Juvenal Infante- Economista. Analista Internacional

Por: Juvenal Infante*

Habrá mucho que reconstruir después de este terremoto. Algo, sin embargo, ya empezó a levantarse antes que cualquier obra pública: el decoro con que se gobierna.

Apenas amanecía el lunes 10 de agosto, primer día hábil del nuevo gobierno, la naturaleza le impuso al presidente su primera agenda. El sismo golpeó al Chocó, el Eje Cafetero y el Valle del Cauca cuando Abelardo De la Espriella se disponía a iniciar su primera jornada de trabajo. No alcanzó siquiera a pisar el Palacio de San Carlos desde donde despachará: salió directo de su casa hacia el avión que lo llevó a la zona del desastre. Le siguieron sus ministros. No había tiempo que perder. Cali y Pereira recibieron algunos de los impactos más dolorosos.

Entre las nubes de polvo de los escombros, se oían los gritos y llantos de quienes buscaban a sus seres queridos. En medio de ese drama, emergía la figura del mando. Su resolución innata se impuso esa mañana. El presidente marcó el compás.

Ahí entendí, por fin, el verdadero fondo de su eslogan de campaña. “Firmes por la Patria” no era una consigna electoral: era la promesa de estar presente cuando el país más lo necesita.

Cumplir con el deber no convierte a un presidente en héroe. Lo que cuenta es la manera de asumirlo cuando todavía no hay libreto y cada minuto pesa. A su lado apareció Ana Lucía Pineda, la Primera Dama, cerca de los damnificados, atendiendo las ayudas con voluntad y eficacia. Volvió algo que durante cuatro años tuvimos que echar de menos sin atrevernos casi a nombrarlo: el decoro en la primera pareja de la nación.

El país vio al presidente, a su esposa y a sus ministros aparecer donde estaba el problema y asumirlo. También vio a un gabinete que, por una vez, parecía gabinete: ministros detrás de una misma tarea. Esa imagen también cuenta. La autoridad empieza a sentirse cuando alguien coordina y los demás responden.

Detrás de la más dolorosa emergencia había algo más en juego: la imagen que Colombia proyecta hacia afuera. El mundo respondió. Naciones Unidas y numerosos países ofrecieron de inmediato su cooperación, abierta y generosa. Cada gesto de solidaridad encierra también una cuota de confianza. Colombia tiene ahora la obligación de honrarla.

Aquí aparece una vieja prevención: que la desgracia termine convertida en contrato. Cada peso destinado a los damnificados debe llegar a ellos, y cada dólar recibido del exterior debe tener una cuenta clara. Que nadie descubra ahora una repentina vocación humanitaria a la hora de facturar. La confianza se gana también cuidando el dinero público como algo sagrado. Y esa confianza, una vez recuperada, vale tanto como cualquier ayuda recibida: abre puertas, facilita cooperación y devuelve al país una respetabilidad que nunca debió ponerse en juego.

De la Espriella comenzó su gobierno sin siquiera el respiro simbólico de instalarse en su despacho. Tal vez por eso mismo su primera jornada dijo más sobre su carácter y lo que se espera de él que muchas semanas de discursos.

Habrá mucho que reconstruir después de este terremoto. Algo, sin embargo, ya empezó a levantarse antes que cualquier obra pública: el decoro con que se gobierna. 

*Economista. Analista Internacional

¿Cómo le pareció el artículo?
+1
1
+1
0
+1
0
+1
0
+1
0

Por editor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *