Por Miguel Enrique Bayter Bayter*
El país entero observa, entre sorprendido y hastiado, el espectáculo más desconcertante del actual Gobierno: la cruzada del presidente Gustavo Petro para frenar —o al menos retrasar hasta la inutilidad— el Tren de Cercanías del Valle. No hablamos de un error técnico, ni de refriegas presupuestales. Se trata de algo mucho más pequeño y, a la vez, más grave: el berrinche político convertido en política de Estado.
Porque, ¿qué otra explicación sensata existe? ¿Cómo entender que un presidente que presume progresismo castigue a una de las regiones que más votó por él? ¿Cómo comprender el desaire sistemático a un proyecto de movilidad sostenible que encaja perfectamente con todo lo que su Gobierno dice defender? La respuesta es tan vieja como la política misma: quien se siente traicionado, castiga; y quien quiere demostrar poder, castiga más fuerte.
El Valle del Cauca —territorio generoso, industrioso y decisivo en las urnas— se ha convertido en la piñata favorita del mandatario. Nada más conveniente: si el castigo es contra quienes alguna vez lo apoyaron, el mensaje hacia el resto del país es claro, casi pedagógico: “yo no tengo compromisos con nadie”.
Magnífica frase para un revolucionario de tertulia; desastrosa para un jefe de Estado. El centralismo bogotano ha sido históricamente mezquino con las regiones, pero lo que hoy vemos supera la tacañería tradicional. Esto ya no es mezquindad: es un acto de autoridad caprichosa. Un recordatorio de que la Casa de Nariño no distribuye recursos según criterios técnicos, sino según conveniencias y humores.
El episodio más grotesco ocurrió con la ministra de Transporte; la funcionaria —con un comportamiento recto, sereno, profesional— dio respaldo público al proyecto del tren. Una declaración institucional, correcta, lógica; instantes después, el aprendiz de presidente salió a contradecirla con una displicencia que solo puede describirse como un desplante público: una humillación abominable, un gesto innecesariamente autoritario.
Y no se trata de un simple tirón de orejas; fue un espectáculo de poder desnudo. El mensaje implícito: “Ni mis ministros hablan sin mi venia”. Si ese es el trato interno, ¿cómo esperar que una gobernación regional, un departamento entero o una bancada parlamentaria tenga éxito en obtener el financiamiento nacional?
Desgraciadamente, y esto nos está quedando claro en este absoluto desgobierno, hay líderes que gobiernan; y hay líderes que juegan a ser tiranos sin vergüenza; los segundos nunca construyen imperios, solo colecciones de subordinados aterrados.
El Tren de Cercanías no es un capricho del Valle. Es una solución moderna, sostenible y necesaria para conectar Cali con su entorno inmediato; reduce tiempos de viaje, disminuye emisiones, dinamiza la economía, mejora la competitividad regional. Es decir: todo lo que un Gobierno que se vende como ambientalista, descentralista y social debería apoyar sin reservas.
Pero no; el tren se ha convertido en la víctima perfecta de una pugna política pequeña, egoísta y profundamente antipática. Un símbolo del “no, porque no”, del “esperemos un poco más”, del “ya veremos”. Con ese estilo tan característico del presidente: primero la pelea, luego el país.
La pregunta incómoda: ¿qué le hizo el Valle al Presidente? Responderla, sin caer en psicoanálisis político, es difícil. Pero los hechos sugieren que al Gobierno le incomodan las regiones que piensan, que se organizan, que cuestionan, que reclaman lo suyo.
El Valle no se arrodilla, y eso —en un Gobierno que prefiere seguidores obedientes a aliados críticos— es casi una ofensa. ¿Y cuál es la mejor manera de recordarle a un territorio que debe mantenerse “en línea”? Negarle un proyecto vital. O retrasarlo hasta volverlo inviable. O llenar el proceso de tecnicismos y silencios. En todo caso, es un castigo por haber tenido voz propia. Resulta irónico —irónico de verdad, no de caricatura— que un presidente que habla de justicia histórica termine actuando como un déspota ilustrado que decide, desde la capital, quién merece movilidad digna y quién no. Un presidente que prometió ampliar la democracia territorial hoy la reduce a un plato de sopa que se reparte según su humor.
Y mientras tanto, en el Valle, miles de ciudadanos siguen esperando que la Nación deje de comportarse como padre bravo y empiece a comportarse como Estado moderno.
La historia enseña que las regiones fuertes no dependen eternamente del centro. El Valle tiene talento humano, músculo económico, liderazgo político y alianzas internacionales para avanzar. Si la Nación no quiere montarse al tren —literalmente—, el Valle encontrará la forma de hacerlo andar. Así ha sido siempre: cuando Bogotá regaña, el Valle trabaja.
El presidente puede castigar, retrasar, desautorizar, alargar la espera; pero no puede apagar la determinación de una región que conoce su valor y no aceptará la condena a la inmovilidad.
El tren puede esperar…. El Valle, jamás.
*Abogado. Analista. Escritor. Columnista

