GERMAN ZARAMA.

Este 24 de diciembre será una fecha de sentimientos encontrados para una buena parte del mundo. Miles de millones de seres humanos, para quienes la tradición navideña tiene un sentido religioso o al menos de festejo de convivencia social y familiar, se debatirán entre los mensajes subliminales de regocijo navideño y la dura realidad social.

En efecto, nuestras mentes harán entonces un esfuerzo por sintonizarse con los acordes musicales y las mágicas luces verdes y rojas que simbolizan desde hace tanto tiempo ‘paz y alegría’ en Navidad. Pero muchos no podrán sustraerse de la enorme frustración de un año que ha golpeado la economía y hasta la vida de tantos familiares y amigos. Para los más jóvenes, en particular, esta será una Navidad dolorosa como nunca en la historia de su corta vida, con ilusiones destruidas y un futuro amenazante.   

Dicen, los expertos, que en situaciones de crisis como estas que atravesamos nuestras reacciones emocionales son muy intensas. También insinúan que cada cual debe encontrar su camino para superar este tipo de situaciones de la mejor manera posible. Lo importante, agregan, es sentirlas y expresarlas de forma adecuada. En mi caso, repasar la historia de la humanidad me ayuda a hacer esta catarsis. Recordar las situaciones difíciles que el homo sapiens ha superado, en una historia de permanente lucha por la vida, me llena de valor. Esto permite, pienso yo, que pasemos de la autocompasión destructiva, que podría volverse explosiva mezclada con el licor, a una actitud más estoica. Con este propósito en mente, de desmitificar nuestra tragedia, me he dedicado a repasar las navidades más tristes de la historia. 

En este contexto de rememoración psico-histórica encontré el más antiguo registro  de un 24 de diciembre fatídico en 1144, cuando la capital del condado de Edesa, cayó en poder de Zengi, un tal ‘señor de Mosul y Aleppo’. Esta fue, sin duda, una triste fecha navideña para los cruzados medievales, que fueron masacrados por los ejércitos musulmanes, que quizás aprovecharon la ocasión para asaltar el simbólico santuario cristiano del sosiego de Navidad. Sigo en la búsqueda de información y encuentro otra perla. Esta vez con una vuelta de 180 grados del péndulo histórico de aquellas guerras religiosas, casi cuatrocientos años después. Y fue exactamente un 24 de diciembre del año 1500, cuando la tragedia azotó esta vez a la comunidad musulmana. Ese día, los habitantes de Cefalonia, que hacía parte del Imperio Otomano, fueron exterminados por los españoles, como parte de su proclive celebración cristiana del nacimiento de Jesús.

No encuentro más referencias notables de navidades marcadas por el sufrimiento colectivo de toda una población, que sirva de ejemplo de resiliencia para nuestros actuales pesares ‘covidianos’. Pero no hace falta rebuscar más lejos pues, hasta donde tengo conocimiento, el peor 24 de diciembre de todos ocurrió en la Gran Colombia, hace ya casi 200 años. Se trata, como mis paisanos sureños conocen bien, de la ‘Navidad Negra de Pasto’ en 1822. Esta festividad macabra es un episodio poco conocido por la mayoría de los colombianos, tal como buena parte de la historia patriótica. Esta desfiguración histórica surge incluso desde el fundacional episodio del Florero de Llorente, revisado por investigadores recientes y narrado por el escritor Mauricio Vargas Linares. En efecto, la mitificación republicana de la Navidad Negra, por su parte, refiere una empecinada defensa reaccionaria de la plaza realista de Pasto contra las ideas libertadoras que fundaron a Colombia. La verdad del genocidio libertador en ese episodio requería, supongo yo, un maquillaje nacionalista, para que el pueblo colombiano adorara los héroes del nuevo ‘statu-quo’.   

