miguel bayter bayter- Abogado. Columnista

Por: Miguel Enrique Bayter Bayter

Cinco siglos. Quinientos años. Medio milenio, desde que un caballero de Castilla, Rodrigo de Bastidas, decidió, con todo el decoro que puede tener un ladrón de corona, fundar una ciudad sobre los huesos y las memorias de quienes vivían allí desde antes de que Europa supiera que el mar daba la vuelta. Y Santa Marta, la perla desgastada del Caribe, ha decidido celebrarlo como se celebran las cosas en este país, con desmemoria, boato y una ceremonia oficial en honor al hombre que llegó con la cruz en el pecho, la codicia en el alma y la espada en la mano.

No nos engañemos, lo de Bastidas no fue un acto civilizatorio, fue un acto de oportunismo imperial. No vino a fundar, vino a registrar, a saquear, a poner nombre europeo a lo que ya tenía nombre, a marcar territorio en nombre del rey y a hacer el primer trazo de esa línea continua de despojo, destrucción y reemplazo que llamamos “historia nacional”. Y sin embargo, quinientos años después, la ciudad decide rendirle homenaje con bustos, con placas conmemorativas, con ofrendas florales y con una agenda cultural cuidadosamente vaciada de crítica. Es el equivalente histórico de celebrar una violación porque terminó en matrimonio.

Santa Marta no solo celebra a su conquistador, lo canoniza. La narrativa oficial lo llama “fundador”, con palabras cargadas de nobleza institucional; como si Bastidas hubiese llegado a sembrar universidades y hospitales y no a cortar orejas y recolectar oro. Nos repiten que fue un “conquistador benigno”, que no usó tanta pólvora ni tanta espada como los otros. ¿Y desde cuándo la comparación con monstruos hace santo al verdugo? Como si el saqueo tuviera grados de cortesía; como si fundar una ciudad sobre los restos de culturas milenarias fuera un acto de urbanismo visionario.

Pero claro, no es Bastidas el verdadero protagonista de esta farsa. Bastidas está muerto y, al menos en eso, no tiene la culpa. El problema es con los vivos, con las autoridades locales que se disfrazan de herederos de la hidalguía, con los intelectuales cortesanos que recitan panegíricos de salón, con la clase dirigente samaria que aún cree que el legado de la ciudad se resume en un apellido largo, un club privado y una foto de Bolívar en sepia. Todos felices en la gran fiesta del autoengaño, celebrando no lo que somos, sino lo que fingimos haber sido.

Santa Marta llega a los 500 años como una ciudad que celebra el inicio del saqueo, pero es incapaz de recordar la resistencia. Ni una sola mención seria a los Taironas, a su cultura complejísima, a su arquitectura monumental, a su organización ancestral. Es como si la historia hubiera comenzado el día que un europeo decidió que esto era suyo. Lo indígena, lo afro, lo popular, todo eso queda como adorno de festival folclórico. Un sombrero vueltiao, un tambor, una danza exótica para entretener turistas, mientras los verdaderos protagonistas de esta tierra siguen excluidos, empobrecidos, olvidados.

Las élites samarias, tan modernas como un virreinato y tan democráticas como un concilio del siglo XVIII, han hecho de esta efeméride una misa solemne para sí mismas. Aquí no se conmemora una ciudad, se celebra una casta. Una ciudad con barrios sin agua, sin alcantarillado, sin salud pública, sin escuela digna, pero con una tarima de luces LED para cantarle a Bastidas. Una ciudad donde el legado colonial no es una reliquia, es la estructura misma del poder.

La ironía es tan brutal que no cabe en una nota de prensa. Santa Marta, una ciudad donde la gran mayoría de su población vive del rebusque, sin garantías mínimas, sin Estado presente, es la misma ciudad que gasta en desfiles, placas y eventos protocolares para honrar al primer gran despojador. Y todo esto en nombre de la “identidad”, esa palabra que aquí significa “lo que dicen los que mandan”.

¿Y qué identidad es esa? La de una ciudad que se piensa blanca, pero está hecha de mestizaje y memoria borrada. Una ciudad que rinde culto a los conquistadores, pero desprecia al pescador, al mototaxista, al indígena que aún habla con el cerro y con el mar. Una ciudad que se recuesta en la postal y le huye al espejo.

La celebración de los 500 años de Santa Marta es, en última instancia, el resumen perfecto de la historia nacional, una fiesta pagada con dinero público para aplaudir a los que llegaron a quitárnoslo todo, organizada por sus descendientes ideológicos y con la asistencia obligatoria del pueblo que nunca fue invitado a decidir si quería celebrar.

Rodrigo de Bastidas no fundó una ciudad, inauguró un ciclo de desposesión. Y que hoy se le rinda homenaje sin una pizca de vergüenza, sin una palabra sobre lo que se perdió, sin un gesto hacia los que fueron desplazados antes de que esa palabra existiera, es la prueba final de que Colombia sigue escribiendo su historia con tinta del siglo XVI. Y Santa Marta, la dama vieja del Caribe, se peina para el retrato, aunque esté descalza. 

*Abogado. Escritor. Analista. Columnista

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Por editor

Un comentario en «SANTA MARTA: 500 AÑOS DE OLVIDO BIEN CELEBRADO»
  1. Excelente pluma, crítica fuerte y sensata, una reflexión que, invita hacer un alto en el camino para llamar las cosas o actos por su nombre, para ver si por fin encontramos la transformación y la libertad que tanto añoramos. No éxiste el raterito, existe el ratero. No existe tal conquistador eso es cierto, la historia en su narración describe son saqueadores, violadores, inquisidores, en fin, Migue excelente, las cosa por su nombre y, a ponerse chancletas para asistir al baile

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