JAIME aLBERTO ARIZA RUGELES. Comunicador. Analista. Líder Social

Por: Jaime Alberto Ariza Rugeles / JARIZAR*

Esa extraña costumbre de pensar en los demás. Hay dos clases de personas en el mundo. Las que esperan pacientemente el cambio del semáforo… y las que creen que la luz roja es simplemente una sugerencia decorativa. Curiosamente, ambas aseguran querer una ciudad mejor.

La cultura ciudadana es uno de esos conceptos que todos aplauden, pero que suele quedarse esperando turno en la fila… porque alguien decidió colarse.

Aunque el término parece moderno, la idea tiene miles de años. En la antigua Grecia, los filósofos insistían en que una ciudad no se construía únicamente con piedra, sino con ciudadanos responsables. Los romanos, por su parte, entendían que respetar las normas era tan importante como construir carreteras o acueductos. De poco servía un magnífico puente si todos querían cruzarlo al mismo tiempo en sentido contrario.

Con el paso de los siglos aparecieron leyes, policías, jueces y reglamentos. Sin embargo, alguien descubrió una verdad incómoda: ninguna ciudad tendrá suficientes agentes para vigilar a cada persona. 

La mejor vigilancia sigue siendo la conciencia._

En Japón es común que los aficionados recojan la basura de los estadios al terminar un partido. En algunos países europeos, la mayoría espera el semáforo incluso cuando no viene ningún vehículo. No es magia ni un superpoder: simplemente entendieron que *_cumplir una norma cuando nadie mira es la prueba definitiva del carácter.

En América Latina tenemos otra habilidad digna de estudio. Si una fila tiene veinte personas, siempre aparece un experto convencido de que su caso es «solo un momentico». Ese «momentico» suele durar exactamente el tiempo necesario para dejar atrás a los otros diecinueve.

También existen los virtuosos del parqueo creativo. Son capaces de convertir un andén en garaje, una esquina en parqueadero VIP o una ciclorruta en zona de carga. Después, con absoluta tranquilidad, preguntan por qué el tránsito está tan complicado.

La cultura ciudadana también vive en los pequeños detalles. Saludar al vecino. No poner la música a volumen de concierto un martes a las once de la noche. Recoger lo que ensucia nuestra mascota. Ceder el asiento a quien lo necesita. No lanzar basura por la ventana del automóvil con la esperanza de que algún duende ecológico aparezca a recogerla.

Lo curioso es que todos soñamos con ciudades limpias, silenciosas y organizadas… *siempre y cuando el esfuerzo lo haga el vecino.*

Hoy las redes sociales amplifican este fenómeno. Es frecuente encontrar publicaciones indignadas porque alguien incumplió una norma, escritas mientras el autor conduce mirando el teléfono, ocupa dos puestos de estacionamiento o comparte información sin verificar. El dedo que señala a los demás suele olvidar que tiene cuatro compañeros apuntando en dirección contraria.

La verdadera cultura ciudadana no consiste en memorizar el código de tránsito ni en conocer cada artículo del reglamento. Consiste en comprender que nuestras acciones afectan la vida de personas que probablemente nunca conoceremos.

Cuando alguien respeta un paso peatonal, quizá evita un accidente. Cuando deposita una botella en el recipiente adecuado, facilita el reciclaje. Cuando paga el transporte público, ayuda a sostener un servicio que utiliza toda la comunidad. 

Son gestos pequeños, casi invisibles, pero multiplicados por millones de ciudadanos terminan cambiando el rostro de una ciudad

Existe una curiosa paradoja. Muchos creen que las sociedades más organizadas nacieron porque sus habitantes eran extraordinarios.* La historia demuestra exactamente lo contrario: 

Llegaron a ser extraordinarias porque millones de personas aceptaron hacer correctamente cosas aparentemente insignificantes.

La cultura ciudadana no depende exclusivamente del gobierno, de la policía o de las campañas publicitarias. Empieza en la casa, continúa en la escuela y se fortalece cada vez que una persona decide actuar correctamente, aunque nadie vaya a felicitarla.

Quizá nunca recibamos una medalla por no colarnos en una fila, por respetar un semáforo o por recoger un papel del suelo. Lo más probable es que nadie lo note. Pero precisamente ahí reside la grandeza de la convivencia: hacer lo correcto no para obtener aplausos, sino porque es la manera más inteligente de vivir en comunidad.

Una ciudad no cambia cuando inaugura un puente, una avenida o un edificio más alto. Cambia cuando sus habitantes entienden que el respeto también es una obra pública._*

Porque la mejor inversión que puede hacer cualquier sociedad no está hecha de cemento, sino de buenos hábitos. Al fin y al cabo, *_las ciudades son el espejo de quienes las habitan._*

Si queremos vivir en un lugar mejor, el primer ciudadano que debe dar ejemplo siempre nos espera… cada mañana… frente al espejo. ¡Feliz día! 

*Comunicador. Analista. Líder Social

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