Los hechos, expresados en cifras de aquella  ‘Navidad negra’, permiten entender por sí mismos la tragedia humana del pueblo de Pasto. Según reconocidos testimonios, casi medio millar de pobladores del lugar fueron asesinados y más de 1.000 resultaron reclutados o expulsados de sus hogares y su ciudad. Esto es un porcentaje estremecedor de víctimas de dicha incursión armada del ejército “libertador” contra un territorio independiente de la Gran Colombia, de entre un siete y un 13 por ciento de la población civil. El cálculo varía según se tome como base los censos conocidos de esa época: de 1797 y 1809 (curiosamente, según este último dato, la población de Pasto se habría duplicado en diez años, sin causas migratorias conocidas).  Guardando las proporciones con la actual población actual de Pasto, equivaldría a la muerte o destierro de entre 24.000 y 52.000 ciudadanos.

Esta Navidad Negra generó un sufrimiento total de una comunidad, que podría considerarse entonces un país aparte de la Gran Colombia. La angustia social de esos días rebasa por mucho el dolor y la desesperanza de esta celebración pandémica del 24 de diciembre próximo. En la Navidad Negra se registró todo tipo de violaciones de aquello que hoy llamamos ‘derechos humanos’. Al menos en este 24 de diciembre el mundo recibe una luz de esperanza con la posibilidad de vacunación esperada en el nuevo año. Hace casi doscientos años, por el contrario, la población de Pasto vivió una especie de Armagedón, la batalla final de una guerra iniciada 13 años antes, en 1809, con el ataque a Pasto de las tropas independentistas de Quito del Marqués de Selva Alegre.

Cómo se gestó la más negra Navidad de la historia colombiana   

Comienzo por resaltar que el pueblo raso de Pasto, aquel de los “indios, pardos y montañeses de los censos coloniales”, fue la mayor víctima del conflicto. Y quizás dicha población sufrió este destino por haber sido ancestralmente leales a la corona española, más leales desde las primeras décadas que los mismos peninsulares ibéricos. Hay que recordar que en la fundación española de la ciudad, el sometimiento indígena ante los españoles de la tribu de los quillacingas, asentada en el valle que acoge a Pasto, significó la liberación de otro imperio cruel. Se trataba del incanato que los despreciaba, según cronistas tan calificados en este punto como Garcilaso de la Vega.

Garcilaso era un cronista mestizo, descendiente de los incas, que narró la visión peyorativa de sus ancestros quechuas acerca de los pueblos indígenas sometidos en este episodio de expansión del Tahuantinsuyo a su frontera más septentrional. En esta conquista precolombina el Inca “Huaina Capac passó adelante de Quitu y llego a otra provincia llamada Quillacenca”. Precisamente en el medio del camino entre Quito y Pasto, en la actual ciudad de Ibarra, los incas libraron contra ‘los pastos’ (otra tribu avasallada por los quechuas) una de las más sangrientas batallas de estas guerras precolombinas. El lago, junto a Ibarra, se llama desde entonces Yahuarcocha (que en quechua traduce: ‘laguna de sangre’).    

Por ello los vasallos del pueblo incaico asumieron con cierto estoicismo el nuevo orden social. Con su capacidad artística reflejada en la decoración de objetos cotidianos con el “barniz de Pasto” (‘patrimonio inmaterial de la humanidad’ recién reconocido este año 2020 por la Unesco), con sus ritos ancestrales de yagé, se decidieron por sus primeros “libertadores”, demostrando lealtad con los nuevos amos blancos. Y en ello marcaron la diferencia con muchos españoles que se rebelaron desde los inicios de la conquista contra la propia monarquía que representaban. La historia recuerda, como ejemplo de esto, la insubordinación de Gonzalo Pizarro, hermano del conquistador del Perú Francisco Pizarro, cuando este falleció, pocos años después de fundada San Juan de Pasto. Y, en cercanías de Pasto surgió otro traidor a la corona, Gonzalo Rodríguez, fundador de Mocoa (que ciertos historiadores califican graciosamente como “el precursor de precursores”), que en 1563 se rebeló contra España.

