en cambio, alumbran silenciosamente cuanto las rodea y prolongan su claridad más allá de la muerte. Roberto Herrera Soto pertenece a estas últimas. Su vida testimonió que la verdadera sabiduría no se mide por la altura desde la cual se habla, sino por la hondura con que se comprende y por la nobleza con que se comparte.

Por eso, estas páginas, concebidas como tributo de admiración y afecto, son ahora también una despedida. Despedida del colombiano ilustre, del maestro de la memoria nacional, del caballero de las letras; pero, sobre todo, del amigo cuya conversación fue para mí una escuela de cultura y humanidad.

Su fallecimiento, el 20 de octubre de 2026, deja un vacío doloroso entre quienes tuvimos la fortuna de tratarlo y entre quienes encontraron en sus libros una manera más rigurosa de comprender el país. Pero no toda partida significa desaparición. Hay hombres que, al ausentarse, se hacen aún más presentes en los libros que legaron, en las preguntas que despertaron y en la gratitud de quienes aprendieron a su lado.

Que su nombre permanezca entre aquellos que supieron honrar a la patria sin estridencias, con la constancia del estudio y la dignidad de sus actos. A Cristina Maya y a sus seres queridos llegue mi solidaridad en esta hora de duelo. Mientras alguien recuerde sus enseñanzas, abra sus libros o repita una de sus  historias, la lámpara de su pensamiento continuará encendida, desafiando las sombras del olvido.

*Abogado. Columnista. Analista Político. Conferenciante. Docente Universitario.

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