Por: Celia Pérez León.
¿Y si el poder o la inteligencia no estuvieran en lo que siempre nos han contado? Desde la filosofía oriental, la perspectiva del pensador Lao Tsé nos obliga a hacer un profundo cambio de perspectiva que lo cambia todo.
El verdadero poder no consiste en controlar a los demás, sino en aprender a gobernarse a uno mismo.
Es una idea común en nuestra sociedad: el poder es control. Quien controla, quien ejerce presión, quien decide lo que pasa, es quien tiene el poder. Pero ¿es cierta esta percepción? Está claro que quien puede decidir lo que sucede con las vidas de los demás cuenta con cierto grado de poder sobre los demás, pero para Lao Tsé esto estaba lejos de ser auténtico poder.
“Conocer a los demás es inteligencia; conocerse a uno mismo es sabiduría. Dominar a los demás requiere fuerza; dominarse a uno mismo es auténtico poder”, decía el pensador taoísta. Y su forma de entender el mundo puede seguir aplicándose a nuestra sociedad, aunque eso del autocontrol y el autodominio parezca brillar por su ausencia. Conocerse es el primer paso para dejar de vivir dirigido por impulsos que ni siquiera comprendemos.
La falsa idea de poder. La cita que hoy nos ocupa procede del Tao Te Ching, una obra atribuida a Lao Tsé y escrita aproximadamente entre los siglos VI y IV a.C. En la misma, el pensador reflexiona sobre lo que define realmente a un gobernante poderoso. Y lo deja muy claro: el auténtico poder no busca vencer, busca armonizar. Y para ello, primero debe gobernarse a sí mismo.
La pregunta es: ¿cómo podemos aprender a gobernarnos a nosotros mismos? Para Lao Tsé, la respuesta está en el Tao, el camino natural de la realidad, y en la capacidad de abrazar el wu wei, la “no acción”. El verdadero poder reside en comprender que no todo está bajo nuestro control, y aceptarlo para concentrarnos en aquello que sí podemos controlar: nuestra propia actitud ante las circunstancias.
Eso sí, no es posible dominar nada que no se conozca. Y aquí es donde entra la primera mitad de la cita de Lao Tsé. La inteligencia es de quien sabe mucho sobre el mundo; la sabiduría de quien conoce lo esencial de sí mismo para dominarse. La libertad comienza cuando dejamos de reaccionar automáticamente y empezamos a elegir conscientemente.
Conocerse para poder cambiar. No podemos dominar aquello que desconocemos, no podemos cambiar aquello que nos resulta ajeno. Y el problema es que, aunque pasamos toda nuestra vida en nuestras carnes, muy pocas personas se conocen realmente.
Carl Jung nos diría que esto sucede porque nos aterra mirar lo que hay en la sombra, esa parte de nosotros mismos que no somos capaces de integrar. Vivimos según preceptos externos, incapaces de individualizarnos. Es decir, incapaces de aceptar aquello que nos diferencia de los demás.
Mientras no hagamos consciente el inconsciente, nos dice Jung, este nos dominará “y lo llamaremos destino”. Porque mientras no seamos conscientes de los impulsos que nos dominan, no podremos dominarlos.
Quien se atreve a mirar su propia sombra posee una fortaleza mucho mayor que quien solo busca imponerse.
Proyección e impulsividad. Son muchas las teorías que surgen al respecto en torno a estos dos conceptos, pero nos permitiremos caer en la simplificación para poder avanzar en la tesis. La proyección, nos dice Jung, es el fenómeno mediante el cual asignamos a las demás características que nos son propias. Es lo que sucede, por ejemplo, cuando sientes una gran animadversión hacia una persona que no te ha hecho nada. La característica que detestas en el otro a menudo dialoga con tu sombra, aquello que no eres capaz de integrar en tu personalidad.
Por otro lado, mucho de lo que sucede en nuestra vida procede en realidad de nuestros impulsos. Cuando intentamos reprimir o negar partes de nuestra identidad, desde emociones a rasgos de personalidad, estos acaban dominando nuestra vida desde la sombra.
Por ejemplo, una persona que detesta la envidia y no se permite sentirla puede acabar tomando decisiones que la alejen de sus propias motivaciones. La incapacidad de elegir aquello que le gusta por no enfrentarse a la comparación que despierta la envidia la lleva por el camino equivocado. Años después, puede que mire al pasado y piense que fue el destino quien la mantuvo alejada de sus deseos, cuando en realidad fue su sombra. El autoconocimiento no persigue la perfección, sino la capacidad de vivir con mayor coherencia.
El autodominio como libertad. Conocernos a nosotros mismos es, por tanto, un primer paso indiscutible para aprender a dominarnos. Solo si podemos trazar un mapa fiable de nuestras heridas, nuestra sombra, nuestros defectos y dificultades podemos empezar a descubrir dónde nos traicionamos a nosotros mismos.
Y esta, quizá, sea la auténtica clave del desarrollo personal. Porque en este mundo en el que hemos confundido el autoconocimiento con los bullet journals, donde creemos que una rutina de crecimiento personal debe consistir en hacer dominadas a las cinco de la mañana, donde hemos confundido el autocuidado con una marca de cremas, las palabras de Lao Tsé son más importantes que nunca.
Conocernos significa mirar hacia donde nos da miedo mirar. Dominarnos significa conducirnos hacia lugares incómodos. Y el auténtico poder no se encuentra en quien lo consigue todo, sino en quien es capaz de vivir en armonía sin imponer su voluntad.
*Comunicador Social. Periodista. Redactora especializada en estilo de vida, bienestar y cultura. Columnista

