Por: Luis Carlos Peña*
Un político ideal entenderá que la fortaleza de un Estado democrático no puede depender en su totalidad del temperamento de quien lo gobierna. Al asumir la presidencia un nuevo gobernante surge una esperanza que permanecerá viva en el corazón de un pueblo, donde florecerán expectativas filosóficas, políticas, emocionales.
Paralelamente existe el Estatuto de la Oposición, establecido en la Constitución (Art.112) regulado por Ley 1909 de 2018 que garantiza a los partidos y movimientos políticos el ejercicio crítico, planteamiento y desarrollo de alternativas políticas.
Sin embargo, la oposición en Colombia integró un “#GabinetePorLaVida”, donde plantea ideas inconstitucionales, burlonas, agresivas, en ocasiones insultan a los ministros, como lo hizo una Representante a la Cámara, que en tono incendiario impidió al ministro de Hacienda dar sugerencias, argumentando que en el Congreso ellos son los únicos que pueden dar órdenes, estilo capataz-esclavo
Azorín en su obra “El Político” entrega una serie de consejos, recomendaciones a fin de que el presidente pueda convertirse en un político ideal. Entre las recomendaciones podemos destacar:
Fortaleza: se requiere una naturaleza muy firme, muy segura, para no sucumbir en aquellos momentos críticos de amargura, en que los planes y esperanzas se frustren.
No tener impaciencia: cuando tenga que responder a un agravio, a un vejamen, ser cauto, dejando pasar un buen lapso de tiempo, jamás precipitarse, no dejarse arrastrar por impulsos emocionales.
El león y la vulpeja: el león representa la fortaleza, la vulpeja simboliza la astucia. El león es fuerte, grande, magnífico; la vulpeja es hábil, ligera, discreta.
Innovador dentro del orden: No quiera renovarlo y revolucionarlo todo. Lograda la posesión del Poder, verá que una cosa son las fantasías de los teorizantes y otras las manipulaciones de la realidad.
Saber escuchar: Cuesta mucho hablar bien, pero cuesta tanto el escuchar con discreción. Entre los que conversan, unos no conversan, es decir, hablan de todo, otros interrumpen con frases cuando sólo articulas una sílaba, os atropellan, no os dejan acabar el concepto. Un buen diálogo es aquel que se platica sosegadamente, con mesura.
Valores nacientes: Sepa distinguir el político los valores nacientes, positivos, en el revuelo y confuso germinar de las gentes nuevas. Sea generoso con los jóvenes que mañana, dentro de poco, han de constituir una fuerza.
Del discurso y su preparación: No confiar en la memoria, hacer un ensamblamiento anticipado de frases y periodos, es exponerse a fracasar. Huya de tal riesgo, el político, prefiera la “ingenuidad efusiva” que resulta de la espontaneidad de las ideas, al “atildamiento melindroso”, que es producto de la ordenación previa. La mejor preparación del discurso es conocer la materia de la que se va a tratar.
Un político ideal entenderá que la fortaleza de un Estado democrático no puede depender en su totalidad del temperamento de quien lo gobierna, tiene que sobrevivirle.
En síntesis, siendo la cultura base de un tejido que une a las personas dentro de la sociedad, todo dignatario tendrá dificultades ligadas a un compromiso en torno a un sueño colectivo hacia el futuro.
Un gobernante debe estar armado, pero de valor, de prudencia, a veces de paciencia, pero sobre todo subordinado a la Constitución y las leyes.
*Analista. Escritor. Columnista

