hernando-pacific. Médico Cirujano. Especializado en Anestesiología y Reanimación. Docente Universitario. Columnista

Por: Hernando Pacific Gnecco*

Cuando observo que un pequeño teléfono móvil actual incorpora tecnologías avanzadas y sustituye a muchos aparatos que en el pasado eran voluminosos y, en cierto modo, primitivos (televisor, reproductor de música, radio, control remoto, cámara de fotografía, teléfono y otros), reflexiono también acerca de trabajos y oficios que hace unas pocas décadas eran indispensables y que hoy no existen.

El antiguo lechero fue sustituido por el camión repartidor que entregaba leche, mantequilla y otros lácteos. Pasaban en bicicleta el heladero y el vendedor de avena; en Santa Marta no faltaba la taganguera vendedora de pescado recorriendo las calles con su pregón lo mismo que los vendedores vespertinos de bollos trespuntá en sus burros. En los escasos edificios altos de la ciudad, el ascensorista preguntaba el piso y conducía el elevador ayudado por una manivela.

Para las llamadas de larga distancia había que comunicarse con Telecom, dar el número y la ciudad a la que nos queríamos conectar y esperar a que la operadora hiciera el respectivo contacto; la consola de clavijas era el sofisticado aparato que permitía la operación en horarios relativamente estrechos. Por las noches, el sereno hacía su ronda, marcando reloj cada determinado tiempo en sitios establecidos en su recorrido nocturno. Los ayudantes de bus urbano aún subsisten en muchos lugares de este país, ejerciendo sus funciones en los transportes intermunicipales; los repartidores de periódico son cada vez más escasos, y los voceros son apenas un recuerdo.

Desde cuando empezó la revolución tecnológica, este tipo de empleos fue desapareciendo paulatinamente, dando paso a la telefonía fija moderna y, más tarde, a la móvil; hoy contamos con sistemas automáticos, asistentes virtuales y AI. La venta de leche o pescado se hace en supermercados y tiendas especializadas. Aquel fotógrafo con su estudio y revelado químico es un viejo recuerdo; un teléfono inteligente sustituyó sus funciones. Los bancos presenciales quedaron para operaciones muy puntuales, mientras los cajeros automáticos, la banca digital y las app son los puntos de contacto de los clientes. Las agencias de viajes son especies que se resisten a la extinción; las plataformas de reservas online ganan la batalla. Los mapas físicos son bellas reminiscencias archivadas en bibliotecas cada vez más lánguidas; los libros digitales no ocupan espacio físico.

Hay situaciones innegables: los cambios en el consumo, el autoservicio o los domiciliarios nos entregan todo lo que se nos ocurra. Podemos personalizar los automóviles a comprar desde plataformas de las marcas; a las agencias vamos a recogerlos, pues todo es virtual o telefónico. La globalización, la automatización y la IA vienen transformando a las sociedades del modo previsto por Alvin Toffler en su libro “La tercera ola”; pero se quedó corto el neoyorquino.

Se calcula que, con la irrupción inatajable de la IA, muchas profesiones u oficios desaparecerán como otras en el pasado; están en alto riesgo los trabajos repetitivos, estructurados y con patrones predecibles; por ejemplo, traductores e intérpretes, asistentes jurídicos, analistas de datos, diseñadores gráficos básicos, atención al cliente (los chatbots dominan este servicio) y otros. La evolución del automovilismo hacia la conducción autónoma ya puso a disposición autobuses, tranvías o taxis sin conductor en algunos lugares; los operadores financieros vienen siendo sobrepasados por plataformas muy veloces que toman decisiones quizás más acertadas.

Sin embargo, la complejidad del pensamiento humano, la empatía, la ética, la creatividad y la destreza manual fina, además de los sentimientos, aún están lejos de ser sustituidos por la IA. Por ahora, se salvan las profesiones sanitarias, pero no por mucho tiempo (las especialidades quirúrgicas la usan como apoyo); en muy poco tiempo, las consultas médicas basadas en IA podrán ser más completas y acertadas. Los profesores, artistas, escritores y músicos (los de verdad), y trabajos básicos como los electricistas o fontaneros pueden respirar tranquilos. Por ahora…

Las sociedades, la robótica y la IA transforman al mundo aceleradamente. Esperamos que los trabajos no sean totalmente mecanizados. Pero el apocalipsis laboral se avecina. 

*Médico Cirujano. Especializado en Anestesiología y Reanimación. Docente Universitario. Columnista

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