Albert Abello. - Editor. Escritor. Comunicador Social. Periodista. Analista Político. Conferenciante. Docente Universitario. Columnista

Por: Alberto Abello*

Gabriel García Márquez capta la intensa hermandad que ligaba a Bolívar y Sucre. Por estos días en los que con frecuencia aparecen en los medios de comunicación y en las redes sociales comentarios desapacibles, calumniosos e insultantes contra el Libertador Simón Bolívar, conviene traer al escenario al Nobel Gabriel García Márquez, quien escribió el extraordinario libro El coronel no tiene quien le escriba, donde el imaginativo y fecundo escritor colombiano destaca los rasgos de carácter y grandeza de Bolívar.

El Nobel se refiere en la página 190 al intenso dolor que desgarró el corazón de Bolívar, al recibir la noticia del asesinato de Sucre: “Se derrumbó en la silla, rugiendo fue Obando, jefe de Pasto, en la frontera sur de La Nueva Granada, quien de aquel modo privaba al general de su único sucesor posible, y aseguraba para el mismo la presidencia de la República descuartizada para entregársela. Uno de los conjurados contó en sus memorias que saliendo de la casa donde se acordó el crimen, en la plaza mayor de Santa Fe había sufrido una conmoción del alma al ver al mariscal Sucre en la neblina nevada del atardecer, con un sobretodo de paño negro y el sombrero de pobre, paseándose solo con las manos entre los bolsillos por el atrio de la catedral”.

“Una noche como esa, en Guayaquil, el general había tomado conciencia de su vejez prematura. Todavía usaba el cabello largo hasta los hombros, y se lo amarraba en la nuca con una cinta, para mayor comodidad en la batalla de la guerra y del amor, pero entonces se dio cuenta de que lo tenía casi blanco, y de que su rostro estaba marchito y triste… Si usted me ve ya no me reconocería”, escribió a un amigo. “Tengo 41 años, pero parezco un viejo de sesenta”.  Esa noche se cortó el cabello. Poco después en Potosí, tratando de parar el ventarrón de la juventud fugitiva que se le escapaba por entre los dedos, se rasuró el bigote y las patillas.

Gabo trata uno de los episodios más alucinantes de la vida del caraqueño, que, habiendo liberado varias naciones, estaba amenazado por la Santa Alianza y los círculos de poder locales de las naciones que formaban la Gran Colombia, así como del Perú y el Cono Sur.

Gabriel García Márquez capta la intensa hermandad que ligaba a Bolívar y Sucre, obsesionados y unidos por la grandeza de su misión libertadora. El magnicidio de Sucre, al que había anunciado como su sucesor, lo deja en conmoción permanente al saberse rodeado de ingratos, los cuales también quieren su cabeza. Gabo describe a la oficialidad desgarrada por el cobarde crimen, “no vuelven a jugar, y pasaban las noches en vela, conversando en el patio hasta muy tarde alrededor de la hoguera perpetua para espantar los zancudos, o en el dormitorio común, en hamacas colgadas a distintos niveles”.

“Al general le da por destilar su amargura gota a gota. Escogía al azar dos o tres de sus oficiales y los mantenía en vela mostrándoles lo peor de lo que quedaba en el pudridero de su corazón. Les hizo oír una vez más de que sus ejércitos estuvieron al borde de la disolución por la mezquindad con la que Santander, siendo presidente encargado de Colombia, se resistía a enviarle tropas y dinero para terminar la liberación del Perú”.

“Es avaro y cicatero por naturaleza”, decía, pero sus razones eran todavía más zurdas, el caletre no le daba para ver más allá de las fronteras coloniales”.

“Les repitió por milésima vez la conduerma de que el golpe mortal contra la integración fue invitar a los Estados Unidos al Congreso de Panamá, como Santander lo hizo por su cuenta y riesgo, cuando se trataba de nada menos que de proclamar la unidad de la América… Era como invitar al gato a la fiesta de los ratones”. Y no es que el Libertador fuese antinorteamericano, sino que por sus conocimientos de geopolítica entendía que se daba un conflicto de intereses.

Gabo rememora los cargos de malos manejos a Santander y el círculo antibolivariano. Recuerda que Bolívar, siendo presidente, decreta la pena de muerte para todo empleado oficial que malverse o se robe más de diez pesos. Es tal su desprendimiento, que parte de sus bienes los dona a familiares o los utiliza para su gloriosa empresa de libertar América del Sur.

*Editor. Escritor. Comunicador Social. Periodista. Analista Político. Conferenciante. Docente Universitario. Columnista

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