Juvenal Infante- Economista. Analista Internacional

Por: Juvenal Infante*

Cuando vuelva quisiera encontrar a Santa Marta convertida en una ciudad renovada, limpia, segura y bien administrada.

La Santa Marta donde nací, la de mi niñez y mi juventud, era una ciudad pequeña, afable y tranquila. La gente se conocía, se saludaba con cortesía, sin afanes, y se caminaba sin miedo a cualquier hora; no tenía rincones vedados… Se vivía bien. Y conservo un recuerdo que los años no han conseguido borrar: Santa Marta olía a mango maduro y a mar.

Aracataca le dio al mundo el olor de la guayaba a través de García Márquez. Santa Marta, más discreta, guardó el suyo: el del mango de azúcar que las hermanas Goenaga convertían en pasta, quemada por fuera, dorada y cristalina por dentro, de sabor exquisito: el manjar samario.

Santa Marta tiene una seña de identidad que no comparte con ninguna otra ciudad que conozco: la magnificencia irrepetible de sus atardeceres, el leitmotiv que sostiene el recuerdo entero de mi ciudad. He visto ese cielo pasar de la brasa viva al rosa de la patilla jugosa, y de ahí a un morado espeso que ningún pintor ha conseguido fijar en un lienzo antes de que la noche se lo lleve. Los pescadores de Taganga lo leen sin pensarlo y saben, por su tono, si mañana habrá bonanza o marejada.

Nadie lo paga ni lo organiza; es, con algo de mano divina, lo más valioso que tiene la ciudad.

Esa misma bahía que se enciende cada tarde recibe, unos metros más allá, brotan a la superficie de sus calles las aguas negras que generaciones de dirigentes nunca supieron -o nunca quisieron- conducir a donde debían ir.

El año pasado Santa Marta cumplió quinientos años. La celebración pasó sin pena ni gloria y quedaron intactos los problemas de siempre: escasez de agua, alcantarillado insuficiente, calles deterioradas e inseguridad; un cuadro que no corresponde a una de las grandes ciudades históricas de América.

La paradoja de Santa Marta es haber recibido tanto de la naturaleza y aprovechado tan poco. Y aunque, como dice la vieja canción, no tenga tranvía: tiene mar, Sierra Nevada, puerto y una posición excepcional sobre el Caribe. Ha faltado voluntad a sus dirigentes para convertir esas ventajas en servicios e infraestructura. Lo mismo vale para Colombia, donde el desarrollo regional no puede seguir siendo promesas aplazadas.

Santa Marta, como el resto del país, debe saber aprovechar este cuartico de hora que nos ofrece la presidencia de Abelardo De la Espriella. Su Gobierno ha puesto los ojos en las regiones y ha despertado una esperanza que sería imperdonable desperdiciar.

Hay proyectos que requieren grandes inversiones; otros, sobre todo, ingeniería y el compromiso ineludible de no desviar un centavo. El quid está en tener proyectos serios que despierten interés nacional e internacional y atraigan constructores, inversionistas y financiación de largo plazo. Santa Marta podría, en estos cuatro años, comenzar un vuelco que cale en la conciencia ciudadana de sus hijos y perdure más que un periodo presidencial.

El Presidente ha hablado del milagro colombiano. Le tomó la palabra. He caminado por Tianjin, ciudad costera de China no lejos de Beijing, cuando todavía conservaba mucho de aquel puerto viejo y he vuelto a encontrar una ciudad transformada, con nuevos barrios, rascacielos y grandes zonas industriales. Detrás de ese cambio hubo funcionarios capaces, empresarios y jóvenes emprendedores visionarios que abrieron aquellos terrenos a la inversión extranjera y levantaron, entre todos, la zona industrial de TEDA, hoy sede de grandes compañías internacionales. Ese es el rasero con el que debería medirse el milagro colombiano.

Tal vez uno de esos milagros pueda volver a ocurrir frente al mar Caribe. Barranquilla ya lo demostró. Alejandro Char, Elsa Noguera y Eduardo Verano, desde responsabilidades distintas y en momentos diferentes, han contribuido a una transformación que tuvo continuidad en el tiempo. Allí se entendió que una ciudad cambia cuando los proyectos sobreviven a los periodos de gobierno y la ciudadanía termina apropiándose de ellos.

Me ausento por un tiempo y, cuando vuelva, quisiera encontrar a Santa Marta convertida en una ciudad renovada, limpia, segura y bien administrada. No me faltarán ganas de darle a ese propósito lo que me quede de vida, junto a mis coterráneos que me acompañen.

Y comprobar, al volver, que Santa Marta huele otra vez a mango maduro y a mar, bajo el mismo cielo que enciende sus atardeceres.

*Economista. Analista Internacional. Embajador de Colombia en la República Popular China. Columnista

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