MÉDICO HERNANDO RAFAEL PACIFIC GNECCO

Por: Hernando Pacific Gnecco*

La semana pasada, en la sección editorial del Espectador; una lectora se preguntaba si es posible lograr la inclusión en nuestra sociedad. Iniciaba con el recuerdo de un dramático comercial en el cual el sonido desaparecía; dicho anuncio, que buscaba ponerse en los zapatos de las personas con discapacidad auditiva, logra el cometido de conmover al televidente.

La cotidianidad es la suma de muchas actividades que cualquier ser humano con todas sus capacidades puede desarrollar de manera autónoma: asearse, vestirse, comunicarse, caminar, trabajar, etc. ¿Qué sucede cuando alguien carece de alguno de sus sentidos básicos? Por lo regular, necesita la intervención de terceros. Tareas simples como, por ejemplo, cruzar una calle transitada sin semáforos se convierte en riesgo enorme para la vida un ciego. Personas con enfermedades neurológicas afectadas en su motricidad no pueden acceder a los sistemas de transporte público debido a su discapacidad; obviamente, quienes están aquejados por discapacidades múltiples tienen mayores riesgos. Las posibilidades laborales para estas personas son casi imposibles en un país en el cual obtener un trabajo muy difícil.

Existen normativas para la inclusión de estos ciudadanos, claro está. Pero el espíritu egoísta y excluyente de nuestra sociedad choca frontalmente con la realidad de los discapacitados; es casi imposible que obtengan los mínimos vitales. Clama la lectora Clara Sánchez por una política gubernamental (de estado, diría yo) con la participación del sector privado propendiendo por la inclusión de personas adultas con discapacidades múltiples, quienes hoy deben sostenerse en condiciones altamente complicadas; adicionalmente, estas personas requieren atenciones costosas; sus gastos básicos son superiores al promedio. Es muy complejo para una familia normal con ingresos medios, mantener en condiciones adecuadas a un discapacitado múltiple. La inclusión de estas personas es, más que una obligación estatal, un deber humano y social.

La exclusión en Colombia atropella con fiereza a determinados grupos sociales vulnerables; la carencia de oportunidades suele deberse a problemas como la pobreza estructural multidimensional, la imposibilidad de ejercer sus derechos fundamentales como la vida misma, la educación, la salud, la vivienda, la igualdad o la dignidad humana. La violencia, el desplazamiento forzado, la delincuencia organizada y un sinfín de factores impiden cualquier solución. En muchos casos son revictimizados, y sus salidas apuntan a la delincuencia o a trabajos básicos indecorosos. Si a estas situaciones se les suma una persona discapacitada, el panorama es catastrófico.

Desgraciadamente, un amplio sector social mira con desprecio a la población vulnerable, que no es poca; reivindicar sus derechos invita al ataque y la estigmatización de quienes lo proponen. No logro entender la dicotomía entre el deber moral y el egoísmo social; la protección judicial no aparece por ningún lado. La exclusión social implica marginalidad y vulneración de la dignidad humana; se les imposibilita a esos ciudadanos participar de las actividades sociales. Las diferencias económicas, sociales, culturales, religiosas, “raciales”, género, orientación sexual o la presencia de enfermedades son factores críticos. Las exclusiones, además de económicas y sociales, son políticas por falta de representatividad en los entes estatales. El sentido de humanidad debería motivarnos a reducir esas brechas que hoy serían inexplicables en sociedades verdaderamente democráticas. Varios países europeos, en cumplimiento de las directrices comunitarias para combatir la exclusión, disponen de una renta mínima vital que les permita sobrevivir a sus ciudadanos en situación de vulnerabilidad. Pero estos lineamientos no tienen eco en muchos países asiáticos, iberoamericanos o en los mismísimos Estados Unidos: “defiéndete como puedas”, parece ser la mezquina consideración.

¿Qué hacer entonces? Hay que buscar la inclusión social para reintegrar a los individuos o colectivos segregados, mediante iniciativas de impulso económico, capacitación, educación y cultura. Nada sencillo cuando nos enfrentamos a tradiciones conservaduristas arraigadas, poderes económicos utilitaristas o políticos insensibles que, en nuestro país, frenan cualquier iniciativa incluyente. Es apenas un asunto de elemental humanidad. Para cualquier sociedad desarrollada, es más valioso recuperar a sus ciudadanos excluidos que dejarlos sumidos en condiciones deplorables. El mismísimo Jesucristo pregonó el amor y la solidaridad hacia los más necesitados. 

*Médico Cirujano. Especializado en Anestesiología y Reanimación. Docente Universitario. Conferencista. Columnista

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