Por: Iván Meneses. Periodista.
Hoy, Día de las Madres, rendimos un sentido homenaje a esas mujeres valiosas, guerreras y berracas de nuestro departamento del Cesar. Cada una de ellas es un pilar fundamental en sus comunidades, demostrando una fuerza inquebrantable.

Pero hoy, el aplauso más fuerte es, sin duda, para ellas: las madres zapatoceras. Esas que habitan el corregimiento de Zapatosa, Cesar, y que cada día se levantan antes que el sol, con una energía que desafía las primeras luces del alba.

Son las manos curtidas que labran la tierra, el motor que ordeña al amanecer para asegurar la leche, las que empuñan el manduco para lavar frente a una batea con la misma dedicación con la que amasan la masa de cada día, y las que muelen el maíz para que la arepa y los bollos nunca falten en la mesa de sus hijos. Su trabajo es un acto de amor incesante.


Hablamos de las madres solteras y las madres viudas que, sin titubear, tomaron las riendas y la batuta del hogar, echándose la familia al hombro sin una queja, transformando los desafíos en oportunidades con una valentía admirable.
Hablamos también de esas madres que son la perfecta sincronía, el equipo ideal: mientras el esposo ejerce una labor, ellas están haciendo otras, complementarias y esenciales. Si él pesca, ella vende el fruto de la Ciénaga; si él siembra, ella cosecha y cocina. Se reparten el trabajo, sí, pero multiplican el amor en cada acción.

Son madres que, con berraquera y sin miedo al sol inclemente o a la lluvia torrencial, le ponen la espalda a la vida para llevar el sustento a sus hogares. No hay tormenta que las detenga ni verano que las queme. La necesidad y el amor por sus hijos son más grandes que cualquier cansancio o adversidad.
Y hay algo más, algo profundamente significativo: son guardianas de la tradición. Desde niñas aprendieron la labor de conservar y preservar la inmensa riqueza cultural de nuestros ancestros. Amasan como sus abuelas, cantan los mismos arrullos que nanearon sus antepasados, tejen historias con hilos de sabiduría, cuentan relatos de Ciénaga y del pueblo y, lo más importante, le enseñan a sus hijos a amar esta tierra, sus costumbres y su gente.

Madres zapatoceras: hoy nos ponemos de pie y nos quitamos el sombrero por ustedes, por su legado y por su espíritu indomable.
Gracias por enseñar que ser madre en esta tierra es de valientes, es ser cultura viva, es ser la esencia misma de la vida.
¡Feliz Día de las Madres, mujeres de acero!

