Catalina ortiz - *Analista. Conferenciante. Columnista

Por: Catalina Ortiz*

Nos seguimos contando como un país de ricos y pobres, donde la clase media aparece en las estadísticas, pero rara vez en la política.

«¿Cuál clase media?», se pregunta Alberto Carrasquilla en una columna reciente en La República. Es una pregunta incómoda y bien hecha. Tanto que me animé a ensayar una respuesta.

Carrasquilla muestra que la clase media colombiana pasó del 15 % de la población en 2000 al 34 % en 2024. Son clase media, para él, quienes reciben entre dos y diez veces la línea de pobreza. Es una medida razonable, pero no nos dice quiénes son ni cómo viven.

Luego pone en duda que sea una buena noticia. Cita a Bryn Rosenfeld, politóloga de Cornell, cuyo trabajo sobre los países poscomunistas muestra que una clase media que depende económicamente del Estado puede ser menos proclive a defender la democracia. Y advierte que, en Colombia, mientras la clase media crecía, también crecía el Estado, sin más crecimiento ni más equidad.

La advertencia no la hace cualquiera. Carrasquilla fue dos veces ministro de Hacienda y estuvo a cargo de las finanzas públicas en épocas en que el Estado creció, y bastante. En 2000 el Gobierno nacional gastaba el 15,4 % del PIB y hoy cerca del 24 %. En el último lustro la cosa se aceleró: entre 2019 y 2025, en cien entidades públicas, el gasto en nómina creció 93 % y el de contratistas 160 %. Esto no es invento de un gobierno, es una costumbre de todos.

Y no es solo nacional. En Cali, el 96 % de los contratos que firmó la Alcaldía en 2025 fueron de prestación de servicios: más de 14.000 personas, con contratos de tres meses y medio en promedio. Tres meses y medio, lo justo para no poder planear la vida y para no olvidar a quién se le debe la renovación. Negar que una parte de nuestra clase media vive de un contrato con el Estado sería negar lo evidente. Lo que no es evidente es que la culpa sea de la clase media.

Porque el hallazgo de Rosenfeld no es que la clase media sea autocrática, sino que no toda clase media es igual. No es lo mismo un empleo público estable, ganado por mérito, que vivir encadenando contratos precarios. Lo que marca la diferencia es la autonomía: poder sostenerse con su trabajo, ahorrar, emprender y decidir sin depender de la voluntad de un tercero.

Y esa autonomía, en Colombia, es todavía frágil. Con las propias cifras de Carrasquilla: si la clase media es el 34 % y la alta el 4 %, seis de cada diez colombianos siguen siendo pobres o vulnerables. El colombiano que está justo en la mitad de la distribución no es de clase media; vive a un mal mes de volver a la pobreza. Mal podemos cobrarle a una clase media que todavía es minoría los resultados de todo el país.

Sobre todo porque tenemos una clase media invisible. Paga todo dos veces: paga impuestos y, además, asume de su bolsillo la educación, la salud, la seguridad y, en muchos casos, el cuidado de sus mayores. Gana demasiado para recibir ayuda y muy poco para resolverlo sola. El Estado colombiano acompaña a las familias mientras son pobres y las suelta apenas dejan de serlo.

Y aun así, cuando le ha tocado, ha respondido. En Cali lo vimos con el terremoto: la mayoría de los damnificados son familias de clase media, y no se quedaron esperando. Abrieron sus casas y salieron a apoyar a sus vecinos. Esa no es una clientela que defiende un privilegio. Son ciudadanos que no piden que les resuelvan la vida, sino que el Estado haga bien su trabajo.

Carrasquilla sugiere que quizá solo haga falta tiempo. Puede ser, pero no basta. El Estado no necesita crecer más; necesita gastar distinto. La pregunta es qué compra con lo que ya gasta: contratos que se renuevan cada tres meses a cambio de lealtad política, o familias capaces de valerse por sí mismas. Cada peso que hoy se va en nómina paralela podría ir a crédito para emprender, a vivienda propia, a compras públicas que les den mercado a las empresas locales. El contrato precario fabrica la clase media dependiente de la que habla Rosenfeld. El crédito, la vivienda y el negocio fabrican la otra: la que defiende la democracia porque tiene algo propio que cuidar.

Nos seguimos contando como un país de ricos y pobres, donde la clase media aparece en las estadísticas, pero rara vez en la política. Colombia necesita empezar a organizarse como una sociedad de clase media. No porque ya lo seamos todos, sino precisamente porque todavía nos falta mucho para serlo.

*Analista. Conferenciante. Columnista

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