Periódico El Derecho

Los opinadores son hoy por hoy algo más que una tendencia, siendo inicialmente los tertulianos quienes ocuparon y ocupan horas de radio y televisión. La constante y creciente situación de crispación política que estamos viviendo ha provocado que lo que en principio se circunscribía a los medios de difusión, haya virado a otros foros públicos y privados, generando la figura del opinador, que asoman por todos partes. Es un fenómeno ni bueno ni malo que depende del discurso, de los argumentos y de la coherencia con la que se opinen coherencia que cada vez es menos.

Principio del libre pensar es huir de lo dogmático, de la desigualdad de condiciones, de quienes se benefician en realidad de un modo abrumador de una situación desproporcionadamente favorable para sí con respecto a las del común de los mortales. Es por ello que mi postura es que los opinadores, así como hablen de lo uno hablen de lo otro, sin sesgos y sin demonizar al otro o lo otro. La conclusión es que nos enfrentamos y toca calarnos cada día a una ráfaga de discursos absolutamente incoherentes que dependen única, exclusivamente y en cada momento de lo que le interese a su emisor, lo que no es para nada objetivo y sí parcializado en alto grado.

Hasta no hace mucho pensaba que era ello un mal que se circunscribía a la actividad política, pero hoy por hoy confirmo con certeza que no es así, que atañe a casi todo, por no decir que todo lo que nos rodea, desde el embolador de la esquina hasta el presidente de una gran organización, desde el tertuliano de un debate televisivo hasta el conductor de una motoneta. La información que recibimos, tal vez nunca sea objetiva, pero puede y debe serla. Procesamos la información que recibimos. La tamizamos con nuestro criterio, nos formamos una opinión sobre este o aquel tema concreto. De nuestro criterio previo dependerá la opinión que nos formemos. Es por ello que, aun disponiendo de información idéntica sobre un mismo tema, dos personas pueden sostener opiniones opuestas. Desde esta perspectiva y atendiendo a los polémicos tiempos que estamos viviendo, hay dos cuestiones que deben ser tenidas en cuenta: si en una sección de opinión deberíamos encontrarnos con un opinador de la información que aporta o con un informador de sus opiniones. En el primer caso, la opinión que se exprese requiere de una exposición de hechos, de un aporte de información a partir de la cual se emiten una serie de juicios y de argumentos que conforman nuestra opinión sobre la materia opinada. En el segundo, la opinión se antepone a los hechos en la medida que estos se dan o por consabidos u obviados y se presentan, de hacerlo, bajo la forma de opinión y subordinados a ella.

En el primer caso nos encontramos ante lo que debería ser una sección de opinión con una información opinada. En el segundo, tenemos una opinión presuntamente informada y lo que se nos transfiere no es primordialmente dicha información, sino una opinión, documentada o no. Y la credibilidad que le otorguemos dependerá entonces de otros factores como la autoridad o la credibilidad que nos merece el opinador, la afinidad o simpatía que sintamos hacia él, Desafortunadamente el modelo que hoy en la sociedad del conocimiento domina es el segundo. Digo desafortunadamente, no porque este formato tenga que ser necesariamente negativo, sino porque el uso ramplón, capcioso y con finalidades inconfesables que actualmente se acostumbra a hacer de él en tantas de las llamadas tribunas de opinión, tiene como consecuencia la pura y simple transmisión de opinión, con los supuestos hechos que la sostienen ya previamente digeridos y conformados por un criterio, el del opinador, a partir del cual surge la opinión.

La opinión menú tiene un doble peligro. Puede ser tendenciosa por parte del emisor o resultarle más cómoda al receptor. Como consecuencia de esto, y de ello es una prueba el espectáculo mediático de sicofantes metidos a opinadores, tertulianos y otras charadas por el estilo, el gran público recibe la opiniones ya previamente enlatadas y elaboradas de acuerdo con un criterio, sin que la información en sí sea poco más una simple citación pro domo sua del opinador. El resultado, la (de)formación de opinión entre el gran público, que la recibe y asume acríticamente, atendiendo sólo a factores como la afinidad, ideológica, de talante o cualquier otra, con aquel opinador cuyas opiniones se asume acríticamente como propias. El lado oscuro de la formación de opinión. Una cosa es informar manifestando las propias opiniones para que el lector, de acuerdo con su propia capacidad de discernimiento, se forme la suya, y otra muy distinta es opinar, sin más, bajo la presunción de estar bien informado.

Vivimos en un tiempo que las nuevas tecnologías han facilitado como nunca antes el acceso a la información. Ahora bien ¿significa ello que hoy en día estamos más informados que antes? Y más aún ¿sabemos metabolizar las ingentes cantidades de información de acuerdo con un criterio previo que nos permita procesarla adecuadamente y formarnos una opinión solvente? La opinión menú tiene un doble peligro: puede ser tendenciosa por parte del emisor; o, Que debe hacerse puede resultarle más cómoda al receptor, lo que impone tratar de evitar en lo posible ambas situaciones.

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