Por: José Guillermo Claros Penna*

Así como la desconfianza política causa apatía, descreimiento y cinismo, creo firmemente que la integridad y la ética en el ejercicio del poder son fundamento para el bienestar de cualquier sociedad, ya que cuando el poder político se sirve de las instituciones en lugar de servir a ellas, comprometen no solo la eficacia y la eficiencia de dichas instituciones, sino también la confianza del público en el sistema político en su conjunto. Insisto, la desconfianza política causa apatía, descreimiento y cinismo, en la verdad que los políticos se amparan en el todo vale y el no tener límites, olvidando que no se puede abusar ni pervertir el normal funcionamiento de las instituciones del Estado, puesto que no está bien instrumentalizarlas para la consecución de fines políticos partidistas ni mucho menos personales.

Debemos tener claro que a lo largo de la historia principios tales como la necesidad de transparencia, responsabilidad y compromiso con el bien común como algo más que guías éticas, son requisitos prácticos para la salud democrática, dado que el poder debe ser ejercido para servir al pueblo y no para beneficio personal de los gobernantes, lo cual es fundamental para evitar la corrupción y asegurar que las instituciones funcionen de manera justa y equitativa. Otra aberración es servirse del poder legislativo para instrumentalizar el Estado de Derecho con espurios fines, lo que es grave sobremanera y tarde o temprano pasará factura; de ahí la necesidad de buscar la armonía social a través de una legítima y necesaria reconciliación para hacerla compatible con la igualdad y la consecución de fines en concordancia de funciones y del interés general en contexto de la legalidad.

Peligrosos son sin duda los gobernantes que buscan su propio beneficio en lugar del bienestar colectivo, lo cual tiene el inri que el precio de desentenderse de la política es ser gobernado por las peores personas, pensamiento que cobra vigencia hoy más que nunca, cabiendo destacar la importancia de la participación consciente en los asuntos políticos para evitar la degeneración moral de algunos líderes políticos. Montesquieu, nos recuerda la importancia del equilibrio de poderes con la objetiva afirmación que para que no se pueda abusar del poder, es preciso que, por la disposición de las cosas, el poder detenga al poder.

En ámbitos donde los políticos buscan beneficiarse de las instituciones, este equilibrio se ve amenazado, subrayando la necesidad de mecanismos de control y balances efectivos. Rousseau, en su contrato social, argumentaba que el hombre ha nacido libre, y en todas partes se encuentra encadenado. Aquel que se cree amo de los demás, no deja de ser más esclavo que ellos. Perspectiva crucial al considerar a los políticos que manipulan las instituciones para su propio beneficio; aunque puedan parecer poderosos, en realidad, se encuentran atrapados por su propia corrupción y alejados del verdadero propósito de su vocación. Hannah Arendt, nos advierte sobre la banalidad del mal en la esfera política, sugiriendo que el mal más profundo puede arraigarse cuando las personas abandonan su capacidad de pensar y actuar éticamente.

Hacer política es servir a las instituciones y, a través de ellas, al pueblo, y no servirse de su posición para sus propios fines. No olvidemos que la democracia permite que cada cierto tiempo el pueblo se libre de lideres políticos que apuntan y se dirigen por el beneficio personal, ni que haya servidores públicos que pongan al servicio de políticos sus quehaceres, sobre todo por cuanto los políticos se van, ellos se quedan, pero la indignidad los perseguirá por siempre. joseguillermoclarospenna@autlook.com

*Profesional en Ciencia Militares. Administrador de Empresas. Abogado. Candidato a Doctor en Derecho. Columnista

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