Pablo Cubí del Amo.- Periodista especializado en Actualidad, Bienestar y Estilo de Vida

Por: Pablo Cubí del Amo*

No es más inteligente el que más habla, sino el que dice cosas más inteligentes. En una época en la que la verborrea vacía abunda, es bueno seguir los consejos de los que supieron hablar solo cuando tocaba. Aristóteles priorizaba la reflexión antes que el discurso. No hay como el humor y la ironía para decir grandes verdades sin que te duelan, porque la risa lo aplaca todo. Por eso voy a empezar un artículo en el que vamos a hablar de bocazas, parlanchines y tertulianos, en general, con humor.

Uno de mis humoristas favoritos es Groucho Marx, que nos enseñó con qué capacidad se puede estar hablando rápido para decir mucho y no decir nada. Algo más lentamente, pero con igual resultado nos hablan hoy algunos políticos.

La otra lección magistral nos la dio el periodista canadiense Maurice Switzer a principios del siglo XX cuando dijo con humor aquello de que “es mejor permanecer callado, aun a riesgo de que te tomen por tonto, que hablar y despejar toda duda al respecto.” Hablar sabiendo de qué se habla y sabiendo lo que se dice es hoy un bien muy preciado y poco frecuente. La aparición de los tertulianos (contratados para hablar de todo como si fueran una enciclopedia) y los influencers (convertidos en referentes sin saber muy bien por qué) lo han puesto difícil.

Aristóteles sí sabía de qué hablaba. Tan o más importante que conocer un tema es saberlo transmitir con pasión y claridad. Fíjate que he matizado entre saber y saber decirlo, porque eso es un doble aspecto importante. Hay personas que sí saben de qué hablan, pero no lo saben transmitir bien. Al final, el resultado es el mismo. Tan o más importante que conocer un tema es saberlo transmitir con pasión y claridad. Aprovecho aquí para mandar un saludo a mi profesor de matemáticas de instituto, que consiguió que fuera de cabeza a estudiar latín y griego.

Y estudiando a los griegos llegamos hasta Aristóteles, que fue uno de sus más importantes pensadores. Empezó en la academia de Platón y acabó construyendo uno de los sistemas filosóficos más influyentes de toda la historia. A él se le atribuye otra de esas frases clásicas sobre el valor del silencio frente al cuñadismo imperante: “El sabio no dice nunca todo lo que piensa, pero siempre piensa todo lo que dice”. Es poco probable que fuera suya, pero no contradice en absoluto sus enseñanzas.

Hacemos caso al más creíble. No basta con tener razón, es clave cómo transmitimos nuestra idea. Para buscar lo que realmente dijo Aristóteles al respecto hemos de irnos a la Retórica, un texto donde analizó la importancia del carácter que se transparenta al hablar. Allí admite que la persuasión es un elemento importante. Si no intentamos convencer, poco sentido tiene dar nuestra opinión. Por tanto, no basta solo con tener razón. Importa también cómo se muestra uno ante los demás. Ya ves que esa idea es muy moderna. Confiamos en quien nos parece más íntegro y digno de crédito.

10 claves para decir las cosas claras sin herir. Es decir, no convence quien más habla sino quien da la impresión de saber lo que dice y responsabilizarse de sus palabras. Aristóteles deja claro que esa es la carta ganadora. Pero no incita a falsear el discurso en busca de convencer. Por el contrario, en otro de sus textos, la Ética a Nicómaco, elogia al hombre veraz, el que es “verídico tanto en su vida como en su palabra”. Y añade que ese hombre debe inclinarse hacia una cierta moderación, incluso hacia rebajar un poco lo que dice de sí mismo, porque la exageración resulta molesta y vulgar.

No digas todo lo que piensas

La sinceridad no es soltarlo todo, sino en que lo dicho nazca de una mente ordenada y equilibrada. Aconseja ser veraz, pero moderado, y no decirlo todo. No está defendiendo la censura ni el disimulo interesado. Está defendiendo que la sinceridad no consiste en soltarlo todo, sino en que lo dicho nazca de una mente ordenada y de un carácter equilibrado. Ese matiz es importante. En la cultura actual suele confundirse autenticidad con desahogo. Se aplaude el decir las cosas claras como si cualquier impulso verbal fuese una prueba de honestidad. Aristóteles seguramente pondría objeciones. Para él, la virtud nunca está en el exceso. También en el habla hay un término medio: ni palabrería imprudente ni silencio cobarde. Hay cosas que conviene decir, pero dichas “como se debe”, “a quien se debe” y “cuando se debe”; esa lógica del equilibrio atraviesa toda su ética. La persona sabia no es la que reprime sin pensar, sino la que filtra sin traicionarse.

Un discurso que atraviesa siglos. La persona sabia no es la que reprime sin pensar, sino la que filtra sin traicionarse. Otros filósofos caminaron por una senda parecida. “Muchas palabras nunca indican sabiduría”, apuntó Tales de Mileto. Ya en época romana, Epicteto, dentro de la tradición de los estoicos, apuntaba “que el silencio sea tu regla general; o di solo lo necesario y en pocas palabras”. La obra de Aristóteles atravesó la filosofía islámica, la escolástica cristiana y llegó hasta la psicología actual incólume al paso del tiempo. Su phronesis (la prudencia) sobre la que tanto insistió, sigue vigente.

Delibera sobre qué conviene decir. Ajusta tu palabra a la realidad y el momento. El psicólogo Dacher Keltner recordaba que muchas veces “no escuchamos para entender, sino para responder”. Tan importante como decir es saber escuchar. Mide las palabras del otro, date tiempo para reflexionar y responder. Y como siempre me ha dicho mi madre, que es una sabia centenaria, “para decir algo que va a molestar, mejor cállate”. 

*Periodista especializado en actualidad, bienestar y estilo de vida

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