Por: José Guillermo Claros Penna*
Son muchos los momentos en los que los territorios, sean estos cuales fueren, no necesitan de más discursos, sino de decisiones claras, precisas, edificantes, constructivas. Decisiones que no deberían depender de ideologías, cálculos partidarios, intereses sectoriales o intereses personales, sino si mejora o empeora la vida de sus pobladores.
Atravesamos, producto de muchas situaciones y circunstancias, momentos que podemos calificar como críticos. Falta de vías. Carencia de infraestructura. Mejorar economía, educación, cultura, salud, productividad. Inversiones frenadas, así como muchas respuestas del Estado que siguen llegando con retraso, atrapadas entre decretos, reglamentos, resoluciones y trámites, siendo ahí donde debe aparecer el sentido común.
Muchas prioridades falta por garantizar, lo que impone que nos demos a la tarea de darnos una departamental mayormente eficiente, ajena a todo asomo de corrupción, acelerar nuestro hacer de buena política con seriedad y proyección. Proyectarnos, impulsarnos, consolidarnos, sustituir lo malo y peor por lo bueno y mejor, acudir a las estrategias mejores. Definitivamente prospectarnos, saber que necesitamos inversión y sabemos hacernos atractivos para que las mismas lleguen tanto nacional como internacionalmente; saber igualmente que el capital llega donde existen seguridad jurídica, reglas claras, energía, caminos abiertos, acceso a divisas y estabilidad. Ningún inversionista arriesga recursos donde producir depende de si mañana habrán o no garantías.
En manera importante y urgente necesitamos construcción de acuerdos fundamentales para potenciarnos; más cuando es incuestionable que la democracia exige que las distintas fuerzas políticas construyan consensos para convertirlas en normas. Las diferencias son legítimas; lo que no puede ocurrir es que se transformen en parálisis. Importa y corresponde, pensando en nuestro mejor porvenir, en debatir, corregir, acordar y aprobar. La democracia no consiste en que todos piensen igual, sino en que quienes piensan distinto sean capaces de encontrar puntos de encuentro para responder a las necesidades del departamento.
Un territorio que quiere crecer no puede normalizar su propia paralización, de ahí que debamos exigir un departamento presente, que funcione, haga cumplir la ley, garantice servicios, genere condiciones para producir y actúe con rapidez ante una crisis. Un departamento fuerte es el que cumple bien aquello que le corresponde. Tenemos como unidad territorial muchas capacidades, recursos naturales, empresarios, trabajadores y oportunidades; sin embargo, demasiadas veces complicamos lo evidente, creamos trámites donde necesitamos soluciones, enfrentamos sectores que deberían complementarse y convertimos decisiones técnicas en batallas ideológicas.
El sentido común, del que se dice el menos común de los sentidos, debería volver, y ello debemos tenerlo en cuenta, a ser una herramienta política, preguntarnos menos de qué lado viene una propuesta y más si funciona; menos quién gana una discusión y más qué gana el departamento. No necesitamos elegir entre departamento o empresa privada, producción o medioambiente, inversión o soberanía, sino equilibrio, reglas claras y decisiones responsables.
En política, lo sabemos todos, hay decisiones complejas; pero igualmente hay otras que son bastante simples. Esto es, si algo funciona, fortalezcámoslo; si no funciona, cambiémoslo; si una norma estorba, corrijámosla; si necesitamos producir, dejemos producir. El Caquetá no necesita inventar una nueva fórmula. Necesita recuperar algo mucho más básico y, al mismo tiempo, más escaso y es el sentido común para avanzar más y mejor.
*Profesional en Ciencias Militares. Administrador de Empresas. Abogado. Master en Derecho Público. Candidato a Doctor en Derecho. Columnista

