dinhora luz sierra peñalver- Abogada. Columnista

Por: Dinhora Luz Sierra Peñalver*

La historia universal da cuenta de pueblos que han sido conquistados y vencidos por las armas; en tanto que otros, más sutilmente, por la palabra. Y cuando digo que han sido doblegados por la palabra, me refiero a esa forma lenta, casi imperceptible, de la dominación que se instala en el lenguaje, se repite en la escuela, se legitima en la academia y termina, con los años, alojándose en la conciencia de quienes la padecen.

Al pueblo wayuu le ha ocurrido, en buena medida, esto último.

Se le ha llamado “etnia”, con una cortesía perniciosa y ofensiva, aun cuando se quiera disfrazar de inocente. A su lengua, “dialecto”, con una ligereza que no es ingenua. Y lo más inquietante no es que tales denominaciones provengan de afuera, sino que hayan sido acogidas, sin suficiente resistencia, por el propio sujeto al que nombran.

Es allí donde empieza la verdadera derrota, cuando el nombre que reduce deja de doler, se acepta sin miramientos, sin quejas, sin reclamos.

Conviene, entonces, volver sobre lo esencial.

Desde la Lingüística, una lengua no se define por el poder de quienes la hablan, sino por su estructura interna y su capacidad de organizar el pensamiento. Una lengua es un sistema autónomo de signos, dotado de gramática, fonología, sintaxis y semántica, capaz de permitir a una comunidad expresar cualquier experiencia humana, desde lo cotidiano hasta lo abstracto.

Bajo ese criterio, que en todo caso es el único verdaderamente serio, el wayuunaiki es, indiscutiblemente, una lengua.

Tiene reglas propias que no dependen del español. Posee mecanismos gramaticales que estructuran el tiempo, la acción y la relación entre los sujetos. Cuenta con un universo léxico que no solo nombra objetos, sino que revela una manera particular de comprender el mundo. Y, sobre todo, cumple la función esencial de toda lengua, ser vehículo completo de comunicación y pensamiento dentro de su comunidad.

Llamarlo dialecto, entonces, no es un error técnico, es una decisión política; pero no una cualquiera, una insultante, humillante, denigrante.

Lo advirtió con precisión Max Weinreich, al precisar que una lengua es, muchas veces, un dialecto con fuerza y poderío. Es decir, la diferencia no está en la calidad del sistema lingüístico, sino en la capacidad de imponerlo. Y sabiamente acotó que la distinción entre lengua y dialecto es principalmente política y social, no lingüística. Sugiere que un idioma estándar es simplemente un dialecto que ha obtenido reconocimiento oficial, poder militar y apoyo institucional (ejército y marina) para imponerse, mientras que otros quedan marginados.

El wayuunaiki no es menos lengua por no haber sido lengua de imperio; es, por el contrario, la prueba viva de que una lengua puede subsistir sin someter a otras.

Pero aquí se impone una exigencia más alta, no basta con demostrarlo desde la teoría; es necesario afirmarlo desde la conciencia.

Porque ninguna lengua se extingue primero en los libros; se extingue en la mente de quien deja de creer en ella.

Y si hay un riesgo real, no es que otros la llamen dialecto, sino que el propio wayuu termine aceptando ese nombre sin resistencia.

El segundo punto exige una reflexión aún más delicada, porque se adentra en un terreno donde la ciencia, la historia y la política se entrecruzan: la noción de “raza”.

La Antropología contemporánea ha rechazado el concepto de raza como categoría biológica estricta. La especie humana, se dice, no presenta divisiones genéticas suficientemente marcadas para justificar razas en sentido científico. Esa afirmación, en su intención, busca desmontar jerarquías y combatir el racismo.

Pero en ese esfuerzo, loable, sin duda, se ha producido, a veces, un efecto colateral, la disolución excesiva de las identidades diferenciadas.

Porque si bien es cierto que no existen razas en el sentido jerárquico y pseudocientífico del pasado, también lo es que existen comunidades humanas con rasgos históricos, culturales, incluso fenotípicos, que han desarrollado una continuidad en el tiempo y una conciencia de sí mismas.

Bajo una comprensión más amplia, no biologicista ni jerarquizante, sino histórica y cultural, puede sostenerse que el pueblo wayuu constituye una raza en cuanto comunidad humana diferenciada, con identidad propia, con permanencia, con rasgos compartidos y con una forma singular de habitar el mundo.

No se trata de reivindicar la vieja noción de raza como instrumento de superioridad. Se trata de rescatarla, si se quiere, como afirmación de identidad profunda, como reconocimiento de una continuidad que no puede diluirse en categorías excesivamente neutras.

Porque también hay una forma de invisibilizar que consiste en homogeneizar.

Y en ese sentido, la palabra “etnia”, aunque más aceptable en el discurso académico, puede resultar insuficiente si se utiliza para diluir la fuerza histórica de un pueblo que no es circunstancial ni accesorio, sino estructural en su propio territorio.

El problema, en el fondo, no es elegir entre “etnia” o “raza”, ni entre “lengua” o “dialecto”. El problema es permitir que esas palabras definan, desde afuera, la medida de lo que se es.

Y ningún pueblo digno debería aceptar eso sin cuestionarlo.

Por eso este no es un alegato contra la ciencia, ni una disputa terminológica. Es un llamado más profundo, a la afirmación consciente de la propia dignidad.

El wayuu debe empezar por nombrarse a sí mismo.

Nombrar su lengua como lengua, con la seguridad de quien sabe que no necesita validación externa. Defenderla no como un patrimonio folclórico, sino como un sistema completo de pensamiento.

Y asumirse como pueblo en toda la profundidad de esa palabra: no como una categoría administrativa, no como una minoría decorativa, sino como una comunidad histórica, viva, irreductible.

Respetarse empieza por ahí.

Por no repetir, sin examen, las palabras que otros han impuesto.

Por no habitar, sin resistencia, los conceptos que lo reducen.

Por no aceptar, con docilidad, los límites que el lenguaje ajeno pretende fijar.

Porque quien acepta el nombre que lo disminuye, termina aceptando el lugar que ese nombre le asigna.

Y el wayuu, por su historia, por su lengua, por su permanencia, no nació para ocupar un lugar menor.

Que se nombre, entonces; pero que lo haga con la firmeza de quien comprende que, en ese acto aparentemente simple, se juega algo esencial, la posibilidad misma de ser reconocido, no como otros lo describen, sino como verdaderamente es. 

*Abogada. Analista. Columnista

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