Por: Juan Felipe Reyes*
En una columna que titulé “El brazalete del museo” la decadencia e ideologización de que estaba siendo víctima el Museo Nacional.
Hace un par de años denuncié en una columna que titulé “El brazalete del museo” la decadencia e ideologización de que estaba siendo víctima el Museo Nacional. A la sazón, acababa de visitarlo y me dejó estupefacto de horror. Y no es por moralista, mojigato o que me las dé de santurrón.
Lo que me dejó así fue presenciar la distorsión de la historia de Colombia. La exaltación del terrorismo como algo digno de recordación sin pensar en todos los que fuimos víctimas de una forma u otra del M-19, Eln, Farc. La facilidad con que una falsa historia se cuenta disfrazada de cultura y a su vez esta sirve como vehículo transmisor de ideologías e historias en una neolengua, muy al estilo 1984 G.O. o tal cual lo sugería hacer Antonio Gramsci en sus Cuadernos.
El sesgo ideológico y la distorsión de la historia y dejar de llamar las cosas por su nombre no son arte. No se les puede catalogar como piezas de museo u obras. Son basura que debería ser ilegal e inmoral exhibirlas, recordarlas, en una apología evidentemente incendiaria al delito, a que ser malo paga y serás recordado para siempre. Pues no, gracias al presidente Abelardo son dignas, pero de ser quemadas: el sombrero de Pizarro, el torturador del grupo terrorista Eme; el brazalete del Eme, testigo de quién sabe cuántos crímenes atroces; el chaleco antibalas del guerrillero de corbata Pardo Leal; varias alusiones a una supuesta “retoma del Palacio de Justicia” junto a un sofá rojizo incinerado por el Eme en el holocausto del Palacio. Término incorrecto, además. No existió retoma; lo que existió fue el ejercicio legítimo del imperio de la ley, así la Corte Interamericana de Derechos Humanos, la Comisión de la Verdad, la Fiscalía y múltiples fallos nacionales coincidan, bajo un sesgo ideológico muy marcado hacia la izquierda, en que la operación militar no fue un ejercicio del imperio de la ley.
O, qué decir y pensar de un clásico pupitre de madera de colegio con la cara de Laureano Gómez pintada de rojo en el sitial – fundador de este diario y su hijo de la Escuela de Derecho de la Sergio Arboleda-, cuyo objetivo sobra explicarlo… echándole la culpa de una cantidad de cosas ininteligibles. O la bandera LGTB… quienes nos expropiaron nuestro arcoíris; alusiones al Eln, responsables de cientos de miles de secuestros y muertes; la bandera del guerrillero Petro “de la libertad o la muerte”, esa rojo y blanca de la que nos salvamos; o dibujos -frondios- conmemorando el wokismo y el lesbianismo en Colombia. ¿Eso es parte de nuestra historia?
La National Gallery ni el Louvre tienen secciones relativas al wokismo y a los movimientos LGTBI. Y con eso el mensaje es claro: todos somos iguales, ¿por qué entonces tanta exaltación a ellos? ¿Acaso el Museo Nacional tenía una sección dedicada a los católicos, heterosexuales y los exaltaba de igual manera que a los otros?
Hay que reabrir la sección más interesante que tenía el museo, la de los presidentes de Colombia, cerrada durante todo el régimen anterior.
*Escritor. Analista. Comunicador. Columnista

