Por: Saúl Alfonso Herrera Henríquez*
Afirman académicos, estudiosos y tratadistas en los asuntos del derecho, que todo populismo, sea cual fuere y viniere de donde viniera es a todas luces ilegal en el creer que está imposibilitado a someterse a las restricciones al ejercicio del poder, su protagonismo lo constriñe a la espectacularidad, a la estridencia, para los populistas no tiene caso ofrecer el acatamiento del orden legal por aburrido y carecer según ellos, de mérito alguno, de ahí que haya que sacudir fuertemente a los ciudadanos todos los días, que todo gire en torno al caudillo mesiánico, por lo que todos los medios deben darle prioridad a sus declaraciones, aunque cada día sean más vacías.
Contrasta lo expuesto con el hecho que el aniquilamiento o la supervivencia de la democracia depende de la fortaleza constitucional; lo que nos lleva a desconfiar de quienes, al tomar posesión de un cargo público o privado, declaran la tarea inmensa a realizar, pues todo está mal y tiene que ser desechado, sin ni siquiera hacer un balance objetivo de activos y pasivos, lo que demuestra su incongruencia, ya que si arribaron al cargo es porque algo se hizo correctamente, respetando los procesos de renovación, lo que los convierte en producto de lo que califican como un legado perjudicial. El primer deber de quienes presiden instituciones es conservarlas. No se trata de dar continuidad a las que se ha probado que no sirven, pero tampoco de anularlas sin razón.
Claro está que uno de los instrumentos mejores y más importantes para proteger lo valioso es el derecho, que en su propia normatividad señala los mecanismos a observarse para su reforma, ya que hay un cuidado responsable para que sus fines, la seguridad y la justicia, no queden a la deriva con el cambio; razón por la que muchos juristas hablen de la indecibilidad o esencia del andamiaje legal que no puede ser alterado, pues perdería su caracterización general, lo que en otras calendas se hablaba de principios pétreos.
Los estudios del derecho permiten escudriñar las leyes; es decir, analizar sus entrañas y cotejarlas con sus efectos en la realidad; y si bien los ordenamientos son sentido común, de fácil elaboración, en la medida que se profundiza en su estudio, se percibe la complejidad del asunto. El derecho es sabiduría, pragmatismo, criterio, con verdades evidentes por sí mismas, y el conjunto de casos relevantes que orientan sus decisiones amplían sus horizontes, trabaja incesantemente en purificar una teoría que le de solidez al sistema legal y para reconocer, en su trayectoria final, la fuerte influencia de la ética.
Tenemos que por todo y para bien de todos, luchar por consolidar un Estado de Derecho fuerte, eficiente, de naturaleza permanente, continua y nunca intermitente. Requerimos un derecho recto, sustentado en una cultura de la legalidad como una obligación primigenia de la restauración de las instituciones, además de arraigado en la convicción de que cumplir la norma es indispensable para la convivencia armónica, por lo que hay que superar demonización y sacralización, ya que no hay demonios ni santos, sino seres humanos.
*Abogado. Especializado en Gestión Pública. Derecho Administrativo y Contractual. Candidato a Magister en Derecho Público. Analista. Columnista. saulherrera.h@gmail.com

