Por: Miguel Enrique Bayter Bayter*
En estos tiempos donde la política se ha vuelto un espectáculo circense de mediocres con aires de iluminados y donde la palabra “presidente” se ha vuelto sinónimo de aprendiz, de youtuber con banda presidencial, de predicador de consignas sin país, se vuelve no sólo urgente sino ontológicamente imperativo alzar la voz para decirlo con todas sus letras: Colombia necesita a Germán Vargas Lleras; no como alternativa, sino como destino!!!.
Lo digo sin vacilaciones y con la temeridad que da el amor a la patria cuando esta se desangra en manos de bufones de izquierda y chantajistas disfrazados de libertadores: es él o el hundimiento definitivo de la nave republicana. Porque si el país sigue siendo dirigido por los vendedores de humo que gobiernan con la retórica de la rabia, pronto no quedará nación, ni instituciones, ni siquiera historia que defender. Solo una estafa generacional.
Germán Vargas no es un político de origami, como esos que se desbaratan con el primer aguacero mediático; es un constructor, un arquitecto de lo público, un señor del Estado en toda la acepción de la palabra, con una memoria prodigiosa y un carácter que no tiembla. No improvisa, no declama, no tartamudea. Ordena, resuelve y ejecuta, tres verbos que harto difícil, casi imposible, les resulta conjugar a la mayoría de bufones y farsantes “progresistas” que se postulan sin conocimientos de índole alguna para sentarse en el podio presidencial.
Y sí, cierto e indiscutible es: no seduce multitudes con carisma tropical, ni se toma selfies con pancartas de minorías; pero Colombia no necesita un oportunista que reparta besos y abrazos por doquier, requiere con suma urgencia de un estadista a carta cabal. Vargas Lleras no habla con la cursilería de los supuestos “transformadores sociales” que han confundido el ejercicio del poder con el activismo parroquial. Vargas, para suerte nuestra, no es cool, es competente, y vaya que lo es!!. En este páramo de la ineptitud institucionalizada, eso lo convierte en una especie en vía de extinción que debemos proteger a toda costa.
Tiene detractores, claro que sí, y muchos. Lo detestan los ineptos, lo temen los oportunistas y lo aborrecen los que nunca han leído una licitación pública, pero pontifican sobre contratación estatal desde sus trincheras ideológicas. Quienes lo conocen, quienes han visto su mano firme en el senado, en los ministerios y en la vicepresidencia, saben que detrás de su rostro adusto hay un conocedor absoluto del Estado, un ejecutor incansable, un patriota sin oropeles.
Mientras otros juegan a refundar el país con discursos de barricada, Germán Vargas Lleras ya lo ha construido con metros de concreto, kilómetros de vía, soluciones de vivienda y reformas con nombre y apellido. Su legado no está en tweets, está en obras. No en arengas, sino en resultados. No en titulares, sino en presupuestos ejecutados con rigor quirúrgico.
Este país no necesita otra ronda de promesas líricas ni un nuevo Mesías de facultad. Necesita un presidente, en el sentido más grave y solemne de la palabra. Un gobernante que no le tema al poder, porque lo conoce, lo ha ejercido y no necesita aprender en el cargo. Germán Vargas no viene a improvisar, no llega a jugar, viene a salvarnos. Y sí, así de dramático es el asunto.
Porque cuando todo se está incendiando, uno no busca al bombero más simpático, ni al más poético, ni al más inclusivo. Uno llama al que sabe manejar la manguera y que no teme acercarse decididamente a la conflagración para detenerla. Y en Colombia, el único que la ha manejado sin que le explote en la cara, ha sido él.
Así que, sin dudas de alguna laya: o nos gobierna Vargas Lleras, o nos gobierna la tragedia. Esta vez, el país no sobrevivirá otra mala elección.
*Abogado, Escritor. Analista. Columnista
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