Por: Francisco Vásquez Atencio

El hambre es el flagelo que debería desaparecer en todos los pueblos del mundo. No hay derecho que una de cada ocho persona la padezcan y sufran las enfermedades relacionadas con la mala o escasa alimentación, contándose entre de lo cual, todas ellas conectadas y retroalimentadas, como son, entre otros: pobreza, exclusión, cambio climático, corrupción política y administrativa, conflictos, desplazamientos, olvido de la agricultura, desperdicio de alimentos, especulación con los alimentos, lo que amerita soluciones para frenar el hambre en el mundo, aspecto en el que como personas tenemos un papel de importancia que obliga a que cambiemos varias de nuestras prácticas, para ir andando hacia un futuro sin personas con hambre. 

De ahí que, frente a la pobreza y la exclusión, debamos informarnos y adquirir plena conciencia del problema ante el olvido de la agricultura local y la especulación de los alimentos, actuar como consumidores responsables, apoyando los productos locales y el comercio justo que los beneficia. Respecto de los conflictos y desplazamientos, exigir que nuestros gobiernos neutralicen los unos y los otros. En cuanto al desperdicio de los alimentos, tratar de comprar solo lo que se va a consumir, así como otros intentar hacer otras cosas, grande o pequeñas, pero que beneficien en tan enorme problema.

Y si bien lograr erradicar el hambre es un mucho complejo y difícil, dada la cantidad inmensa de quienes la padecen, lo que pasaba antes de la aparición de la pandemia en cerca de 1000 millones de personas con hambre crónica, de los cuales casi 200 millones son menores de cinco años con malnutrición crónica. Igual hay en el mundo alrededor de 2000 millones de individuos con hambre encubierta generada por la carencia de micronutrientes.

Tenemos que caminar todos, si este problema queremos combatirlo real y verdaderamente, en lo que cabe la responsabilidad pública y social por parte de los gobiernos para lograr avances significativos, desde luego que con nuestro aporte comprometido en ruta a la consolidación de un mundo más justo y sin hambre; en lo que ayudan ciencia, tecnología, los avances sociales de muchas de nuestras sociedades; así como toda una serie de conocimientos y estrategias hasta hace poco inimaginables, como es la producción a escala de los llamados superalimentos para cambiar el mundo, aprovechando en su elaboración el potencial nutritivo y económico de las legumbres, fomentando el cultivo local y el consumo de alimentos tradicionales. Enseñar el camino hacia el éxito, creando cultura de autoabastecimiento y mejorar la eficiencia del sector primario en los países en vías de desarrollo. Reducción de los residuos alimentarios, en lo que converjan técnicas de almacenamiento, conservación, y deshidratación.  Mejorar la fertilidad del suelo agrícola. Empoderamiento de la mujer. Compra de productos a precio justo. Efectuar donaciones de alimentos a ONG o contribuir en acciones de voluntariado. Concentrar nuestros mayores esfuerzos en zonas rurales.

Hoy se impone, además de lo cual, adaptar la agricultura al cambio climático, realidad de realidades, para ofrecer a los jóvenes que viven en zonas rurales los medios para un futuro digno de paz y seguridad alimentaria. Muchas y más son las razones para el optimismo; aunque pese a los esfuerzos de muchos, queda un largo camino para apuntar a una válida mitigación del hambre en el mundo; algo que depende de todos nosotros por igual y que es justo, bueno y necesario para un mejor futuro a lo largo y ancho de los países del orbe. francisco.vasquez.atencio75@gmail.com  @franvasquez06  Administrador de Empresas. Especializado en Recursos Humanos. Especializado y Magister en Gerencia Social

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