Pasto no fue ajeno a la convulsión histórica hemisférica entre 1775 y 1825

Cuando el siglo XVIII culminaba, en 1775, se inició un periodo de cincuenta años de movimientos revolucionarios que transformaron hasta nuestros días la política y el pensamiento hemisférico. Repasemos los hechos más importantes desde la perspectiva global.  En América, en 1786, se declaró la independencia de los EE. UU. En Europa, en 1789, inició la revolución francesa. En 1804, se independizó Haití. En 1809, se inició el proceso de independencia de Quito. En 1810, el primer grito de independencia en Santafé. En 1816, la independencia de Argentina. En 1819, la batalla de Boyacá. En 1825, culmina este singular cincuentenario, con la independencia de casi todas las colonias americanas, exceptuando Cuba y Puerto Rico, ante la emancipación del Perú.  

Mirada en detalle, desde la perspectiva de la Provincia de Pasto, antiguo extremo norte del Tahuantisuyo, también hubo en estos años una enorme conmoción social. En 1781, el mismo año de la revolución en Perú de José Gabriel Condorcanqui Noguera (también conocido como el II Tupac Amarú), el pueblo de Pasto se rebeló y mató al alcabalero Peredo (suceso este que ocurrió un año antes de la conocida Revolución de los Comuneros en Santander). En 1800, el pueblo de Guaitarilla, al sur de la Provincia de Pasto, protagonizó la sangrienta sublevación de los Clavijo, contra los impuestos de la monarquía borbónica de Carlos IV. Esto indica que el pueblo de la Provincia de Pasto no era un pueblo tan sumiso como se caricaturiza. Los impuestos crecientes de los borbones para financiar sus guerras en Europa, los llevaron a reaccionar con cierta violencia en movimientos de raigambre muy popular, a diferencia del liderazgo burgués de los criollos libertadores que surgirían poco después aprovechando la crisis política de la invasión napoleónica de España.

Es cierto, entonces, que también en estos territorios del Sur de Colombia cundió el descontento por los impuestos coloniales exagerados, producto de las emergentes guerras napoleónicas. Pero no obstante estos episodios, el pueblo raso de Pasto se había consolidado en una ideología monárquica de raíces históricas, religiosas y geográficas. Su dirigencia criolla, en cambio, se empezó a dividir por estos mismos años, como atestiguan las bien documentadas investigaciones de tesis doctoral, de historiadores como: Ingrid Chaves, Dumer Guzmán y Karol Luna, entre otros estudiosos que revisaron la obra de los ya consagrados eruditos del tema: José Rafael Sañudo y Sergio Elías Ortíz.

El papel de las elites de Pasto en las guerras previas a la Navidad Negra.

Desde que los acontecimientos postreros del siglo XVIII inspiraron a la burguesía aspiracional del continente americano (Washington, Bolívar, Nariño, Cayzedo y Cuero, entre otros) la elite gobernante de Pasto también se dividió. Eso desmiente la caricatura histórica del monolítico “realismo pastuso”.  Según el historiador Guzmán, antes citado, los “nobles” fundadores, liderados entre otros por Francisco Sarasty, buscaron la oportunidad de fortalecerse en el nuevo orden económico dominado por familias de “reciente” aparición en esos días, entre las cuales dominaba el panorama don Tomás de Santacruz y Cayzedo. (En 1811, en episodio que relataremos más adelante, los siguientes dirigentes: don José Vivanco, don Francisco Muñoz de Ayala, el maestro Julián de Roxas, don Miguel José de Arturo y don José de Roxas, firmaron una carta de adherencia independentista dirigida al gobierno de Juan Pío Montúfar -el Marqués de Selva Alegre- en Quito. En ella se justificaban, por apartarse del grupo dominante, claramente realista, con expresiones tan elocuentes como esta: “lo mucho que hemos padecido de parte de nuestros mismos compatriotas, de los sátrapas y sus satélites”).

