Por: Miguel Enrique Bayter Bayter*
En la espesura de la política nacional, plagada de hienas oportunistas y aves carroñeras que sobrevuelan sobre las ruinas del Estado, ha comenzado a escucharse un rugido distinto. No es el eco gastado de los discursos burocráticos, ni el zumbido metálico de la tecnocracia fría; es el rugido del Tigre: Abelardo de la Espriella, abogado de verbo encendido, empresario de múltiples frentes y ahora candidato que reclama para sí el derecho de irrumpir en la selva electoral con garras afiladas y piel intacta.
El Tigre no se ha dejado domesticar por los rituales de la vieja política. Mientras otros candidatos venden consignas descoloridas, él exhibe colmillos en cada intervención, multiplica la polémica como quien siembra fuego en un campo reseco y convierte la controversia en su hábitat natural. Esa ferocidad, lejos de ser un defecto, ha sido su estrategia publicitaria: hacerse visible no por el murmullo complaciente, sino por el zarpazo que deja huella.
Su campaña ha entendido que en la era del espectáculo no sobrevive el más correcto, sino el más recordado. Por eso sus mensajes no se pierden en la penumbra de la tibieza: se proclaman con fuerza, con teatralidad calculada, con un aire de desafío que incomoda tanto como seduce. Sus vallas, sus videos, sus discursos son el rugido que atraviesa las ramas y obliga a las manadas a detenerse, aunque sea para mirar con recelo al felino que avanza.
Pero el Tigre no camina solo. Lo acompaña un ecosistema simbólico cuidadosamente tejido: la narrativa de independencia financiera, el apoyo de figuras públicas que le otorgan brillo cultural, el sello de un abogado que ha sabido prosperar en su propio terreno y que se presenta, ante todo, como un cazador solitario que no le debe favores a nadie. Esa imagen, que combina el peligro y la majestad, la soledad y la soberanía, es su carta más fuerte.
Desde el punto de vista publicitario, el acierto de De la Espriella ha sido convertir su identidad en marca: El Tigre no es un apodo improvisado, es un emblema. Remite a poder, a elegancia salvaje, a la certeza de que en la jungla no hay lugar para los débiles. Y en un país cansado de políticos mansos, esa figura resulta atractiva para quienes buscan autoridad, orden, decisión.
Claro está, no todo es triunfo. El Tigre deberá demostrar que detrás del rugido hay estrategia, detrás de la garra hay propuestas, detrás de la piel rayada hay un proyecto de nación capaz de inspirar confianza. La selva electoral no perdona a quienes confunden ruido con gobierno, ni a quienes creen que con rugir basta. Para llegar al corazón del pueblo habrá que convencer, no solo impresionar.
De momento, el Tigre se pasea con soltura entre la maleza mediática, reclamando miradas, acaparando titulares, marcando territorio. Y lo hace con la seguridad del animal que sabe que su rugido ha empezado a retumbar en cada rincón del país.
La pregunta que queda abierta es si esa ferocidad podrá domesticar la incertidumbre de los votantes y transformarse en confianza.
Porque si algo enseña la naturaleza es que el Tigre, cuando el terreno le es propicio, no se conforma con rugir: se lanza. Y en política, como en la selva, a veces basta un solo salto bien calculado para convertirse en dueño de la pradera.
*Abogado. Analista. Escritor. Columnista

