Alfredo Leon Leyva -Ingeniero. Escritor. Columnista

CRÓNICA

Por: Alfredo León Leyva*

Los chimillas de la vertiente oriental de la sierra nevada de Santa Marta, desarrollaron una compleja red de caminos que se conoció como RUTA DE LA SAL, constituyéndose en la matriz de parte de la ruta creada por orden del gobernador García de Lerma, y que Gonzalo Jiménez de Quezada, recorriendo de a pie y de a caballo, abandonó tal ruta dada y en busca de las ricas tierras del Perú en su decir; y tomó entonces la ruta de los indígenas Chimila, conocida como los caminos de la sal. Transcurría el año de la gracia del Rey de 1536. Dos siglos después, transcurriendo los años entre 1763 y 1767, cuando don Andrés Pérez Ruíz Calderón es  gobernador de la Provincia de Santa Marta, ordenó que su nieto Pascual Díaz Granados Ruíz Calderón, abriera la ruta que partiría desde Ciénaga con destino final hasta Valencia del Dulce de Jesús (hoy Valencia de Jesús), población cercana a Valledupar; siendo que la familia del gobernador contaba con más de 6000 cabezas de ganado vacuno, 900 caballos, y  235 esclavos negros según datos hallados en 1801. El camino solo fue llevado o construido hasta la desaparecida población de San Carlos de Fundación, poblado desaparecido tiempo después situado en el pie de monte de la sierra cerca al rio Fundación, que empalmaba con los caminos de la ruta de la Sal de los Chimila. 

A finales del siglo XIX la ruta de la sal fue mejorada por el samario Tomás Abello, siendo presidente del Estado soberano del Magdalena entre octubre de 1869 y julio de 1871, ordena abrir nuevos caminos al Sur del Estado, mejorando la vía a Riohacha, y del sur de la Guajira; camino real que había sido utilizado por los cuerpos militares que comandó el general Joaquín Riascos García, en la guerra contra la rebelión del general marabino Felipe Farías en 1875, donde infortunado para el estado en la toma de San Juan del Cesar cayó muerto el coronel Riascos. Nacía entonces el propósito inmediato de unir al Estado con su dominios que por el sur oriente llegaban hasta Ocaña, y que en corto tiempo se establece entonces el Real Camino a Ocaña, el que quizá se constituyó en el primer viaducto que comunicaría en corto tiempo con el centro del país. Este camino real a Ocaña, conoció las tortuosas huellas dejadas por los coches de dos ruedas tirados por caballos de arriar, en que la clase dirigente de la época se transportaba camino a Santa fe de Bogotá. Alusiones hay en “la casa de la mamá grande” al respecto de los motivos de la concesión de la Zona Bananera dada al general Barco por el general Reyes, conocido el general como el pacificador de la zona bananera de Santa Marta, cuando y según los relatos: las corrientes de agua de los ríos y quebradas, se veían teñidas con el color de la sangre humana; tiempo en que se notó el vertiginoso descenso de los pobladores de Pueblo viejo y de las trojas de Cataca. El general Barco, el pacificador concesionado que conoció la región del alto del tigre, y todos los alrededores y vericuetillos de Teobromina, y todos los rincones de la zona bananera de Santa Marta, para dar paso a la seguridad del tránsito por aquella convulsionada vía del camino real a Ocaña; en garantía de la activación del comercio, agricultura, ganadería y caballares, entre la capital y el sur de estado soberano del Magdalena, después departamento cuando se establece en la política nacional nuevamente el centralismo.

En 1906 se inaugura la línea férrea de Santa Marta a Fundación, haciendo más rápida los contactos con los residentes y el comercio de la región del sur del departamento, despertando en los habitantes de esa región del sur, la construcción o apertura de un carreteable que les comunique con Fundación, en donde llega el ferrocarril; y así se propone la avenida Fundación, que se desarrolla desde Valledupar, pasa por Valencia de Jesús, y ahí mismo al punto llamado Las Mercedes, en las estribaciones de la Sierra Nevada, se sube al punto llamado Alto de Minas, en inmediaciones de Las Pavas. Y  luego se descendía hasta Caracolicito, en un trazado de camino por donde luego surgieron las poblaciones de El Copey, Bellavista, y Santa Rosa de Lima, para finalmente llegar a Fundación, en donde llegaba el tren. El compositor Rafael Escalona en la vivencia personal del “Testamento”, dejó gravada la ruta para llegar del Valle a Fundación en su viaje de estudiante al Liceo Celedón de Santa Marta. 