Pero, aunque con esas disidencias, el poder en la Provincia de Pasto lo manejaba indiscutiblemente, a lo largo de estos 13 años cruciales previos a la Navidad Negra, don Tomás de Santacruz, sin duda el hombre más acaudalado y culto de la ciudad. Don Tomás había estudiado Derecho en la Universidad de Salamanca, en los días que empezaron a surgir las sectas masónicas. Presidió el cabildo de la Provincia de Pasto por cuenta propia o por las redes de poder familiares que dominaban la comarca, desde principios del siglo XIX hasta los aciagos días finales de 1822.

Aunque dividido, en general, el grupo político dominante en Pasto mostraría claras diferencias con las ideas de su contraparte en Ipiales. En esta, la segunda ciudad del departamento de Nariño, sus clases privilegiadas eran más cercanas a los ideales independentistas (mientras en Pasto surgiría el antirrevolucionario por excelencia, Agustín Agualongo, en Ipiales se consagraría como mártir de la revolución, pocos meses antes de la Navidad Negra, doña Josefina Obando).    

Las tres de las batallas previas a la Navidad Negra

La primera batalla importante de Pasto contra el mundo independentista que la rodeaba ocurrió en 1809: Fue cuando las tropas del marqués de Quito pretendieron someter al gobierno realista de Pasto. Los monárquicos pastusos derrotaron entonces a un poderoso ejército revolucionario, de 881 hombres y varios cañones, en la batalla de Funes. En 1811, cuando nuevamente el Marqués de Selva Alegre atacó a Pasto en alianza con don Joaquín de Cayzedo y Cuero, desde el Norte,  los santacrucinos terminaron derrotándolos y fusilaron a Cayzedo (pariente de don Tomás). Cabe resaltar que fue entonces cuando el pueblo raso de Pasto, y más concretamente los descendientes indígenas de los quillacingas de la localidad de Catambuco, empezaron a jugar un papel contrarrevolucionario fundamental en esas batallas independentistas. Ellos, los indígenas de Catambuco, capturaron a don Joaquín de Cayzedo y ayudaron al “establecimiento” santacrucino a defender el poder monárquico colonial del cual hacía parte.  

Pero ni el más visible monarquista era tan obstinado como lo pintan. La historia registra que don Tomás trató de salvar la vida de su pariente Cayzedo, en documentos que contradicen la imagen de intransigencia unánime de las elites pastusas. Quizás sus estudios académicos le habían dado una mejor visión del manejo de una situación política confusa. De manera comprensible, no justificable socialmente, trataba de defender sus propios intereses y los del grupo social que representaba. Quizás trató de alinearse con la recomendación de doña Ana Apolonia García y Socoli, esposa del Gobernador de Popayán, Miguel Tacón. En todo caso, al parecer contra su voluntad, los propios seguidores santacrucinos forzaron su decisión de ordenar el fusilamiento de Cayzedo.   

La segunda batalla que más se recuerda en “las guerras de Pasto” -Edgar Bastidas-, sucedió en 1814. Fue cuando el presidente del Estado Independiente de Cundinamarca, don Antonio Nariño, emprendió la Campaña del Sur. Con los relatos históricos más académicos no logro explicarme sin incógnitas la derrota de Nariño en las afueras de Pasto (Batalla de los Ejidos de Pasto). De un momento a otro el ejército de Nariño que venía vencedor desde Popayán fue derrotado. ¿Si estaba corto de munición y de provisiones, por qué insistió Nariño en avanzar? ¿Era el general Nariño un hombre en sus cabales? Lo cierto, según los historiadores, es que este ejército infundía temor al pueblo pastuso. Tanto temían a sus fuerzas que organizaron procesiones de la Virgen de las Mercedes y de los santos simbióticamente ancestrales de los indígenas. Pero la historia tradicional nos cuenta que el ejército de Nariño desertó al ver caer muerto al caballo de su comandante. ¿Lo dejaron solo por el miedo o por la terquedad del general?

