Álvaro Beltrán Pinzón

Por: Álvaro Beltrán Pinzón

La COP26, convocada por la ONU para propiciar acuerdos en torno al cambio climático, concluyó el pasado sábado en Glasgow, Escocia, con un agridulce sabor. Si bien se produjeron interesantes apuestas con el objetivo de frenar el deterioro de nuestro planeta, como la de 23 países para buscar “un futuro sin carbón” en 2030; la acogida a la propuesta de la revista Nature para que las reservas de petróleo, gas natural y carbón queden bajo tierra desde 2050; y el compromiso de 100 líderes mundiales de detener la deforestación en el término de 10 años; también tuvo expresión la inconformidad ante estas expectativas que pueden representar solamente plausibles deseos.

COP26 noviembre 2021
© Naciones Unidas 

En efecto, a partir de 1972, cuando se reunió la Cumbre de la Tierra en Estocolmo y se hicieron patentes las evidencias científicas sobre el acelerado cambio climático que está soportando el mundo por cuenta del sobrecalentamiento inducido por las emisiones de CO2, se han sucedido múltiples conferencias y suscrito pactos de buena voluntad sin que las naciones con superior grado de desarrollo hayan asumido la deuda por la afectación ambiental ocasionada durante muchos años. Hasta ahora solo se registran algunas ayudas a Estados emergentes y la disposición de recursos onerosos de la banca internacional para financiar programas orientados a disminuir la deforestación.

Las dificultades para fundamentar medidas efectivas son inmensas y muy variadas. Sin embargo, les asiste la  razón a los críticos de estos encuentros cuando señalan que se debe ir más allá de los discursos y no seguir permitiendo que la urgencia de detener el cambio climático se convierta en la vitrina de líderes que afrontan problemas en sus países o de aquellos que pretenden imprimirle un maquillaje de sensibilidad social a su maltrecha imagen.

Este fue el sentido de la multitudinaria manifestación convocada paralelamente al cierre del evento por la ambientalista sueca Greta Thunberg, con el propósito de interesar a los jóvenes para que, a través de su expresión vigorosa, se haga comprender al universo entero que estamos recorriendo las últimas instancias de supervivencia si no pasamos ya de las palabras a los hechos.

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