Ejercía entonces el cargo de Gobernador del magdalena, el Sanjuanero Don Nicolás Dávila, quien le otorgó al general Dangón del cheque girado por la tesorería departamental por valor de setecientos cincuenta mil pesos, ($750.000,00 – Valor del costo del automóvil) moneda corriente, como premio a que se hizo merecedor por su proeza en ser el primero en transitar por el camino real, en su automóvil Ford durante trece días que duró el tránsito desde San Juan del Cesar a Fundación. Entonces la gasolina, combustible para el vehículo se traía de Santa Marta, que los hermanos Habeyche suministraban traída de Curazao, y que a lomo de mula se llevaba hasta san Juan del Cesar. 

En la provincia se recuerda aún el suceso fortuito muy lamentado en su época, cuando una señora muy anciana falleció a consecuencia de un infarto cardiaco fulminante que le sobrevino por la impresión aterradora de ver en la noche oscura, las luces de los faros del automóvil del General Dangón que conducía el nato de Santa Marta: Leoncio Yoardo; y que ella impresionada a tal punto en la oscurana, confundió las luces de los dos faros delanteros del vehículo con los ojos aterradores del diablo, exclamando antes de morir: ¡Dios mío. Es el espíritu del mal!

Leoncio Yoardo después de conducir el Ford modelo 1925 del General Dangón, al frente del volante por trece días seguido llegando final a Fundación, fue premiado por la asamblea del magdalena con una beca para que estudiara aviación en Nueva York, como en efecto hizo. 

Yoardo de Nueva York parece viajo a Paris, pues algunos de sus amigos recibían periódicos saludos desde la capital francesa mediante postales, pero no se supo que volviera a recorrer el tortuoso paso del “alto de las minas”.

Don Nicolás Dávila contrató a cargo del departamento, a 230 hombres para que ampliaran y dieran mantenimiento al carreteable, mejorando y reduciendo el tramo de 13 días a 8 horas en épocas de verano; y entonces el contrabando de enseres y electrodomésticos, cigarrillos y licores, a más de la mariguana en saco como si fuese café, viajó por esta ruta enriqueciendo a muchas familias del Magdalena grande.

Los sueños de los carreteable en el Magdalena grande siguieron, y en 1933, el cienaguero Rafael Calixto Campo Avendaño, siendo Gobernador del Magdalena, amplió y mejoró la vía terrestre que comunicaba a Ciénaga con Fundación; y entre octubre de 1936 y septiembre de 1938, durante el gobierno de Pedro Castro Monsalvo, terminó la nueva carretera Santa Marta-Ciénaga, y el mejoramiento de la carretera Fundación – Valledupar.

Alfredo Mendoza Cuello, sobre el mejoramiento de esta vía manifiesta: – «El Ingeniero Civil de la Universidad de Pennsylvania: Carlos Hugues Lacouture Daza, fue contratado para ampliación, apertura, y construcción del carreteable (Camino Real) de Fundación a Valledupar, después es contratado para continuar el carreteable hasta la Jagua de Ibérico y continuarlo a Cuestecitas y finalmente hasta Riohacha.    

Por los contornos del alto de las minas, allá por las Mercedes antes de bajar a Caracolicito, todos sabían de los “Ay Cosita Linda”, artefactos de latón y de maderas que intrépidos desafían la gravedad en la altitud, que descendían raudos y fugaces con motores calentados, dejando polvaredas que pintaban de color café con leche las negras y azabaches cabelleras; tanto de féminas y de viriles cabezas de los indios: tupe, cocina, arahuaco y Chimila, a los que llamábamos “pebos”, cuando rebasaban a su ruidoso paso por aquellos escalerillas de caminos destapados. 

José Guillermo “Pepe” Castro Monsalvo, siendo senador impulsa la carretera que hoy existe y que conecta a Santa Marta con Valledupar cambiando el riesgoso paso del trayecto tortuoso antiguo, y ya en los finales de los años sesenta está en funcionamiento. No pudo Pepe Castro ver la obra que hoy se aprecia, y menos ver, ese sueño de comunicar a Valledupar con Maracaibo que se diseñó y que aún espera por la inversión nacional para que se vuelva realidad, como una continuación de la que une a Santa Marta con  Valledupar, hasta llevarla a Maracaibo, en Venezuela; y atravesar a la vista de donde se distingue la majestad del impoluto pico Cristóbal Colón de la Sierra Nevada de Santa Marta.

Fueron sueños de hombres temporales, para el disfrute de la prolongación de generaciones de hombres que vinieron y vendrán.

 *Ingeniero. Analista. Columnista

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