Y en efecto, según dice José María Espinosa (soldado, cronista y pintor reconocido) un reportero vivencial de esa batalla, el caballo del general fue abatido de un balazo. Pero, no se aclara bien como, sus tropas se dieron a la retirada hacia Tacines, abandonando a su adorado general, que era un héroe ya consagrado de la lucha por la independencia de España. Qué pasó, no logro concebirlo con la información histórica disponible.

Tampoco parece cuadrar en este ‘puzzle’ la simple explicación de que el capturado general Nariño, cuya cabeza pedía el energúmeno pueblo de Pasto, fue liberado de una muerte tan segura como la del ilustre Cayzedo y Cuero, ante la fuerza de su retórica. Esa multitud, enfervorizada por sus creencias monárquico-religiosas y con la adrenalina del miedo de la guerra todavía corriendo en sus venas, milagrosamente dizque se calmó con un discurso encendido del general Nariño, con palabras por demás desafiantes, y decidió perdonarle la vida. Algo tampoco cuadra en este episodio, con las personas que se prestaron para que el capturado tuviera la mejor tribuna en el marco de la plaza principal de la ciudad y frente a la iglesia mayor.

Nuevamente recurro a dos indicios históricos para resolver en mi mente la incógnita de qué pasó en la realidad, por lo menos de manera entendible aunque el argumento no sea fácil de probar. En cuanto a dichos indicios se tratan de: la conocida vinculación del general Nariño a la masonería y la sugerencia de algunos analistas de historia, de que don Thomas también perteneció a esta secta. Algunos investigadores de la historia, en mi criterio ni reconocidos ni bien documentados, toman estos indicios y dan una explicación más creíble, aunque no bien sustentada, sobre el episodio del perdón a Nariño por el pueblo de Pasto.

Don Thomás, según estos teóricos conspiracionistas, como se diría en nuestros días, habría sido fiel a su juramento masónico y salvado la vida de su colega ocultista. Lo cierto es que, con una habilidad política sorprendente, don Thomas logró vencer los grupos extremistas monárquicos y salvar la vida del General Nariño (en un episodio que me parece fabulado y que serviría de pretexto para que 90 años después esta región del país se separara del Gran Cauca, tomando como nombre para el nuevo Departamento el del “Precursor”, a quien perdonaron la vida).

La tercera gran batalla para resaltar, en esta vista panorámica de los antecedentes de la Navidad Negra, es

la batalla de Bomboná. Tras el episodio de la captura y cautiverio de Nariño, don Tomás resultó temporalmente favorecido. De esta manera ocupó el poder durante casi una década, los años finales del realismo pastuso. Y fue el jefe de la plaza en los días bolivarianos. Incluso, fue el jefe de campo del combate, como dueño de la hacienda Bomboná, donde se efectuó una de las confrontaciones finales contra los independentistas y el propio general Bolívar en abril de 1822.

Bolívar era, no sobra recordarlo, el líder caraqueño que había ocupado el liderazgo que, por la fuerza de los hechos acontecidos en la fallida Campaña de Nariño en el Sur, dejó expósito en el antiguo virreinato de la Nueva Granada el ‘Precursor’ bogotano. Tras la pírrica victoria pastusa de la Batalla de Bomboná nuevamente, como lo hizo ante Cayzedo, probablemente don Tomás y el comandante Basilio García negociaron un armisticio con el caraqueño. Y, cuando esto ocurrió, prestó su casa de hacienda como hospital de sangre de las tropas independentistas. Al respecto, “el general venezolano Pedro León Torres, gravemente herido en la batalla, fue cuidado hasta su muerte por la familia del doctor don Thomás de Santacruz Cayzedo”, quien era el propietario de la hacienda Bomboná en esa época. Como el mismo general Bolívar afirmó: Todo valiente es humano y generoso” -relata el historiador militar José Ibáñez, en obra publicada en 1972.

