Por: Rubén Darío Ceballos Mendoza*
Es evidente al observar cualquier rincón de nuestras ciudades, para darnos cuenta qué, el paisaje humano ha cambiado para mal y peor, dado que en la mayoría de los casos estamos juntos, pero ausentes; compartiendo mesa, pero no el momento. Los ojos, que antes buscaban la complicidad del interlocutor, hoy se desvían para quedarse ante la denominada caja tonta y brillante que hipnotiza, lo que algunos califican como el fenómeno de la soledad conectada, ese mundo poblado de “amigos virtuales” donde la persona está más sola que nunca.
Entre nosotros la digitalización ha avanzado, pero al mismo tiempo nuestra capacidad de comunicarnos ha retrocedido en la misma o superior medida. El intercambio fluido que antes nutría nuestras sobremesas ha sido desplazado por la tiranía del like y la frialdad del emoji. Hemos desafortunadamente simplificado la complejidad de las emociones humanas por un simple sticker de WhatsApp. Pero lo más preocupante de todo es ver la forma de cómo hemos perdido la práctica de la tolerancia, puesto que, ante el menor disgusto o diferencia de criterio, la respuesta es el bloqueo o la salida estrepitosa de un grupo de chat, lo que determina que estamos mal viviendo lo que los sociólogos llaman la cultura del escape, en la que se prefiere el silencio digital como arma antes que el esfuerzo de expresar un sentimiento o procesar una frustración mediante el diálogo. Resultado de lo cual es que hemos perdido la paciencia para escuchar y, peor aún, la valentía para hablar y entendernos mejor.
Vacio comunicativo este que nos ha legado el horrible monstruo del anonimato cobarde. Nos escondemos tras cuentas falsas para lanzar dardos con nombre y apellido, disfrutando del daño ajeno desde la sombra de una pantalla. El insulto digital se ha convertido en un deporte universal donde el trofeo es el reconocimiento de otros desconocidos. Nos regocijamos en denigrar al prójimo, olvidando que detrás de cada perfil hay una persona de carne y hueso. Y ello es inadmisible.
Importante y urgente es que recuperemos la palabra, esa unidad lingüística, dotada generalmente de significado, que se separa de las demás mediante pausas potenciales en la pronunciación. No la palabra escrita con rabia y ocultada tras un seudónimo, sino la palabra dicha de frente, con el peso de la responsabilidad. Marca en consecuencia lo dicho, en que es hora ya de dejar la payasada de bloquear y abandonar grupos cada vez que algo se torna incomodo. Impone todo ello como una gran necesidad, el que debemos aprender de nuevo a sostener la mirada, a tolerar el disenso y a expresar nuestras alegrías y enojos sin el filtro de una red social. Más presencia, menos odio anónimo y más diálogo sincero. Solo así dejaremos de ser náufragos digitales para volver a ser una comunidad, lo que mucha falta nos está haciendo en pro de un mundo y una sociedad mejor y mayormente conectada.
* Jurista. Especializado en Derecho Laboral. Derecho Penal. Docente Universitario. Conferencista. Panelista. Columnista. rubenceballos56@gmail.com

