Por: María Clara Ospína*
Alejandro Ordóñez es un hombre íntegro y solido en todo sentido. Ahora tendrá el reto de contribuir a recuperar el rumbo de Colombia-
La llegada de Alejandro Ordóñez al Ministerio del Interior plantea un desafío político de enormes proporciones. Colombia atraviesa una etapa de profunda polarización, desconfianza institucional y confrontación entre sectores que deberían estar buscando soluciones a los problemas nacionales. En este escenario, la capacidad de concertar, construir mayorías y restablecer puentes de diálogo será tan importante como la experiencia jurídica o la firmeza ideológica de quien asume esta responsabilidad.
Ordóñez, destacado abogado conservador, construyó buena parte de su trayectoria pública desde una posición inflexible frente a la corrupción, y otras conductas contrarias a la ley. Durante su paso por la Procuraduría General de la Nación ejerció el control disciplinario sobre figuras de gran influencia política, entre ellas Piedad Córdoba y Gustavo Petro. Esa actuación le granjeó reconocimiento entre quienes defendían la aplicación rigurosa de las normas, pero también enemigos, críticas y resistencias en sectores que cuestionaron sus decisiones. En política, actuar sin contemplaciones puede generar respeto, pero también adversarios poderosos.
Sin embargo, gobernar exige algo más que firmeza. El control disciplinario y la negociación política responden a lógicas diferentes. Mientras el primero demanda rigor, la segunda requiere paciencia, prudencia y capacidad para reconocer que ningún sector, por numeroso o convencido que esté, puede imponer siempre su voluntad en una democracia.
Ordóñez conoce los entresijos de la política colombiana. Su elección en el 2008 y reelección en el 2012, por una amplia mayoría como procurador, demostró que pudo reunir respaldos en el Senado, un espacio donde las mayorías no se improvisan: se construyen mediante acuerdos, concesiones y compromisos. Esa experiencia será fundamental para su nueva responsabilidad.
Pero el reto más apremiante está en su propia orilla política. Las derechas colombianas arrastran divisiones, rivalidades y heridas que han debilitado su capacidad de actuar coordinadamente. Si Ordóñez pretende desempeñar un papel decisivo, tendrá que contribuir a superar esas fracturas y entender que las diferencias internas no pueden seguir convirtiéndose en obstáculos para cualquier proyecto común.
Al mismo tiempo, deberá mirar más allá de su tradición conservadora. El liberalismo y los sectores de centroizquierda que estén dispuestos a dialogar pueden ser interlocutores indispensables para construir mayorías sólidas. Si el propósito es contribuir a recuperar al país de la crisis económica, social e institucional que derivó de los cuatro años de total desgobierno de Gustavo Petro, el esfuerzo será permanente, sin tregua. Se necesitan acuerdos concretos, compromisos verificables y una agenda capaz de trascender los intereses partidistas.
Después de representar a Colombia ante la Organización de los Estados Americanos y de una prolongada estadía en Washington, Ordóñez regresa con un recorrido que podría ofrecerle nuevas herramientas para afrontar esta compleja tarea. Sin duda es hoy un hombre más pausado y diplomático. Pero este es un Congreso diferente al de hace diez años. La experiencia, sin embargo, solo adquiere valor político cuando se traduce en resultados.
Esta será su gran prueba. Tendrá que demostrar que sabe escuchar, negociar y tender puentes incluso con quienes discrepan de sus convicciones. Tendrá que demostrar que el hombre que ejerció el poder con rigor también puede ejercerlo con tacto y amplitud.
Alejandro Ordóñez es un hombre íntegro y solido en todo sentido. Ahora tendrá el reto de contribuir a recuperar el rumbo de Colombia y devolverles a los ciudadanos la confianza y la esperanza.
*Analista Política. Escritora. Historiadora. Columnista