La mentalidad popular y el adoctrinamiento ideológico atrajeron la macabra Navidad

Pero el poder de don Thomas y los santacrucinos se derrumbó estrepitosa y abruptamente poco después. Esto ocurrió cuando el caudillo del pueblo raso pastuso, alentado por una figura política emergente, el coronel pastuso Estanislao Merchancano, se negó a capitular en la guerra contra los republicanos. Cabe recordar que la Gran Colombia era, desde hacía más de tres años, un país independiente y la Provincia de Pasto seguía siendo, por voluntad de su pueblo y de sus líderes políticos, territorio colonial español.

Agualongo y Merchancano, más santacrucinos que los Santacruz, se rebelaron contra el armisticio de los pastenses, impulsado por don Thomas y el propio comandante español don Basilio García. Agualongo actuó, en el episodio del acuerdo de Bomboná, como don Gabriel de Santacruz o don Blas de la Barrera en los días del asedio de Cayzedo y Cuero, diez años atrás. Fueron ‘más papistas que el Papa’, como dice el tantas veces repetido refrán, ante un destino republicano ya inexorable de este pueblo ubicado en un valle escondido en la encrucijada de las tres cordilleras de los Andes. Esto, y la ética maquiavélica de que “el fin justifica los medios”, precipitó la tragedia decembrina que se avecinaba.

Bolívar, desesperado por el rompimiento del acuerdo que amenazaba su proyecto continental, culparía seguramente a don Thomas. Impulsado por su ya obsesiva idea de derrotar a Fernando VII en Quito y Lima, emprendió su batalla final contra Pasto, en la Navidad Sangrienta de 1822. Solo de esta manera, aprovechando la más sagrada fecha de la cristiandad, y con la ayuda del Mariscal Sucre, Bolívar pudo llegar a Lima y superar al argentino general San Martín en su condición de gran héroe libertador continental (otra cosa pensaba de él, por esos mismos días, su compañero de armas Henri Louis Ducoudray Holstein). 

Epílogo

La Navidad que nos espera, el próximo 24 de diciembre, sin duda marcará otro hito triste de este día en esta época posmoderna de la humanidad. Pero, si de algo nos sirve recordar esta lúgubre historia, en que nuestra naciente república no respetó el derecho de autodeterminación de un pueblo (¿podía respetarlo?), es para señalarnos caminos de esperanza. Pienso, reflexionado sobre esta historia bicentenaria, que de esta situación saldremos fortalecidos y con una mayor conciencia social en todo el mundo.  Me sirve de inspiración el pueblo que vivió el final del mundo en una triste Navidad de hace 198 años, una sociedad hoy mucho más equitativa y pujante, en busca de su propia identidad. A él, en memoria de esa Navidad Negra, dedico a manera de epílogo de esta columna de La Silla Vacía, el poema ‘Ciudad de Ensueño’ de Aurelio Arturo, a quien considero “el gran poeta de la historia de Nariño”, de trascendencia literaria reconocida por la Unesco:

Yo os contaré que un día vi arder entre la noche

una loca ciudad soberbia y populosa,

yo, sin mover los párpados, la miré desplomarse,

caer, cual bajo un casco un pétalo de rosa.

Muros que yo formé con mi sangre hecha esfuerzo,

puertas al sol doradas que elevé a mis espaldas,

ciudad de mil mujeres de ojos dorados, brazos

lentos y bocas rojas que en su silencio cantan.

Así como en la sombra desciende una cabeza

al fondo de una idea, rápida como piedra,

aquella ciudad loca, oh rúas de mi júbilo,

se hundía en silencios duros y en soledades negras.

Ardía como un muslo entre selvas de incendio,

y caían las cúpulas y caían los muros

sobre las voces queridas tal como sobre espejos

amplios… ¡diez mil chillidos de resplandores puros!

Y eran como mis mismos cabellos esas llamas,

rojas panteras sueltas en la joven ciudad,

y ardían desplomándose los muros de mi sueño…

¡tal como se desploma gritando una ciudad!

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