SAÚL ALFONSO HERRERA HENRÍQUEZ

Por: Saúl Alfonso Herrera Henríquez*

Obligados estamos como ciudadanos a pensar, a entender las complejidades de la democracia, las insuficiencias muchas de la República, las inconsistencia y perversiones de la política, así como dejar de lado baladíes sentimentalismos a la hora de depositar nuestro voto, casi siempre movido por circunstancias que no son las que deberían correspondemos en visión de población y territorio, debido al parecer, porqué muchos no tienen claro ni se han planteado siquiera la importancia y el deber de pensar, de reemplazar la condena o el aplauso políticos con la reflexión, lo mismo que hacer de la crítica objetiva un valido ejercicio de la relación con el poder, lo que entraña que pasemos a la acción democrática en el mejor de los sentidos.

Horror de horrores que la masificación de la política y la afirmación del populismo en mala hora hayan provocado la desnaturalización de la República, al punto que la ciudadanía se reduce a una adhesión primaria y sentimental, a peroratas y mentiras. Del racionalismo de la democracia moderna, transitamos a una cuasi religión de ciega obediencia a los mandatos del carisma, de sometimiento a un pulido clientelismo en el que la mecánica política se articula en torno a ofertas de prosperidad, obras hipotéticas y venganzas.

Prácticas estas en las que son magos candidatos, gobernantes, coadministradores, legisladores y demás otros, que utilizan tales artimañas para afianzar la credulidad del público en disparates y absurdos sentimientos; toda vez que el electoralismo descarta el deber de pensar por y para apostar a la reacción primitiva, a la impresión que deja en los siempre vacuos incautos, la espectacularidad de los candidatos, que se dejan atrapar por sus gestos histriónicos, imprecaciones, invención de enemigos, venta de promesas irrealizables, prosperidades imposibles y reivindicaciones improbables. Así de simple.

Difícil esto de pensar, de proponerlo siquiera, pero no queda otra que plantearlo al menos, aunque sea arar en el mar, ya que, sin pensar la política, sin cuestionar la función de partidos y movimientos, seguirá creciendo lo que ahora nos preocupa y agobia, como es la actividad payasa que arranca los aplausos de un público que consume sueños e irrealidades. No queremos pensar en nuestros territorios como concepto, posibilidad, certeza o zozobra, sino lo que se nos dice en entrevistas y discursos, lo que es parte del circo.

Entendamos que no hay República sin reflexión, porque ella, la República moderna nació del racionalismo. El Estado de derecho es resultado de reflexiones y debates. La ley se decanta luego de largas reflexiones sobre conducta y poder. El constitucionalismo es y debe ser resultado de ideas, así como la justicia. Renunciar a pensar, a reflexionar, y es lo que hemos hecho, nos conduce a pasión, violencia, dogmas, amén de invalidar cultura, tolerancia y libertad.

*Saúl Alfonso Herrera Henríquez. saulherrera.h@gmail.com – Abogado. Especializado en Gestión Pública. Derecho Administrativo y Contractual

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