Por: Francisco Javier Vásquez Atencio*

E.Mail.: francisco.vasquez.atencio75@gmail.com

Prosperidad es el éxito de lo que se emprende, la buena marcha en lo que sucede, el curso favorable de las cosas. Se asocia a la riqueza económica y a la abundancia de bienes. Es subjetiva; por eso puede definirse como el bienestar material que permite liberar a la persona de las angustias económicas. Muchas personas tienen riqueza, pero no prosperidad, ya que no se sienten afortunadas ni creen en el curso favorable de las cosas. Sus preocupaciones económicas no se agotan, dedican su tiempo a pensar en inversiones, ahorros y demás asuntos a estos tenores. Prosperidad es tener aquello que una persona quiere y necesita para su vida, ya sea en el plano material, espiritual o ambos. No es exclusiva de las personas que tienen a su nombre grandes sumas de dinero y abundantes bienes materiales, sino que responde a cuestiones muy propias de cada quien, que tienen relación con sus expectativas y ambiciones. 

Es claro que la prosperidad no se delega, se construye a través de una sociedad que cumpla sus deberes fundamentales, tales como aprender, crear, producir, colaborar poniendo en el centro al ser humano con su dignidad, integridad y libertad, para estimular un progreso que se mide a través de la capacidad de construir consensos desde de la verdad y la transparencia; sin caer en los vicios del engaño y la manipulación ciudadana. De una ciudadanía autónoma que evolucione del derecho a la protesta hacia el deber de la propuesta, maximizando la capacidad de diálogo, igualitaria y tolerante en una democracia de calidad y socialmente centrada.

Ejercer el deber de proponer soluciones a las necesidades sociales que nos apremian requiere un compromiso intersectorial, donde el liderazgo del sector privado proponga con mayor precisión y efectividad planes de acción en torno a factores de crecimiento como productividad e innovación, inclusión social y diversidad, cambio climático y sostenibilidad y capacidad institucional y Estado de derecho, frentes que nos abren oportunidades concretas de financiamiento privado y multilateral, tanto regional como global, y que son condiciones exigibles para movilizar recursos y estimular la inversión.

Desde una óptica pública, queda la clara lección de enfocar esfuerzos en crear instituciones con capacidad técnica y alta especialización para la prestación efectiva de servicios públicos críticos para el desarrollo social, como son salud y educación; así como para la creación de un marco regulatorio eficiente, que estimule el desarrollo del sector privado en torno a la transformación digital del comercio y la integración hacia mercados de mayor escala. Proteger, respetar y garantizar el equilibrio entre cumplir deberes y exigir derechos implica un intercambio justo de beneficios para crear bienestar.

Armonizar el crecimiento económico con los estándares de los derechos fundamentales crea las bases de un modelo de desarrollo a largo plazo; que determina la sostenibilidad de una economía equitativa, inclusiva y sustentable; que exige integrar una cultura de mejoramiento permanente y continuo de nuestro desempeño como ciudadanos, para lograr que cada esfuerzo e inversión tenga un impacto social en nuestro crecimiento. Una sociedad activa y responsable no delega sus deberes, construye su progreso y vive sus derechos. Así de simple, lo que impone la necesidad siempre de armonizar y articular los esfuerzos de todos en dirección al logro de los mejores propósitos que lleven a una integral prosperidad. *Administrador de Empresa. Especializado en RR.HH. Especializado y Magister en Gerencia Social

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