Jose Guillermo Claros Penna- Profesional en Ciencias Militares. Administrador de Empresas. Abogado.

Por: José Guillermo Claros Penna*

Populismo, esa tendencia política que se caracteriza por apelar directamente a las clases populares, presentándolas como un bloque homogéneo y la mayoría auténtica frente a una «élite corrupta», de significado controvertido, ya que no constituye una ideología única sino un estilo político transversal que puede aparecer en distintas corrientes, ya sean de izquierda o derecha, es claro que fabrica influencias desde el  mundo digital, convirtiéndose en un espejismo seductor y definitivamente peligroso, toda vez que muchas personas, erróneamente, creen estar frente a voces auténticas o líderes de opinión  que supuestamente representan tendencias reales, cuando en realidad lo que se está consumiendo es una puesta en escena cuidadosamente fabricada; lo que arroja como resultado que hoy la influencia ya no se mida por la credibilidad, sino por la capacidad de manipular algoritmos y comprar apariencias. Y en ese transcurso, la verdad se diluye entre números inflados, seguidores fantasmas y conversaciones que nunca existieron.  

Detrás de cada me gusta y cada vista se esconden cometidos más oscuro de lo que parece, puesto que no se trata solo de marketing digital o de estrategias de posicionamiento, sino de un sistema que estafa a millones de personas que confían en lo que ven en sus pantallas. Los medios y programas que deberían informar, terminan convertidos en armarios de ilusiones, donde la popularidad se le vende al mejor postor y la audiencia se convierte en víctima de un engaño colectivo; de ahí que lo que parezca espontáneo y masivo, en verdad no es más que un guion escrito para legitimar intereses que poco tienen que ver con la realidad.

Ese espejismo populista, el espejismo de la popularidad, no solo distorsiona la percepción pública, sino que además nutre estructuras de poder que se sostienen en la mentira, toda vez que la gente cree que sigue a líderes o personas con ética y mística , cuando en realidad se sigue a personajes creados por capitales sucios y por estrategias de manipulación digital. Y mientras la audiencia se entretiene con la ilusión de la influencia, los verdaderos beneficiados consolidan propósitos, lavan reputaciones y mueven dinero bajo la sombra de la pantalla, cabiendo preguntarse no si la gente está siendo engañada, sino hasta qué punto estamos dispuestos a seguir creyendo en un espectáculo que nunca ha sido real.

En la Internet que no vemos, los algoritmos son los que deciden y moldean nuestro pensamiento y nuestras necesidades, y en esa capa gobernada por algoritmos y sistemas de inteligencia artificial, no solo se organiza la información, sino que también se fabrican realidades paralelas. Lo que parece espontáneo, muchas veces es el resultado de un cálculo frío que responde a intereses económicos y políticos y no a la voluntad de la gente, puesto que los algoritmos funcionan como filtros invisibles que moldean la percepción colectiva y no muestran la realidad tal cual es, sino una versión diseñada para mantenernos enganchados, polarizados y entretenidos; proceso en el que  se construyen narrativas que parecen naturales, pero que en realidad son perversas, producto de una ingeniería digital. Política, entretenimiento y economía se entrelazan en un mismo escenario donde la verdad importa menos que la capacidad de generar clics y emociones. Así, lo que debería ser un espacio de información libre se convierte en un teatro de sombras donde cada movimiento y propósito está calculado.

En tal escenario, estas invisibles narrativas se convierten en armas, se fabrican consensos, se instalan rumores y se manipula la percepción pública con una precisión casi que exacta, siendo lo más inquietante que la mayoría de las personas no se da cuenta y creen estar tomando decisiones libres, cuando en realidad están reaccionando a un guion escrito por algoritmos y financiado por intereses ocultos que buscan desacreditar a quienes manejan la verdad y la información comprobable, ya que no existe mayor poder que el sexto poder o el poder comunicacional o de la información real; de ahí que esa Internet que no vemos no sea un espacio neutral, sino un tablero de poder donde la información se convierte en mercancía y la verdad en un lujo cada vez más escaso, manejado lo cual por sujetos que han consolidado cierta credibilidad, por lo que trabajar debemos para que más temprano que tarde queden desnudos ante una sociedad civil que sin duda alguna debe buscar que se haga justicia a todo trance. 

*Profesional en Ciencias Militares. Administrador de Empresas. Abogado. Master en Derecho Público. Candidato a Doctor en Derecho. Columnista.

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