Por: Rubén Darío Ceballos Mendoza*
Nuestros gobernantes, además del liderazgo que les debe ser propio, tienen como prioridad el bienestar de los asociados, especialmente los menos favorecidos por la fortuna; más cuando hoy, y así se afirma por teóricos, cientistas e investigadores sociales, nuestras ciudades son redes de política, en la verdad que el agua que se bebe, el aire que se respira, la seguridad en los ámbitos públicos, la dignidad de nuestros pobres, la salud de los ancianos, la educación de los jóvenes y la esperanza de los grupos minoritarios, están ligados a decisiones políticas. De la misma manera afirman muchos de ellos, que la pasión no convierte a nadie en político, sino que debe estar al servicio de una causa y por ende no hace de su responsabilidad hacia esa causa el norte que oriente sus acciones. De ahí, repito, es claro que deben tener los mandatarios además de liderazgo, la prioridad en comento, como es el bienestar de los pobres, lo que impone ir tras el bienestar económico de todos, hacer realidad la integración económica sobre la base de la prosperidad compartida y el respeto mutuo a las soberanías de nuestra gente.
Es mirar más lo político, pero en superior esencia, para transformar la vida pública, el humanismo, el cual todos los días y momentos debe construirse, ampliarse, reconocer derechos, encauzar en mejor forma independencia y justicia, separar el poder económico del poder político, trabajar por no despreciar más a la gente, sino edificar con democracia e igualdad una nueva era que tenga como base, como soporte la enseña de la prosperidad compartida en beneficio colectivo, lo que debe ser una máxima permanente.
Sí o sí atinente es lograr una prosperidad compartida atendiendo las causas estructurales que entrañan entre otros aspectos desigualdad, desempleo y violencia. Trabajar con ahínco por perseguir una cultura verdaderamente humanista, rechazar todo asomo de discriminación, segregación, racismo, clasismo, violación a los derechos humanos, lo mismo que la criminalización de personas que por alguna causa han tenido la necesidad de migrar hacia otros países; ideas políticas que deben siempre coincidir con el decir certero, una y más veces expuesto, que la entrega a una causa y sólo a ella eleva a quien así obra hasta la altura y dignidad de la causa misma.
Corresponde a los mandatarios, la obligación de aprender que ante las adversidades debe erguirse enhiesta siempre la esperanza, misma que debe convocar a la unidad y a la suma de fortalezas y voluntades; en la afirmación incontestable qué, el desprecio por el pueblo no tiene porqué caber en lo administrativo público; y, que todos los esfuerzos y voluntad política importa encaminarlos hacia una prosperidad compartida en beneficio de todos, pero insisto, con prioridad en el bienestar económicos de los mayormente necesitados.
*rubenceballos56@gmail.com Columnista. Jurista.
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