MIGUEL-BAYTER-BAYTER. Abogado

Por: Miguel Enrique Bayter Bayter*

Defender la causa palestina es un deber moral. Nadie que conserve un ápice de humanidad puede permanecer indiferente frente a la tragedia de Gaza. Lo que resulta insoportable, y francamente grotesco, es que un jefe de Estado transforme ese dolor en libreto para su propio espectáculo político. Eso fue lo que hizo Gustavo Petro en Nueva York: un acto más de su interminable obra de teatro, donde él siempre figura como protagonista, mártir y héroe incomprendido.

Sí, Palestina merece solidaridad. Sí, la ocupación, la violencia y el despojo merecen denuncia internacional. Pero convertir esa causa en utilería para un posicionamiento electoral en Colombia es una afrenta doble: al pueblo palestino, que no necesita más discursos sino acciones diplomáticas concretas, y al pueblo colombiano, que tiene derecho a que su presidente hable con seriedad, no con grandilocuencia de plaza pública.

En las inmediaciones de la ONU, que no en el marco de la sesión, Petro se permitió arengas incendiarias, incluso llamando a la desobediencia de soldados estadounidenses. Ese detalle es crucial: a Petro no le retiraron la visa por levantar la voz en favor de Palestina, sino por atreverse a incitar la indisciplina militar en un país donde esa frontera no se cruza. Y lo sabe perfectamente: ahí estaba la chispa que necesitaba para prender su fogata narrativa.

Porque, digámoslo con franqueza, a Petro poco o nada le importa esa visa. Era eso lo que quería: convertir la sanción en trofeo, la reprensión en combustible. Ahora tiene gasolina para acelerar la campaña del 2026, alimentando la vieja fábula del perseguido por los poderosos, del presidente rebelde que incomoda al imperio. Palestina quedó al margen; lo central es la epopeya personal que él sabe explotar hasta la saciedad.

Que quede claro: condenar la violencia contra Palestina no está en discusión. Lo que está en discusión es el oportunismo de disfrazar de heroísmo internacional lo que no es más que cálculo interno. Cada proclama, cada palabra encendida, no fue dirigida a aliviar el sufrimiento en Gaza, sino a robustecer su papel doméstico de profeta incomprendido, de hombre solo contra el imperio. El dolor palestino convertido en combustible de campaña.

Lo que Palestina necesita es diplomacia seria, acción concertada, presión internacional bien articulada. Lo que Colombia necesita es un presidente que entienda que no se juega con el lenguaje cuando la palabra presidencial pesa sobre tratados, convenios y cooperación. Y lo que Petro necesita, aunque jamás lo admitirá, es teatro: siempre teatro, para que su audiencia local aplauda y olvide que los hospitales en casa se caen a pedazos, que la economía se resiente y que la promesa de cambio se diluye entre gestos vacíos.

Defender a Palestina es un deber de la humanidad. Usarla como telón de fondo de un monólogo electoral es, además de irresponsable, obsceno y asqueroso. Porque en este drama, mientras el protagonista ensaya gestos para la cámara, los verdaderos dolientes siguen sangrando en silencio.

Y aquí está la paradoja, o mejor dicho, la estrategia: cada vez que Petro es reprendido en el escenario internacional, no retrocede, se pavonea. Cada puerta que se le cierra, la convierte en tribuna. Cada sanción o roce diplomático no es una pérdida, es combustible para su personaje favorito: el del perseguido heroico. En su libreto, el mundo no lo aísla, lo consagra. Palestina es apenas el telón de fondo; el verdadero espectáculo es él. Porque rumbo al 2026, Petro no está construyendo soluciones: está fabricando aplausos. 

*Abogado. Analista. Escritor. Columnista

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