Por: Miguel Enrique Bayter Bayter*
Por un Departamento que no se devore a sí mismo.
Hay lugares, no pocos y trágicamente ilustres, donde la historia no transcurre: se repite. Donde el pasado no se supera, se recicla. Donde los hombres, en vez de empujar juntos el porvenir, se atrincheran en banderías raídas, se lapidan con viejas ofensas, y se condenan a sí mismos a la maldición de no avanzar.
El Magdalena ha sido uno de esos lugares; no por falta de destino, sino por exceso de egolatría; no por ausencia de recursos, sino por el despilfarro moral de su dirigencia y la abulia resignada de su pueblo.
Este departamento lo tiene todo para ser un ejemplo; pero ha preferido, por décadas, ser un espejo quebrado de sus propias miserias. Aquí, donde el río baña con paciencia infinita las orillas de su costado austral y el majestuoso Mar Caribe humedece amorosamente el litoral septentrional, los hombres insisten en brozar la tierra con querellas pequeñas, con politiquería de tendero y con una tóxica obsesión por destruir a quien piensa distinto.
¿Hasta cuándo? No se necesita una revolución, ni un milagro, ni siquiera un caudillo. Se necesita algo más difícil: grandeza moral. Se necesita que cada ciudadano entienda que el enemigo no es el rival político, ni el que vota distinto, ni el que se atreve a disentir; el enemigo es el odio; es la desconfianza que se siembra con gusto; es la mezquindad convertida en estrategia; es la costumbre de ver al otro como obstáculo y no como compatriota.
Construir juntos el futuro del Magdalena no es una consigna vacía, es una urgencia ética. Y hacerlo sin rencores, sin vetos, sin la costumbre de escupir el plato que no se pudo ganar, es la única manera de que esta tierra recupere su dignidad y su proyección.
Entendamos de una buena vez y sin dudas de cualquier laya que, si la política sigue reducida a la revancha y la injuria, solo heredaremos ruina.
Si no cambiamos la forma de habitar lo público, si no aprendemos a perder sin odiar y a ganar sin humillar, este suelo insigne, bravío y laborioso, seguirá siendo campo de ruinas y no de sueños.
Y es aquí donde las elecciones, esas justas que tanto nos exaltan y tan poco nos transforman, deben verse con otros ojos. No son una guerra. No son la revancha de los vencidos ni la consagración de los vengadores. Son un trámite civilizado, no un cataclismo moral. El que gana, gana para todos. Y el que pierde, queda llamado no a destruir, sino a sostener la casa común.
Apoyar al gobernante electo, sea quien sea, no es servilismo: es civilización. Exigirle, vigilarlo, marcarle el rumbo, sí; sabotearlo, no. Porque de nada sirve que alguien suba al poder si lo espera el vacío, la injuria sistemática y el fuego cruzado de los que no supieron perder. La madurez de una comunidad no se mide en los votos del domingo, sino en la decencia del lunes.
Solo cuando el Magdalena entienda que la política es pacto y no vendetta; que la discrepancia es riqueza y no amenaza; que el disenso es necesario y no traición. ese día, podrá decirse que se está forjando un futuro. No con discursos ni con arengas, sino con civismo. Con conciencia. Con coraje.
Y entonces sí, por fin, todos, vencedores y vencidos, electores y abstencionistas, podremos decir que hemos vencido. No al otro. A nosotros mismos. A nuestro peor reflejo.
*Abogado. Escritor. Analista. Columnista
![]()

