JOSÉ MANUEL HERRERA BRITO- periodista y abogado

Por: José Manuel Herrera Brito

Dejó consignado en letras de bronce Baltasar Gracián y Morales (8-ENE-1601, Belmonte de Gracián , España/ 6-DIC-1658, Tarazona, España), eximio sacerdote jesuita y escritor español del Siglo de Oro, quien cultivó la prosa didáctica y filosófica, que “Hay quienes todo lo ascienden con la mentira: no suben, se cuelan.”. Con lo cual significó en términos de hoy (aunque también de ayer), que el esfuerzo deja de ser importante, que tampoco la disciplina es importante, y que el único valor es conseguir ascender no importa cuántos se queden en el camino, atropellados, abusados, humillados y pisoteados, lo que sin duda alguna genera un profundo y grave rencor que rompe los lazos sociales, al igual que crea un muy peligroso fenómeno identificatorio, en el cual si no se tienen una ética de valores suficientemente arraigado, es definitivamente fácil mover los límites de que sería lo importante, lo que muchas veces lleva a la pregunta respecto de ¿qué será más grave: la corrupción o los trepadores sociales? Males mayores ellos que destrozan valores, posiblemente uno más que otro en el ecosistema en el que se encuentran entrelazados.

Un trepador, también escalador social, se nos dice argumentativamente, es alguien ambicioso que busca ascender en la jerarquía social o profesional, utilizando a menudo métodos poco éticos como la adulación, la manipulación, el oportunismo o incluso el sabotaje de otros para alcanzar sus propios fines, sin importar los medios y se caracterizan por buscar constantemente acercarse a quienes tienen poder o estatus, atribuyéndose méritos ajenos o interesándose solo cuando pueden obtener un beneficio; esto es, oportunismo, manipulación, falta de escrúpulos, atribución de méritos, competencia desmedida, e interés selectivo, lo que señala a las claras que es un individuo abominable dispuesto a ascender en la escala social, normalmente de forma deshonesta y claramente a expensas de las demás personas.

Nos recuerda lo cual que existen dos caminos de ascenso dentro de una sociedad o grupo de individuos. El primero es la movilidad social legítima, producto de la educación, la ética del trabajo y el esfuerzo, los cuales sirven para profesionalizarse en áreas que sean de mayor servicio y provecho para la sociedad, requiriéndose para ello capacidad de aprendizaje y por supuesto mucha curiosidad, ya que para conseguir esta movilidad es necesaria la innovación y, sobre todo, que ésta sea de forma y manera tal que contribuya a la comunidad en que se vive, toda vez que ser de provecho granjea un lugar en la sociedad y esta aspiración debe ser cuidada, cultivada y promovida. El segundo es el trepador social propiamente dicho, individuo este que está dispuesto a pasar sobre los derechos de los otros con tal de conseguir su fin y su avanzar está soportado en la manipulación de la realidad, el uso de mentiras, el tráfico de influencias; siendo además oportunista, utiliza las relaciones como un instrumento para conseguir sus fines, no como un vínculo que conecta a los seres humanos que tejería una red de cuidado mutuo, creyéndose además con derecho a todo; no se cuida de los conflictos de intereses, sino que los crea constantemente; y, se  autoriza a toda actividad corrupta por cuanto considera que merece beneficios.

Rompen sin que nada les importe el tejido social, crean una transacción de favores, donde la lealtad mal comprendida vale más que las competencias y capacidades de una persona, un producto o una propuesta, a la par que distorsionan la definición de éxito, en la cual en lugar de hacerse una persona de bien, que cohesione a la sociedad, se convierte en una persona que muestra lujos y códigos de riqueza. Son una mueca de éxitos sin fondo que se dedican a  aparentar; van desde verse profesionales, con trajes cuidados y una imagen diseñada y en su vulgar oportunismo confunden estatus con su valor real como individuo.

Un algo igualmente grave es respecto de los consultores de imagen, quienes erróneamente han promovido a rabiar, quizá sin ver las consecuencias, o sin escoger bien a sus clientes, la imagen como atajo identitario; vale decir, parecer antes que ser; y, aunque esto ya viene, desde mucho tiempo atrás, cualquier cantidad de consultores de imagen venden la idea de la percepción o es todo, así la imagen se convierte en un atajo para aparentar resultados sin tener la ética o el conocimiento que los sostienen, anera desde la cual el trepador social usa la apariencia como excusa moral para permitirse corrupción, lo que deriva que el cáncer de un país tiene en su origen a los trepadores sociales utilizando la política, están dispuestos a vender un país, una idea de estado para poder presumir una vida de lujos que los posicionaría de cierto estatus, lo que hace parte de ese entramado absurdo y perverso de la corrupción.

Y es ella, la corrupción. ese mal peor que ataca a muchos países, siendo un problema calificado como muy frecuente, lo que es a todas luces más que grave. No es un flagelo, fenómeno o problema separado del trepadurismo social, sino que es el trepadurismo social una condición que habilita la corrupción. Son, pues, dos  caras del mismo patrón amoral: ambición desmedida sin responsabilidad, que ubica entre los trepadores sociales a esos pequeños políticos dispuestos a hipotecar un país entero para presumir una vida que no proviene de su trabajo, sino de la rapacidad; y, cuando una sociedad normaliza estos trepadores, termina incentivándolos y de ahí su producción en masa, lo que arroja que como sociedad somos responsables al permitir dichas conductas. *saramara7@gmail.com

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