Por: Edgardo Bassi Burgos*
La casa campesina en sus distintas versiones encanta, son edificaciones ejecutadas por seres comunes y corrientes, que poseen los conocimientos y la destreza del niño que amontona cartones o tierra formando volúmenes, y que en la edad adulta fundan estas construcciones de raíz. Se ubican en lugares agradables, de una cosmogonía esencial, ocupando podios de buen paisaje, donde el aire es fresco y la fuente de inspiración es la naturaleza.
Por su antigüedad y uso del bahareque, la tierra y la teja de barro se les ha dado el tratamiento romántico de arquitectura colonial en el cual ciertamente tuvo su origen y se opina de ella como algo vernáculo, lo cual dejó de ser real pues, su obra pasó de la tierra, el bahareque y el adobe, al ladrillo, el bloque, el cemento y la teja de lámina, pero, guardando los mismos espacios o la interpretación de estos y conservando la dinámica y la apariencia de lo campesino y la continuidad del pasado y el presente; es hecha por la gente para la misma gente y cuando se altera por organismos estatales pretendiendo dignificar al campesino con mejoras a la vivienda rural consiguen solo destruir la tradición pues, tal como están son prototipos de cultura y producción agrícola. La inclusión de albercas o baterías sanitarias se debe cumplir con buen tino y de forma exterior a sabiendas de que no siempre hay agua en estos lugares y que el uso de estos espacios es variado, desechar vidrios y elementos irremplazables y sobre todo no hacer reforzamientos estructurales innecesarios, en especial a las de bahareque cuyo método constructivo se destaca por ser propiamente antisísmico.
Son casas para un corredor sombrío, con senderos de piedra y setos de crotillos, con gajos de frutas, hortalizas y cereales, de animales y pastos, café, yuca y aguacate. Con historias domésticas de campo y el inicio por sendas en las que se narran cuentos de plantas, árboles, flores, mariposas y pájaros abrevando en nacederos y reposando en madrigales. Quienes las habitan caminan por atajos, saludan a vecinos, se sientan debajo de un enorme árbol o trasiegan de patio en patio y entre frutos contemplan la montaña y los espacios de sabana; madrugan a tomarse una taza de café tinto y observar las gallinas y otros animales, se esconden entre surcos, arbustos y cafetales y escuchan la bulla de los loros y la lluvia que suena al estrellarse sobre el techo de cinc y los arrulla por las noches en las que el sueño se etiqueta de aromas felices. Son agradables, bellas y buenas.
*Arquitecto. Restaurador. Conferenciante. Docente Universitario. Columnista. Escritor. Premio Nacional de Arquitectura

