Por: María Elisa Uribe Vegalara.*
El reto no es solo aprobar un plan ambicioso, sino priorizar un paquete reducido de reformas habilitantes.
El decreto del Presupuesto General de la Nación, que toma la aprobación de primer debate en el Congreso y la próxima Ley de Rescate y Austeridad son apenas un comienzo. Sin ajuste fiscal no hay espacio para crecer, eso es cierto, pero un menor gasto público solo se compensa si hay más crecimiento, desde el sector privado, de la mano de las empresas y con mayor productividad. De lo contrario, el juego se reduce a austeridad por austeridad.
Superada la emergencia fiscal, la atención política debe concentrarse en lo que definirá los próximos cuatro años: el Plan Nacional de Desarrollo 2026-2030 y el reto de crecer. Se propone llegar a un 6% anual, tras años de nadar a un 2%. Colombia tiene que reconstruir su capacidad de crecer.
En ese contexto, el diagnóstico que acaba de entregar Colombia Compite en su Informe Nacional de Competitividad 2026-2027 llega como anillo al dedo. Colombia ha crecido principalmente «poniendo más gente y más capital a trabajar». Es decir, ha crecido porque contrató más trabajadores, invirtió en más máquinas e infraestructura o explotó más recursos naturales. Eso es crecimiento extensivo.
Colombia no ha crecido porque produce más con los mismos recursos, con mayor eficiencia. Eso es crecimiento intensivo, y ahí estamos lejos: un trabajador colombiano genera hoy USD 18,7 por hora, el peor dato de la OCDE, y la productividad apenas sumó 0,2 puntos al crecimiento anual.
Ahora que la caída de la natalidad reduce el flujo de nuevos trabajadores y aumenta el peso de la población mayor, ese modelo se agota. En los próximos años el empleo dejará de aportar de forma automática al PIB. El desafío de las próximas décadas es pasar a producir más valor con lo que ya se tiene: mejor organización, menos trabas, mayor capacidad de innovar y adoptar tecnología. Esa es, en esencia, la gran deuda de productividad que señala el informe.
Como dice Colombia compite, es necesario prever un ajuste fiscal que no solo recorte gasto improductivo, sino que alivie las cargas sobre la producción y la inversión, y una limpieza de trámites para reducir los costos de formalizarse, exportar y construir. Premios a la mayor eficiencia serían una posibilidad.
Chile en los años 90, Corea en su convergencia y Vietnam en las últimas dos décadas lograron ese salto con estabilidad macroeconómica, apertura, mejores instituciones y propósito de tener empresas más grandes y fuertes. Irlanda lo logró gracias a propiciar un entorno atractivo a la inversión y es citado frecuentemente como el caso exitoso de escape de la “trampa del ingreso medio”. Ninguno de estos países en Colombia, pero muestran que el salto es posible cuando las políticas se sostienen en el tiempo.
El reto no es solo aprobar un plan ambicioso, sino priorizar un paquete reducido de reformas habilitantes —fiscal, regulatoria, de proyectos estratégicos y de formalización, cultura exportadora e inversión extranjera — que permitan que el resto de la agenda productiva tenga impacto real.
En otras palabras: primero ordenamos las cuentas, ahora toca hacer que el país produzca mejor. Las Bases del Plan van por ese camino y pueden absorber las apuestas que Colombia Compite propone. Si el Plan Nacional de Desarrollo logra unir esas dos tareas, Colombia dejará de crecer por inercia y empezará a crecer por decisión. *Analista. Columnista. Política. Comunicadora. Periodista. Docente Universitaria. Escritora. Presidenta Corporación Pensamiento Siglo XXI. atisboamariaelisa@gmail.com

