miguel bayter bayter- Abogado. Columnista

Por: Miguel Bayter Bayter*

Habría que empezar por recordar —como sólo los corazones entrenados en el amor a la Patria pueden hacerlo— que hubo una época en Colombia en la que la política no era la emboscada de la zafiedad ni el albergue de la rapiña, sino un ejercicio del honor, una ceremonia cívica del pensamiento y una caballerosidad institucional que daba lustre a la República. En esa Colombia —tan lejana ya como la alborada sobre la Sabana cuando todavía olía a magnolias y a civilización— brilló el verbo y la figura de Hugo Escobar Sierra, tribuno inmortal del Parlamento y caballero de esa estirpe casi extinguida que llamábamos, sin ironía, padres de la patria.

No fue Hugo Escobar un político del tumulto ni del aplauso fácil, no agitó banderas sino argumentos, ni buscó jamás el favor de la plaza pública que hoy, más que congregación democrática, es espectáculo de feria y populismo. Fue un hombre de solemnidad y de verbo, de ideas claras y principios sin dobleces; y si en algo consistió su pecado —si es que se le puede imputar alguno a quien fue siempre decente, docto y digno— fue en haberse mantenido fiel a un ideal de Colombia que ya empezaba a ser ficción para sus contemporáneos. Fue conservador —como lo somos quienes todavía creemos en el alma de las instituciones— pero un conservador de esos que hablaban en hexámetros, que sabían latín y que creían en la ley como columna vertebral del orden y no como trinchera para el despojo.

Decir Hugo Escobar Sierra es evocar una oratoria que se parecía más a la música que a la política, una voz que, en el Congreso, podía arrancar lágrimas o sonrisas, pero nunca indiferencia. Era un parlamentario de los que no leían discursos, sino que los componían de memoria, con la elegancia del que ha leído a Cicerón y el coraje de quien no negocia sus principios ni por el favor del Ejecutivo ni por el miedo a los micrófonos de moda. Su voz era clarín y era eco, era espada y era escudo, era una memoria de la República hablándole a su presente con la dignidad de un pasado que no debía olvidarse.

En tiempos en los que el Congreso es más pasarela que deliberación, más notaría del clientelismo que foro del pensamiento, la figura de Hugo Escobar Sierra emerge como un reproche mudo, como una cátedra perdida en la niebla de la mediocridad parlamentaria. Fue jurista de verdad, de esos que entendían que el Derecho no es un recurso de la politiquería sino el marco del bien común, y fue además un maestro del idioma, que nunca usó la palabra para mentir, sino para edificar la razón.

Sus intervenciones, por citar apenas una, cuando enfrentó con gallardía y sin estridencias la violencia política que comenzaba a devorarse a Colombia desde sus entrañas, fueron de una lucidez casi profética. Alertó sobre los peligros del populismo penal, de la justicia hecha al calor del clamor y defendió con tesón la independencia de la judicatura como último bastión de la civilización democrática. ¡Qué falta nos hace hoy su voz para denunciar las cortes capturadas, los fiscales de consigna y los jueces de espectáculo!

¿Dónde están hoy los Escobar Sierra? ¿Dónde los hombres que creen en la ley como expresión del alma nacional y no como garrote de sus enemigos? ¿Dónde los políticos que prefieren perder con honor que ganar con oprobio? La respuesta, por desgracia, no puede sino dolernos: se extinguieron, como se extinguen los claveles cuando llega el asfalto.

Y así, con Hugo Escobar Sierra, se fue no sólo un hombre, sino una época; se apagó una antorcha que alumbraba más que su curul, una voz que no temía decir la verdad, aunque costara la carrera, un carácter que jamás se prestó al negocio de la política sino a su misión sagrada. En estos tiempos, en que el Congreso se ha vuelto un reality sin talento, en que los partidos no son doctrinas sino franquicias de contrato, y en que el Derecho se compra al peso del interés, su figura aparece como una nostalgia irredenta, como una elegía viva, como una brújula rota que sigue apuntando al norte de la decencia.

Hugo Escobar Sierra fue, para decirlo sin ambages, un patriota; de esos que sabían que Colombia no se salva con discursos huecos ni con reformas de pacotilla, sino con hombres de carácter, con ideas sólidas y con una fe inquebrantable en la dignidad de la vida pública. A nosotros nos queda la vergüenza de no haberlo escuchado más y el deber, casi sagrado, de no dejar morir su memoria.

 *Abogado. Columnista

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